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Relámpagos en el silencio

COMALA

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Recuerdo con facilidad que esto lo vi y escuché un viernes 7 de febrero de 1986 por la tarde, cuando pegado a un inusual bochorno, que se aletargó con saña en este pueblo, por demás calenturiento, vi a aquel huérfano caminar descalzo y errante por esta mi Comala natal, aldea poblada desde siempre por siluetas muertas, cuyos susurrantes lamentos barren junto a la hojarasca sus calles fantasmales.

Yo lo reconocí de inmediato pues ya lo había visto en San Juan de Luvina, aldea gris y olvidada en los cerros fríos del sur. Luvina es tan espeluznante que los comaleños moriríamos de nuevo si nos exiliaran allá, porque si Comala es un purgatorio, Luvina es el mismo infierno. Es por eso que cuando por fin habló el huérfano, todos en este pueblo enmudecimos atragantados en nuestro negro aliento.

         Lo que escuché ese viernes por la tarde, desde este reducido aposento, se los cuento tal cual, mas no me pregunten quien dijo que, porque yo mismo no estoy seguro: 

- ¿No oyes ladrar a los perros?

- Pos no, no se oye nada.

- ¡Saca las orejas y pon atención!

- Parece que algo suena por allá, por la Cuesta de las Comadres.

- A mí más bien me parece que el ruido viene desde el Paso Norte.

- ¡Yo sí los escucho, son los perros!... ¡Hijole no los oía hacer tanto barullo desde el día del derrumbe.

- No. Acuérdate, el día que ladraron así fue cuando llegó por primera vez al pueblo aquel muchacho de mirada triste... ¿cómo dijo que se llamaba?

- ¡Ah sí! Lo recuerdo bien, Juan... Juan Preciado, al que mataron los murmullos.

- Pero ese que arrastra sus pies fríos sobre la tierra caliente de Cómala ¿quién es y que anda buscando en este lugar infernal?

- A mí me parece que es un vendedor de llantas.

- ¿Y a éste quien le tomó parecer... "Vendedor de llantas”...Si aquí nunca ha entrado un automóvil. Que va. Ese tiene aire como de burócrata del Instituto Indigenista.

-¡Ja! Si serás menso, ese primero vende todas sus llantas en Comala, antes de encontrar a un solo indio, porque aquí hace más de quinientos años que nos los cargamos a todos.

- Definitivamente ese viejillo es un fotógrafo, ¡mírenlo no más!, parece que anda buscando algo a que dispararle.

- ¿Y no será el oficinista de migración que tanto hemos esperado?

- Pos parece

- ¡Oh manada de pasmados! -les grité- ¿Acaso ninguno de ustedes puede reconocer a ese hombre?

- Yo. Si no fuera que escuche a Preciado decir algo de unos pies fríos, juraría por mi madrecita que es él mismo.

- Pos sí, mire usted, que si lo vemos con cuidado... y le sacamos un poco de años, es el mero retrato de Juancito Preciado. ¡Qué cosa!

- Seguros estamos de que ese no es el hijo de Dolores... ¿entonces quién es y qué anda buscando con tanta terquedad?

- Yo lo reconocí desde el principio, -les dije orgulloso pero con miedo- ¡Ese que camina por Cómala, es el responsable de todas nuestras desgracias!

- ¡...!  ¿Pedro Páramo?

- ¡Que va! Ese ni se le parece a Pedro. Además me consta que el cacique sangrón esta acostado por allí... ¿No es cierto, maldito?

- Así es, mi desgraciado Florencio. Ese que camina por Cómala, buscando quien sabe qué o a quién, no soy yo, si no el ser perverso que me inventó. -Respondió Pedro Páramo, que al igual que yo, ya había reconocido al huérfano-

- ¡Ya se nos terminó de enloquecer don Pedro! No ve que aquí todos sabemos que su tata, don Lucas fue el primero en acostarse.

- ¡Calla Abundio! Que aún no te he perdonado la puñalada que me diste. -Gritó con rencor Pedro-

- ¿Qué diantres andará buscando el de los pies fríos? Ya fue hasta la Hacienda de la Media Luna, y regresó...

- Ese debe de andar buscando la herencia de Matilde Arcángel.

- Ja, ja, ja 

- ¡Hey Lucatero! ¿no te andará pastoreando ese, para que le ratifiques la santidad de Anacleto Morrones?

- Como venga a joderme ese viejo de los mil Judas con la pendejada esa, también lo dejo igual que al otro embaucador: debajo de un montón de piedras en mi corral.

- ¡Que Dios nos salve de los cristeros!... El de los pies fríos... es él,... es el hombre...

¡¡¡Juan Rulfo!!!  - acertó por fin Susana -

- ¡...!

- ¿Ese?

- ¡...!

- ¡Nooo!

- No seas imprudente Susana y calla, bien sabes que ese nombre es prohibido mentarlo...

- Déjala capataz, que ya no importa, ahora Rulfo es uno como nosotros y como nosotros quedará oscilando entre el dolor y el hastío de este lugar calenturiento. -Le reclamé reconociendo la agria voz del servil mandador de La Media Luna, Fulgor Sedano-

- ¡Cierto! Si no pronunciábamos su funesto nombre, era no más para no darle ideas con las que multiplicara nuestras desgracias.

- Sí, sí... ¿se acuerdan aquel día que por accidente se me escapó de la lengua y lo menté... ¿se acuerdan que pasó?

- Yo lo recuerdo como si fuera hoy... el Rulfo este, desgració aquel mismo día al pobrecito de Macario.

- ¡Que cruel! Cuánta hambre y a cuántos abusos sometió, este hombre malicioso, al pobre niño.

- Pero yo no fui la única que lo nombré. Dicen que cuando el canalla de Miguel, hijo de don Pedro, murió, se le escapó el nombre de Rulfo como un juramento, y en ese instante, Rulfo, hizo gritar a aquellos rebeldes de Llano Grande... ¡Viva Pedro Zamora! Entonces les cayeron los de Petronilo Flores, que eran del gobierno, y masacraron hasta a la Perra. Después no descansó, este huérfano de pies fríos, hasta perpetrar dieciséis desgracias más, y dejó para siempre todo el llano en llamas.

- ¿Y qué me dicen de la manera en que mato a Juvencio Nava ¡qué cinismo de hombre! Tanto que le suplicó el anciano para que no lo matara ¡que impiedad! Si ya Juvencio estaba muy viejo... ¿qué ganancia había en fusilarlo?

- Total, si tenía que matarlo pos que lo matara, a eso estamos todos acostumbrados aquí, pero recuerden como le desfiguró el rostro...

- Sí, a mí no se me olvida esa cara, más bien parecía como si al pobre Juvencio se lo hubieran comido los coyotes.

- ¡Véanlo! Allá va de nuevo por la Cuesta de las Comadres. ¿Qué se le perdería?

- Oigan. Pero no a todos los desgració... ¿qué de Feliciano Ruelas?, hagan memoria de la noche en que sus tíos... ¿Cómo se llaman?... lo dejaron solo y dormido en el camino.

- Tanis y Librado

- Sí, esos cabrones, quienes por salvar su pellejo dejaron al muchachito solo, y el tiro les salió por la culata, porque los militares los cogieron a ellos y Feliciano se salvó ¡ja!

- ¡Cállate pendejo!, Tanis y Librado son mis hermanos y quien los dejó colgados en el mezquite a mitad de aquel corral, hasta que la fogata les ennegreció las caras, fue este deslenguado de Rulfo.

- Ah pero todo se paga ¿no? Ahora nos toca darle a este, tazones de su propio caldo...

- ¡Que agonice sin fe... reinventémosle una muerte a nuestro gusto!

- ¡Eso es!, hagamos que como nosotros sude resignación, violencia y fatalismo!

- Míralo Eduviges, allá va de nuevo, levantando con sus pies las hojas secas del camino. Quizá se pregunte ahora de donde salen tantas hojas, porque él nunca nos pintó un solo árbol que regalara una pinche sombra a esta tierra infernal.

- ¿Hacia donde irá ahora?

- Que importa, aquí todos sabemos que el que se queda le va mal y quien quiere irse le va peor. Como le sucedió a aquel joven que vendía puercos... ya se me escapó su nombre... el caso es que muy ilusionado encaminó sus guarachas a la frontera para buscar fortuna del otro lado y así poder aliviar la miseria de su familia, y allá mismo en el Paso del Norte, Rulfo lo agarró a él y a una docena más de cuates, cuando alegres pasaban el río, los clareó a todos y no dejó de darles bala hasta que no quedó uno vivo...

¡Ya dejen de lamer las calles con ese cuchicheo de muertos! -Gritó Juan Rulfo, sin sombra de enojo, pero con la autoridad de un dios - O los mando a toditos a San Juan de Luvina, para que se quejen por algo. A mí no me van a matar sus murmullos, ¡qué va! Si ya me los sé todos, ya toditos los padecí.

No más quiero que alguien me diga de una buena vez, por donde está la endiablada cantina... que no logro encontrar... yo tuve que haber puesto un bar por aquí... en algún lugar...

 

Nota biográfica de: Juan Rulfo

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© Alberto Sibaja Álvarez. San José, Costa Rica

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