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Relámpagos en el silencio LA ESFERA DEL CUERVO |
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Hace poco más de un mes me enteré de algo realmente extraordinario. Las razones por las cuales me vengo informando tan tarde del trascendental asunto, me las reservaré de momento para no escandalizar vuestras conciencias.
Después de tal revelación y por culpa de este sentimiento de extrañeza, me he dado a la tarea de revisar, lo escrito sobre mi persona en todo este tiempo.
Encontré setenta y dos de mis supuestas biografías, la última fechada en marzo del 2001, escrita por un tal Maurice Vitralis, quien mejor se dedicara a tejer medias de lana, porque de literato no tiene un hilo. Les digo: ya las leí todas, algunas un par de veces, no la de Vitralis por supuesto.
Me arrepiento ahora de no haber escrito la historia de mi propia vida. No garantizo que hubiese sido fiel, como no lo fue Kafka en su "Metamorfosis", pero si menos sórdida y macabra de las escritas por mis detractores. Desde la redacción de Griswold, (único de entre mis biógrafos que conocí personalmente) quien consagró con envidia sus letras a exaltar mis fangos, disimulando intencionalmente mis virtudes. Todos los demás, en coloquio de monos, continuaron despiojando mi vida. Solo encontraron en ella los parásitos de la desgracia, el alcoholismo, la miseria e inclusive ofensas sexuales contra mujeres que nunca conocí.
No lo niego. Mucho de lo anotado por mis biógrafos, sucedió más o menos de esa manera. Pero mi gran molestia es su miope y mezquino punto de vista, digno de aquella necia premisa periodística: "Las peores noticias son las mejores". Y parece que desde entonces todos se han puesto de acuerdo en describirme como a un miserable alcohólico.
Estos sensacionalistas empiezan a acumular infortunios mucho antes de mi nacimiento, improvisando historias desgraciadas acerca de mis padres naturales. Luego dramatizan hasta el melodrama mi orfandad, e inventan pobrezas que nunca padecí. Por mi parte les diré: los únicos padres en mi memoria son los señores Allan y ellos fueron siempre una familia amorosa, aristocrática y sin problemas pecuniarios.
¿Qué si tuve problemas con mi padre? ¡Por supuesto! ¿Cuál adolescente no los tiene? La vida de cualquier muchacho de mi época y en mi ambiente (chicos con padres adinerados) estaba llena de travesuras irresponsables, borracheras y cacerías sexuales, ¡y más!. En esa edad no fui más inconsciente ni menos bebedor que mis amigos.
Fue, (ahora bien lo recuerdo) precisamente en la adolescencia cuando cambia radicalmente mi historia... historia que ni críticos ni biógrafos podrán jamás entrever, si no tienen anquilosada hasta el tuétano, la bestia voraz de la literatura. Porque cumplidos los diecisiete años, este parásito cósmico transforma irracionalmente mi percepción del mundo, hundiéndome en el descubrimiento de esferas extraordinarias, orbes de una singular realidad, si bien divergente de lo cotidiano, no por ello menos substancial.
Una realidad apartada de lo que llamamos real, pero una realidad a fin de cuentas.
A partir de ese momento todos me ven como un ente extraño. Me alejo entonces de mis más cercanos amigos. Así quedo libre para explorar nuevos lugares. Guiado por seres trans-humanos, que yo no inventé, ¡Ellos me imaginaron!, Tamerlán, Al Aaraf, Israfel, y el Cuervo, compañero invaluable en estos lugares de nunca más. Extraordinario ser, emplumado en ébano reluciente, con pico de obsidiana y ojos de rubí... rubíes coagulados en sus pupilas con mi sangre mortal. Esta ave milagrosa me arrebató de las marismas de lo mundano para pasearme por sus esferas ultra terrenas. Por eso el cuervo siempre fue ¡y sigue siendo! el mágico ligamen entre el mundo y mis mundos.
Mi familiaridad con estos nuevos amigos, daña en definitiva las relaciones sociales y familiares. Me despiden de los empleos, abandono al ejército, bebo y bebo (después les comento por qué). Mi padre y benefactor el señor Allan, me consigue un buen puesto en la academia militar. Yo acepto de buena gana, pero para ese mismo tiempo y en mi otro escenario, estoy empecinado en vengarme del arrogante de Fortunato, a quien como recordarán, ensebé con un añejo barril de amontillado, vino que bien sabía yo, le tentaría hasta su perdición. Pero no había yo terminado de emparedarlo en las salitrosas bóvedas de mis viñedos, cuando la noticia de mi expulsión de West Point, acompañada por la reciente muerte de mi madre adoptiva, además de mis frecuentes desatinos, lograron socavar el ánimo del señor Allan, y este terminó repudiándome.
Como alma transmigrante, y sin el apoyo financiero de mi padre, di tumbos desde ese incidente, de un empleo a otro. Siempre buscando las letras: periódicos, editoriales, revistas, etc. Para ese mismo tiempo mi otro mundo me absorbía casi por completo. Tanto se había desplazado mi realidad, que los hechos de la vida terrenal constituían para mí los sueños y pesadillas. Aquellas apartadas vivencias conformaban ya, mi sólida cotidianeidad.
Por los graznidos insistentes y majaderos del Cuervo, me enteraba yo de las vicisitudes que padecía mi humana persona en un mundo deshumanizado, y de mala gana regresaba a ese lado de la realidad.
Así noté un día que mi vida no era si no, un evasivo desatino sin control. Decido entonces violentar la voluntad para arraigarme, del lado donde el dinero es la última verdad, e intentar dar solución a varios problemas mundanos: pago de arriendos, la lamentable enfermedad de mi esposa, necios asuntos editoriales, llenar la alacena, pagar colegiaturas y... no insisto en estas majaderías porque la mayoría de ellas no han cambiado en los últimos cuatro mil años.
¡Ay, ingrato predicamento! En mi esfera prodigiosa otras urgencias me reclamaban. Si no era: La sombra; El Diablo del Campanario; La caja oblonga; Las Palabras de la Momia, o bien, La Máscara de la Muerte Roja; El Gato Negro; La Carta Robada; La esfinge... y mil otras creaciones más, las que exigían mi presencia.
Sin saber qué hacer le pregunté a mi aliado, y este, con un aleteo frenético sólo respondió: Nunca más, nunca más. Como no le comprendí busqué mi propia solución, y es gracias a ella que comen mis biógrafos.
El alcohol siempre ha dado buenos resultados para anestesiar la mente y así, embrutecido, podía escaparme de los otros mundos. Pero eso funcionó en épocas de adolescencia y temprana juventud, Después de la muerte de mi esposa, empecé a necesitar algo más fuerte para no ser conquistado por el cuervo. Reconociendo entonces los tres elementos que inutilizan el cerebro de cualquier hombre: drogas, licor y mujeres ¡infalible trilogía brutalizante!. Decidí agregar opio a mis tragos y enamorarme de cuantas mujeres podía. Funcionó muy bien, por lo menos para la cuestión aquella de no ser tragado por mi otra realidad, porque con respecto a mi situación financiera sólo conseguí empeorar las cosas.
De todas maneras intenté mantener los pies en la tierra. Entonces el interesante caso del Escarabajo de Oro y Los Asesinatos de la calle Morgue, me arrebataron con licor, mujeres y opio, hacia el territorio del Cuervo. Después de esto no supe más de mi humana persona, la cual debió quedar como barcaza abandonada por su capitán en medio de una tormenta tropical.
Hasta que hace poco, como les dije, vi en el escaparate de una librería el título de uno de mis libros más recientes, "Las Montañas de la Locura" donde experimento con una clase particular de terror, cuyo propósito es llevar a mis lectores hasta la paranoia cósmica.
Yo mismo diseñé la portada de ese libro y al admirarla complacido noté con asombro el nombre de otro autor adjudicándose mi obra, pensé por un momento que se trataba de una coincidencia de títulos, pero mi propio diseño de portada era demasiado. Me adentré en el establecimiento y tomé el libro. ¡Efectivamente eran mis cuentos!.
Desconcertado por semejante canallada desvié la vista, como quien busca una explicación... y con lo único que topé fue con uno y otro y muchos más de mis títulos. En todos ellos mis relatos impresos, pero firmados por diversos autores.
Convencido de que aquello no era sino una macabra conspiración. Detrás de ella solo podría estar el envidioso de Griswold. Corrí en busca de mi abogado.
No llegué muy lejos. Como a media cuadra de la librería el Cuervo me detuvo y en pocos graznidos me mostró el simple misterio. Además ha confesado que fue él quien obsequió indiscriminadamente mis relatos, dejándolos caer como semillas fértiles en la imaginación de muchos escritores.
Nunca le recriminé su desprendida conducta, porque de otro modo mis narraciones hubieran girado por siempre en la confusión aterradora de todas las edades.
No me molesta, para nada, el hecho de tener siglo y medio de haber perdido el cuerpo físico, porque aquí el tiempo tiene otra resolución, y uno podría quedarse girando por eternidades en un solo evento sin percibir el paso de las épocas.
Tampoco me desvela que mi mascota persista en regalar mis cuentos. Mejor. Porque así continuaré escribiendo hasta el momento de la segunda muerte, hora afilada que llegará cuando los mortales olviden mis escritos. Pero sigo incomodo con esos biógrafos y es por ello que he escrito esta pequeña nota aclaratoria.
De la misma manera como hago con mis narraciones terminadas, he puesto esta nota en el alféizar de la ventana. Ahora estoy recostado en mi sillón de trabajo, haciéndome el desentendido, y observo como mi representante, el Cuervo, con exagerada cautela y disimulo roba mis letras, llevándoselas en su pico de obsidiana. Sigo su vuelo con mis ojos cerrados y contemplo cuando la deja caer en la imaginación de algún desocupado narrador de ficciones.
Nota biográfica de: Edgar Allan Poe
© Alberto Sibaja Álvarez. San José, Costa Rica
® Relámpagos en el silencio