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Relámpagos en el silencio UN COMUNISTA EN PARÍS |
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No muy lejana, la bulla metálica de los campanarios de Notre Dame, esmalta con sus ecos un París atardecido. Se proclama la misa de Adventus. Es 30 de noviembre de 1904, día de San Andrés.
Cerca de allí, Pablo Picasso, un aventurado y joven pintor, frota sus manos artesanas frente al lienzo de su afán, para desentorpecerlas del frío, que recalándose por el accidentado ventanal coloniza su diminuto apartamento, en aquel deshecho edificio conocido por los latinos como el Bateau Lavoir.
-¡Maldición! ¿Por qué nadie me advirtió de este inaguantable invierno?- renegó al verse obligado a detener su trabajo, no sin antes recoger sus inseparables pinceles y espátulas para luego sumergirlos, despacio, en una lata con solvente.
-Dos meses ya, de haber llegado a esta ciudad. –Pensó con desánimo y evocó la mañana cuando vino cargando diez kilos de obras terminadas, veintitrés años de vida y un atril de ilusiones. Pero su suerte no trazaba mejora alguna.
Esos sesenta días trascurridos en París, comparecieron esa fría tarde ante el artista, cual edades majaderas. Sin embargo, el ambiente bohemio de la ciudad, la promesa de aquellas calles y bulevares, continúan seduciéndolo y no se dará por vencido.
A los pies, a un lado y debajo del camastro, almacena sus muchos lienzos que duermen enrollados y anónimos. Algunos vinieron con él de Barcelona, otros los acarrea desde La Coruña. También se adormilan allí, decenas azules de arlequines, equilibristas, payasos y personajes excéntricos que pinta en ese cubo glacial.
Miró de reojo aquellos rollos de su creación y pensando en voz alta se dijo:
-¡No catalán capitalista, ni por ciento cincuenta francos mensuales te daré toda mi producción- Alcanzó al azar cinco telas, fue a desplegarlas al piso, donde las ojeó rápidamente y continuó furioso con su monólogo:
-¿Qué se cree ese viejo usurero de Pedro Manach? –
Enrolla con fuerza tres de ellas y las lanza como jabalinas al ruidoso catre de sus insomnios. Una gira escondiéndose bajo la cama, otra entre el colchón y el piso queda doblada como llorando vencida el destino de los dos lienzos que no fueron lanzados, la tercera rebota en el respaldar metálico del camastro y se despliega mostrando a un bufón que se ríe de la suerte del pintor. Pablo se encoge de hombros resignado y se incorpora del piso.
Cuatro pasos después llega a la pileta, donde impacientes esperan sus pinceles. Allí tantea en cada mano el peso de ambos lienzos.
-¡Viejo explotador! Yo sabré sacar mejor provecho de mi arte- Se dijo, a sabiendas que tarde o temprano cedería a la oferta del comerciante.
En un balde de lata que le sirve de hornilla tira sin remordimiento la más pesada de las telas y esparciéndole barniz para óleo le prende fuego. Arrima el cálido fogón a su friolento cuerpo y se dobla en la pileta para lavar con abnegación los pinceles. Secándolos suavemente piensa: -¿por qué mis pelos no son tan firmes como estos?- y sopla sobre sus hombros los cabellos agoreros de una calvicie inminente.
Después de enjuagar sus manos, coloca el otro lienzo a la hornilla y pegadito a los enriquecidos matices de la llama, extraña la cálida brisa mediterránea de su Málaga natal, hasta que el último pincelazo de los óleos, sacrifica sin crepitaciones sus cúbicos colores al fuego, al ardor y a las cenizas, para calentar a su creador.
Nota biográfica de: Pablo Picasso
© Alberto Sibaja Álvarez. San José, Costa Rica
® Relámpagos en el silencio