Principal / Legado cultural / Máscaras / Esferas de piedra / Galería de esferas / Rincón literario / Blogs / Links

VER CONTENIDO

Relámpagos en el silencio

EL ESPEJO

BLOG

 

 

Florencia 09 de enero de 1956

          El lunes pasado compré en la ciudad de Borgo, al mismo ebanista que ha fabricado todos mis muebles, un hermoso espejo de tocador. Su marco de nogal esta finamente ornamentado con insolentes máscaras en miniatura, que intentan expresar el agresivo ateísmo de su creador, un viejo hablador y recalcitrante, con quien me gusta conversar, sólo para probar mi tolerancia.

Desde su modesta tienda hice enviar el espejo al lujoso manicomio privado de Florencia en Guerrazzi, donde visito todos los sábados a mi amigo el poeta. Desde hace mas de un año esta recluido en el mencionado sanatorio, por culpa de una irracional obsesión que adquirió en las salas de cine. El desdichado se enamoró de una diva del celuloide, quien aun se mira joven y radiante en la pantalla, sin embargo hoy tiene ya más de ocho años de muerta. 

Tal obsesión ha desencadenado en el poeta una extraña y terrible enfermedad que lo priva del uso de casi todos los sentidos, en tanto su mente se mantiene activa. Es lastimoso que tan brillante escritor quede abolido de esta forma. Hoy su pluma está encallada en las riveras de la demencia. 

El único alivio que encuentra es mirar hacia el cristal de su ventana donde, cual pantalla cinematográfica, imagina a su estrella.  Sin embargo me ha manifestado su incomodidad por la interferencia que le provocan las sombras y destellos sobre el vidrio, y como no abandona su habitación, por no poder llevarse la ventana con él. Entonces, decidí regalarle el espejo.         

Hoy es sábado, mas no un sábado cualquiera sino el día del cumpleaños del poeta y me preparo para visitarlo. 

Debo admitirlo, no visito este sanatorio sólo por ver a mi amigo. La verdad, el lugar me sienta bien. El aire que se respira aquí es realmente apaciguador: grandes extensiones de fresco césped, donde las sombras inquietas de los robles y los castaños de indias, se agitan al ritmo del zumbido de vivaces colibríes. Suaves prados que revuelan las mariposas con sus alas de vidrio. ¡y nadie que te moleste! A excepción tal vez de uno que otro enfermero inoportuno. Definitivamente el lugar me sienta bien. 

Con gran complacencia advertí a mi amigo en los jardines, sentado en su silla de ruedas al refrescante amparo de un castaño, frente a él, sobre una mesilla circular forjada en arabescos de hierro, su intacta limonada. El poeta sostenía en sus inválidos regazos el espejo, con la mirada cautiva en los embrujos de sus imágenes.  

Toqué con suavidad el hombro de mi amigo para no sobresaltarlo, y de inmediato sin despegar su ojos del cristal, me dijo: 

–Gracias don Giovanni, es el mejor regalo de cumpleaños que jamás haya recibido- conmovido palmeé su espalda y me senté a su lado. 

Como todos los sábados, le recité un poema de su libro “Cien Páginas de Poesía”.  Todo transcurría como en otras visitas, a excepción de estar hoy al descampado y al hecho de que mi amigo no le daba tregua al espejo. Decidí entonteces arrimar mi cara ante el cristal para obligar al poeta a mirarme a los ojos. Aquí noté con sobresalto que otra persona nos acompañaba. Su cara anchísima abarcó todo el espejo, era un hombre de fealdad impresionante, debía tener más de medio siglo: alto y corpulento, no poseía un solo cabello en toda la cabeza, sin cejas ni bigote, su piel era de un color escarlata oscuro, casi pavonado, y los ojos, ¡qué ojos! Uno de ellos, el derecho, era de un bello color celeste ceniciento, el otro verde quetzal con estrías de un amarillo tortuga; mandíbula carnosa y cuadrada; sus labios macizos exhibían detrás de una sonrisa desquiciada, su potente dentadura enteramente enchapada en oro. 

No me había recuperado de tal espanto, cuando mi buen amigo, sin arrancar su mirada del espejo, dijo: -hola Gog, siéntate con nosotros. 

-¿Si no interrumpo?- retumbó el visitante 

-¡No de ninguna manera!, más bien ayúdame con don Giovanni… se empeña en distraer mi contemplación. Anda, cuéntale una de tus historias-  Al escuchar tal comentario me sentí desplazado y en verdad me arrepentí de haberle enviado el espejo.

Encaré al inesperado visitante, su traje color verde turquesa me ayudó a reconocerlo como cliente del sanatorio. 

-Y a usted ¿qué lo trae por aquí?- le pregunté con algo de despecho. 

-Como a todos, por aquí, un mal nervioso del que quiero descansar.- respondió incluyéndome en la clientela del manicomio. 

-Bueno –le dije- este lugar es sencillamente maravilloso. Hasta a mí me dan deseos de hospedarme aquí por una temporada.  

-Nuestro  común amigo –dijo señalando al poeta-  me habla  a menudo de usted, me interesa el hecho de que sea también escritor, mas él me ha pedido que no los moleste los sábados de visita, pero aprovechándome de su empecinamiento con el espejo, me he aventurado hoy a esta mesa ¡y ya ve, tuve suerte! 

-Esta bien Gog... hábleme un poco de su vida- le dije sin disimular mi apremio. Si tenía que escuchar las incoherencias de un loco era mejor que empezara de una buena vez.  

Sin embargo su historia no fue para nada incoherente y la escuché, a veces con una incontenible sonrisa, a veces con manifiesta repulsión, y hasta con horror, pero siempre, lo confieso, con mucho interés. 

La resumiré brevemente: 

Gog nació en una de las islas de Hawai, hijo de una hermosa adolescente nativa, descendiente de una feroz tribu de caníbales y padre desconocido, con seguridad de raza blanca, quien después de violarla se convirtió en el almuerzo de los familiares de la jovencita. Su madre le contó muchas veces la historia de aquel bárbaro, de quien no recordaba el rostro, pero sí el sabor de sus jugosos muslos. 

Sin haber cumplido Gog los dieciséis años abandonó su tribu. Ellos nunca lo miraron con buenos ojos, pese a que fue siempre el mejor de sus cazadores.

Sin despedirse de su madre, se embarcó como ayudante de cocina en un vapor norte americano. Pero la dieta y quizá el trasteo constante de la embarcación no le sentó bien. Decidió desertar de su puesto una vez que el barco atracara en las costas de San Francisco.  

Pocas semanas después ya estaba bien instalado en algún lugar de California, que no quiso precisar. Luego de reunir allí algunos miles de dólares se vio obligado a trasladarse, y escogió la prometedora ciudad de Chicago, donde se convirtió al cabo de los años en uno de los hombres más ricos del mundo. 

Gog evitó también describirme de qué manera hizo su inmensa fortuna, yo personalmente creo que tiene el genio del business o algún demonio de su parte. Luego de terminar la Gran Guerra, Gog decide retirarse de los negocios y coloca sus ganancias en varios bancos del mundo. 

-No quise esperar- me dijo acercándose peligrosamente- a quedar senil, como lo hicieron mis colegas, para disfrutar de mi fortuna-  Me eché violentamente hacia atrás para escapar de esa cara sin cejas y sobre todo de esos dientes reforzados en oro- ellos continuaron siendo convictos del dinero, mientras yo aprendí a hacerlo mi servidor- concluyó recostándose por fin en el acolchado respaldar de su silla metálica. 

¡Santo Dios! –Pensé horrorizado- este descendiente de caníbales tiene en su dominio y bien cargada, el arma más mortífera inventada por el hombre, con el poder de crear y destruir nuestro mundo moderno: el dinero.

-Nunca tuve esposa ni hijos, ni los tendré jamás- continuo Gog, con evidente satisfacción- pero tampoco me faltaron parásitos, ayudantes, consejeros y cómplices. Con el tiempo y el dinero a mi favor, me dedique febrilmente a investigaciones de todo tipo. Financié algunas sociedades secretas... –acercando su grotesca cara ante mi oído me susurró entre vaho ardiente- ¿quizá usted halla oído hablar de “La Fom?”- Siglas en inglés para “Amigos de la Humanidad”  

-¡No, no, para nada!- respondí alejando mi rostro. 

-Pues bien, ellos se preocupan mucho por las teorías de Malthus, esas sobre la explosión demográfica, y cuando crearon la “Liga para la Eutanasia Inadvertida” solicitaron mi patrocinio. Se los di con gusto, porque me interesó eso de eliminar a los inútiles, además por herencia materna soy un poco “tanatofílico”- Gog en verdad me tenía aterrorizado, pero como quien viaja en medio de la vorágine de una montaña rusa, quería yo una y otra vuelta más. 

-Recorrí todos los continentes- prosiguió Gog- y en ellos: locuras, sorpresas, fugas. Yo en verdad no tengo patria, pero conocí todas las patrias, de hecho compré una que otra. En mis viajes he dado satisfacción a los más inverosímiles deseos, a los caprichos más infames y fantásticos. Me entrevisté con las personalidades más notables y dispares de mi época: Hitler, Gandhi, Einstein, Lenín, Edison, Wells, Dalí, Huxley, son algunos de los muchos excéntricos que conocí, iniciándome de esta manera en las más refinadas drogas intelectuales de nuestra cultura de putrefacción... 

Largas las sombras de la tarde anunciaban que el sábado de visita estaba a punto de terminar, Gog arrancó un largo tallo de hierva, se lo llevó a la boca y masticó en silencio cortando abruptamente su relato, mientras contemplaba el atardecer. 

Yo quedé como un niño a quien le arrebatan su lamido dulce.  -Nos quedan unos minutos- le dije casi desesperado al notar como los robustos enfermeros empezaban a merodear los jardines- hábleme un poco de su entrevista con... Gandhi... sí, sí, Gandhi estaría bien- pero Gog se encaminó a su inmenso y particular chalet, ubicado dentro del sanatorio donde coronaba solitario una suave loma.

-Visíteme el próximo sábado- tronó Gog como a seis pasos de distancia y sin voltearse- le obsequiaré todas mis memorias, donde describo en detalle lo que le comenté y mucho más amigo, mucho más.  

Triunfé sobre mi insensato deseo de seguirlo, pero me cuesta trabajo conformarme a la idea de esperar siete largos días. para conocer más anécdotas de este extraño personaje. 

-¡Leonardo! –Gritó indiscreto el administrador del manicomio a un enfermero- ¡cuidado olvidas otra vez recoger al loco del espejo! 

-¡Voy por él inmediatamente, señor! 

Vamos don Giovanni, no se desanime, quizá el próximo sábado alguien venga a visitarlo, -me consoló el enfermero... ¡Como si yo necesitara más compañía que la de mi espejo!

Nota biográfica de: Geovani Papini

ANTERIOR

ÍNDICE

SIGUIENTE

Principal / Legado cultural / Máscaras / Esferas de piedra / Galería de esferas / Rincón literario / Blogs / Links

 

© Alberto Sibaja Álvarez. San José, Costa Rica

® Relámpagos en el silencio