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Relámpagos en el silencio

La culpa y el vampiro

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Abandonaba el joven Franz, precipitadamente el cuarto de baño, con la intención de recluirse de nuevo en su dormitorio y así continuar devorando un escrito de Kerkegaard  que lo tenía fascinado con su “Temor y Temblor”           

Abriendo la puerta de golpe, dio un ansioso paso hacia el pasillo en tanto terminaba de abotonar su pantalón, pero la prisa se frustró de golpe cuando pegó su pronunciada nariz en la fina ceda de la camisa de su padre, Hernán Kafka: Hombre maduro y comerciante exitoso que gustaba vestir su atlética figura con trajes elegantes, elaborados a su perfecta medida. Su inexpresivo rostro gallardeado por un pulido y abundante bigote, encaró la figura escuálida y enfermiza de Franz. 

Con aquella ojerienta mirada observó, el amedrentado joven, los esquinados ojos de su padre, y agachó sus grandes orejas, deslizándose por la pared del pasillo suavemente hasta su alcoba. Franz sintió inextinguibles los escasos seis pasos que dio hasta el refugio de su habitación, le parecía arrastrar con ellos el peso dominante de aquella totalitaria mirada, que lo seguía cual lobo al asecho de algún cordero enfermo. 

Cuando por fin alcanzó la seguridad de su cuarto, miró de reojo hacia el pasillo en tanto cerraba suavemente la puerta. Allá inmóvil y silenciosa, la suprema figura de su padre aun lo encara. Cerrada la puerta Franz se echo de espaldas contra ella, allí mismo sintió, como un repentino entumecimiento colonizaba todo su cuerpo, aterrado por semejante invasión, se dejo caer de cara contra el piso, donde se retorció en todas sus articulaciones, miró su brazo izquierdo y en él encontró el horror de la extremidad de un insecto, pero su grito no pudo ser modulado al sentir la monumental suela del zapato paterno aplastándolo con su superioridad. 

Recuperado escasamente de su lapsus, Franz alcanzó fatigado el borde de su cama, sentándose penosamente en el. se arqueó tosiendo mientras estrechaba sus puños contra el pecho. Luego se erigió de súbito con la boca dilatada hasta el espanto, tratando de recuperar el aire perdido. 

Vencido por un irracional sentimiento de culpa que siempre experimentó en presencia de su padre, se echó pesadamente en su cama sin animo de quitarse siquiera los zapatos se abrigó torpemente y asumiendo una posición fetal se sumergió dentro de sí tratando de encontrar su culpa, sin la cual era insoportable someterse a aquel castigo mudo, desdeñoso y permanente. 

Revisó en retrospectiva su día, pero en el no encontró la ansiada culpa, recorrió toda la semana pasada y no halló en ella nada que lo incriminara, luego el mes, su vida entera, pero en ella nada, nada que mereciera el voraz desprecio de su padre. Pensó de nuevo en el suicidio. 

-Si tan solo me hablara y me dijera a gritos y a golpes que es lo que tan mal he hecho... pero nunca me habla y por fortuna rara ves me mira... Quizá no me perdone que habiendo estudiado derecho aceptara la oferta de mi amigo Gregorio y me fuera con él a trabajar en su compañía de seguros... no, no creo que sea tan solo eso pues él me tiene sometido a este proceso y su condena desde antes de mi más lejana memoria. 

La luz de otro despuntar tomaba a Praga, pacífica ciudad, gobernada aun, para ese amanecer de 1907, por el imperio austro Húngaro, pero en aquella habitación un atormentado escritor de veinticuatro años, que  buscando en la oscuridad del pecado su culpa, sin proponérselo se anticipaba con profética descripción  en sus letras y reflexiones  a los terrores de un inminente totalitarismo político que el mismo no llegó a vivir plenamente. 

La noche escapaba de su alcoba y Franz se apresuró a cerrar el pesado cortinaje para rendirla un poco más, porque ella le daba un falso consuelo de intimidad. Las sombras amigas disimulaban la arquitectura de la habitación, entenebrecían el contorno de la cama y velaban las muchas pinturas que allí colgaban, la oscuridad daba alivio a Franz porque todo lo que la claridad mostraba había sido puesto y dispuesto con anterioridad por su padre. 

Así, cuando las indulgentes manos de la noche tapaban los miles de ojos que el exitoso Hernán  había desparramado por toda la casa, Franz Kafka se arrinconaba en una escamoteada mesilla de madera, única de su peculio, que él mismo subió  en secreto una madrugada para no ser visto por su familia. Allí iluminado apenas por la luz de los astros, desahogaba noche tras noche, su genio contra el papel. 

El calendario deshoja sus meses y con cada uno la fatiga se apodera de Franz, por otro lado su padre parece mas fuerte y vital. En el comedor familiar el escritor no prueba bocado, en tanto su padre come con elegante avidez. De madrugada su genio empapa las frazadas en sudor, mientras su padre duerme cada vez mas fresco. Por las tardes su pecho se quebranta en tos y ahogo, tiempo en que su padre disfruta de un buen puro. 

Convencido de que esa ingrata metamorfosis le chupará hasta la medula ósea, decide encaminar su penoso andar hasta la tienda de su padre para exigirle una acusación. Allí el dependiente salta un mostrador para impedirle a Franz cruzar la puerta con el rótulo de “Privado”  pero no impide que la puerta sea empujada con toda irreverencia, ya dentro de la oficina Franz se sacude de sus espaldas al fiel empleado que mira avergonzado a su patrón, este le hace señas con la mano para que suelte a su hijo y se retire, Franz se apoya en sus propias rodillas para tomar aire, luego, agitado aun, mira a su rejuvenecido padre, cierra el puño con fuerza pero mantiene firme el dedo índice apuntando hacia el techo, para sentenciar con firmeza su pensamiento, mas lo único que pudo emitir fue una copiosa tos adornada de esputos sanguinolentos. 

Su padre que lo miraba en silencio. Avanzó suavemente hacia él, que para entonces yacía retorcido y convulso en el piso, lo recogió con la facilidad con que se levanta una hoja de papel y sacándolo en brazos de su negocio lo interno en el sanatorio de Kierling, cerca de Viena, encargándoselo a los mejores médicos para sanar su tuberculosis. 

La última ves que Franz Kafka vio a su padre, fue el 3 de junio de 1924 en aquel mismo sanatorio. 

Debilitado hasta la agonía, lamido hasta la sombra, observó aquella soleada tarde de dispensario, con unos ojos que nadaban pequeños en sus enormes cuencas osametadas, ojos vahídos que reclamaban al final del proceso, una condena de la que no pudo defenderse, observó de cuerpo entero y a un lejano abrazo de distancia, la figura de su padre, más vital, más viril, joven y elegante de cómo lo recordaban sus memorias de niño. 

Se retiró sin decir palabra, y al marcharse aquel, Franz tomó la mano de su inseparable amigo Max Brod y le dijo: 

-Corre Max, ve pronto y quema todos mis escritos, ¡que jamás se publiquen! No vaya a ser que ese los lea y viva para siempre.

Nota biográfica de: Franz Kafka

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© Alberto Sibaja Álvarez. San José, Costa Rica

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