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Relámpagos en el silencio

Dalí desnudo en contemplación ante cinco cuerpos regulares

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            Paseándose altivo por las amplias plazoletas de La Academia de Bellas Artes de Madrid, un estudiante catalán de escasos dieciocho años es el núcleo de todas las miradas. Los demás jóvenes al verlo no pueden evitar un sentimiento de burla, admiración o miedo. 

            Alto y muy delgado, de copiosa melena refrenada con una femenina redecilla que lustra, igual que a sus bigotes, con barniz para óleo. Su camisa azul cielo es adornada atropelladamente por una gigantesca corbata que el mismo decoró, el verde vivaz de sus ajustados pantalones desentona ofensivo contra la capa púrpura que deja arrastrar tras de sí. 

            Indiferente a los murmullos de los demás estudiantes, este narciso surrealista, excesivo en todo, precoz genio que a los tres años quería ser cocinero, a los cuatro pirata, a los cinco decía ser Napoleón, hoy crecida su codicia solo anhela llegar a ser Salvador Dalí y nada más. 

            Ajeno a toda critica se abstraía, el adolescente, en la contemplación dinámica de un arbusto, abandonándose al sueño que le causaba el vuelo de una abeja alrededor de una granada madura, cuando fue bruscamente arrancado de sus reflexiones por los gritos gemelos de dos jóvenes quienes fueron los únicos, desde que ingreso a la academia, que se aventuraron a confraternizar con él. 

            -¡Gilipolla! ... ¡So necio, aléjate del granado si no quieres que te piquen las abejas! 

            Al percatarse Dalí de la amenaza que le revoloteaba, corrió capa al aire, como jirafa ardiendo. 

            -Gilipolla la madre que los parió- les respondió alegre, pero no a salvo de las profanadoras de flores, a sus amigos que se ejercitaban trotando por allí. 

            -¡Oléee... olée...  olé! Le coreaban al verlo dar giros como torero alucinógeno, capeándose con éxito los aguijones de las abejas. 

            -Alcánzanos si puedes- le grito Lorca, y ya Luis Buñuel escapaba hacia la cafetería. 

            Largas las canillas de Dalí se agitaron descoordinadas en el espacio y un borrón multicolor dibujo a un atleta cósmico, aunque más bien cómico para sus amigos.  

            Ahogándose se planta Dalí en la puerta de la cafetería, perdida en su carrera la redecilla que sostenía sus cabellos, asoma su cabeza rafaelesca estallada en pelos y sudor, para atisbar en una mesa a sus amigos que se burlaban de su pésima condición física. 

            Dando fingidos pasos de gigante, se arregló el pintoresco traje y echándose el pelo hacia atrás caminó hacia sus amigos, desorbitando hasta la exageración sus ojos y apartando con desdén todo lo que se atravesara a su paso desmedido, tumbó sillas, mesas y gente. 

            -¡Hoy me siento mas grande que Santiago el Grande!- ruge Dalí en tanto mira sin moderación a los que allí se reúnen. 

            -Con ese bigote y arrastrando esa capa mas pareces ¡caracol!- le grito un estudiante y todo el salón se quebró en carcajadas, pero Dalí proseguía con su teatro. 

            -¿Cómo va tu proyecto de interpretación para un establo biblioteca? ¡Payaso!- le gritó otro notoriamente airado. 

            -¡Ven marica para pintártelo en el culo con mi instrumento masoquista!- le replicó Dalí mientras se agarraba el pene. 

            -Cálmate Salvador que van a terminar sacándote de aquí otra vez- le suplicó Federico. 

            -¡Siéntate de una buena vez! Ordeno Buñuel sacudiendo una silla frente a Dalí que persistía en sus gestos obscenos. 

            Para terminar de persuadirlo Federico tiró suavemente de la capa haciéndole señas para que arrimara su rostro y le secreteó al oído: 

            -Escuché en la residencia estudiantil, que andas como enajenado detrás de Angélica. 

            -¡Ay, Angélica,  Angélica, mi modelo imposible- exclamó teatralizando mientras por fin se sentaba. 

            -¡Calla!... que si se entera Róger, te parte la cara- ladra Buñuel como perro andaluz. 

            -Que venga ese, que también le pinto el angulus- reta Dalí. 

            -¿Y mi flaquito que desea ordenar hoy?- le interrumpe la camarera, posando suave su mano sobre el hombro del pintor. 

            Si, si- responde Dalí, haciendo gestos de rey con sus dedos y exhibiendo ostentoso sus gemelos de zafiro- tráeme, de inmediato, unos huevos al plato, pero sin plato, para acompañarlos con este mi autorretrato blando con tocino frito- dijo y les mostró a sus amigos un boceto ininteligible. Al notar que la camarera miraba su dibujo le hizo gestos despectivos para que se retirara, luego apoyó su larga cara entre las manos y suspiró descomedido. 

            -Sí Federico, estoy crítica y paranoicamente enamorado de Angélica. Después que le hice un delicioso desnudo, no sale de mi mente, me la imagino todo el tiempo como a una joven virgen auto sodomizada por los cuernos de su propia castidad.    

            Al escuchar esto sus compañeros se retorcieron de la risa, pero Dalí, sinceramente preocupado les pidió: 

            -No se rían, insensibles, que esto es serio, mírenme ya casi cumplo diecinueve y lo único que sé de sexo es lo que me enseña por las noches ¡ésta!- y les mostró su alargada mano derecha. 

            Cinco serios guardas del campus entraron a la cafetería, mirando por encima de todas las cabezas estudiantiles, uno de ellos señalo al pintor, y diez pares de sonoros tacones dirigieron sus ecos hasta la mesa. Allí le han entregado un documento con el membrete oficial de “La Academia de Bellas Artes de Madrid”, y esperan clavados en el piso a que la lea. 

            -A ver, veamos, ojeemos, miremos, avistemos... dijo burlón y saca de su faja un frasquillo  de barniz para óleo, con el que acicala parsimonioso sus bigotes, limpiando luego sus largos dedos en la tela de su capa, desgarra con delicadeza  el borde del sobre y desenfunda con un movimiento súbito la carta, alertando a los guardas. Arrugó el sobre y lo lanzó contra la cabeza de un vecino de mesa. 

-Creo amigos que esta viene departe de aquel profesorcillo incomodo del que ya les comente... leamos... ¡ay, ay, Federico! Lamento decirte que esto es mas dulce que la merecida oda que compusiste en mi honor.- y dejó caer el documento oficial sobre la mesa, donde sorprendidos su amigos leyeron la orden de la academia que expulsaba a Dalí. 

-¡Regocijaos por mi hermanos, que pronto estaré lejos de esta mediocridad!- gritó a todos en el salón. Pero ni Lorca ni Buñuel, pudieron disimular su tristeza. 

-Si me lo permiten, noble escolta- dijo a los guardias, en tanto se incorporaba - antes de que pateen mis reales nalgas fuera de los portones del campus, debo ir al baño.

Sin haber terminado su frase, ya los bedeles lo tenían fuertemente aprendido, pero el de más autoridad les hizo señas para que lo dejaran ir, pues conocía que ese baño no tiene otra salida.

Y Dalí arrastró su capa con ridícula majestad, seis pasos hasta la puerta del sanitario, inmediatamente la escolta se apostó en semicírculo frente a ella y esperaron.  

De súbito ante la mirada furiosa de los guardas y las risas de todos los estudiantes, el excéntrico pintor les saltó al frente posándoles desnudo, en rígida contemplación: Sus brazos en gesto de entrega, una rodilla en tierra, la otra en ángulo, su cara congelada mirando hacia las cinco cabezas de sus inmediatos captores.

Nota biográfica de: Salvador Dalí

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© Alberto Sibaja Álvarez. San José, Costa Rica

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