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Relámpagos en el silencio RELÁMPAGOS EN EL SILENCIO |
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En aquella selecta mesa cerca de la puerta principal, dos hombres de personalidad, vida y edades tan desiguales como lo suelen ser la piedra y el viento, conversan cobijados por el preferencial ambiente de un restaurante ubicado en las inmediaciones del palacio de Belvedere, Viena.
La barroca estancia zumba por el delicado cuchicheo que emiten los nobles al comentar la abdicación de Napoleón y su exilio en la isla de Elba. O bien se discute sobre el fin de la guerra de liberación española, o acerca de la exposición en el Museo del Prado de la dramática obra de Francisco de Goya “Los fusilamientos en la montaña del príncipe Pío”
Allí, ese medio día primaveral del 26 de marzo de 1814. los dos hombres, indiferentes a tales acontecimientos, forjaban su propio y dispar destino y su particular historia.
Uno de ellos parecía no encajar en el ambiente, su voz resonaba grotesca en el salón; de cabellera oscura, larga, desaliñada y mugrienta, que a sus cuarenta y cuatro años no exhibía una cana, apenas hacia juego con la violencia de su rostro, el mentón cuadrado, la barbilla partida, y anchas las narices. Debajo del ceño permanentemente fruncido, y no por el esplendor del techo de bronce del palacio de Belvedere, unos ojos inquisitivos de negra mirada insolente leían en delicada caligrafía lo que su compañero de mesa le escribía en su cuadernillo de hablar, pues para ese tiempo Ludwig Van Beethoven, estaba totalmente sordo.
El otro varón, Johann W Von Goethe, hombre maduro de 65 años, quizá el más lúcido de entre los hombres y mujeres de su época, de finos modales, elegante vestir, mirada suave pero atenta, escucha paciente y responde a los lamentos de su amigo, mientras ojea disimulado las páginas manuscritas de su aun inconcluso Fausto.
-Las gentes, y ahora tu, me acusan de terco, hostil y asocial, mas no conocen el origen secreto de mis males- gime Beethoven.
-¡Oh amigo mío! Si tan secretos son tus males, ¿por qué no podéis padecerlos en el secreto mismo y así dejar de embadurnar al prójimo con ellos? –sentenció Goethe.
-Será quizá porque culpo a estas gentes y su pueril forma de ser de mis ingratas dolencias. –responde amargado el músico.
-Mas ¡no es también ingenuo tu rencor, contra el ignorante!. –anota el escritor en el librillo de hablar, en tanto pasa una página más de su escamoteado manuscrito.
La reflexión enmudece al músico unos instantes. –El acierto es tu fuerte, -le responde sereno, el atormentado compositor -¡Por hoy seré dulce y fraternal! Sólo por complacerte amigo.
-¡bien! - Respondió Goethe y apuró de un sorbo el resto de vino de su copa.
Un silencio súbito en el salón, alertó a Goethe, quien espabiló a su amigo, palmeando suavemente sobre el puño sellado de aquel, insinuando además con su mentón hacia el portal principal. De inmediato un fragoroso rechinar producido por todas las sillas que se arrastran en el acto en que sus ocupantes se ponen de pie y al unísono para extender una larga venia a la misma emperatriz y su séquito, que ingresaban al salón
Beethoven miró a la emperatriz pero no se levantó de su silla, por el contrario se recostó aun más en su acolchado respaldar, hasta tocar con su barbilla el pecho y cruzando los brazos, faltando a su reciente y ya olvidada promesa, la miró impúdico y a los ojos, ella no pudo evitar verlo, entonces el insolente le guiñó un ojo como si se tratara de cualquier cortesana. Sonrojada la emperatriz abandonó de inmediato el salón seguida por su escolta. Goethe, sin sombra de reclamo, palmeó compasivo el hombro de su amigo y se retiró despacio. Pronto todos los nobles abandonaron el restaurante, no sin antes arrojar sus miradas de reproche sobre aquel hombre indomable.
Pusilánime, el mesero se le acercó, por orden del propietario del restaurante, y tomando su cuadernillo de hablar le garabateó bruscamente que se retirara y que ya no sería mas bienvenido en el lugar. Pero Beethoven se quedó allí, con su vista ratificada en la ausencia hasta que empezó a atardecer.
Fue hasta entonces cuando enrumbó sus ofensivos pasos hacia las riveras del Danubio, que nace frágil en la Selva Negra, desembocando acaudalado en un Mar invariablemente Negro, y contemplando el índigo de sus aguas le gritó sin escucharse:
-Oscuro es tu origen, igual que el mío, lóbrego es el mar donde desaguas tu caudal, igual que el mío, pero yo no puedo ser tan azul ni tan complaciente como lo eres tu.
Luego asentándose a los pies de un añejo sauce, de cara al río se adosó vencido contra el resquebrajado tronco y llamando con el puño a su corazón, como quien quiere ahuyentar un cólico, sacó del bolsillo izquierdo de su camisa la vieja carta que el mismo había escrito pero que nunca tuvo el valor de entregar, releyó el sobre, mimando con letargo su contorno “A mi amada inmortal” desenvainó la carta, desgastada ya de tanto leerla y por las arrugas del papel se le lloró el abandono.
El asalto de las sombras tomaron traicioneras a la arcada celeste y una inusual borrasca eléctrica se cernía próxima a los campos de cultivo orillados al Danubio. Inaplazable el relámpago hizo resplandecer el amarillento pliego, ahuyentando en Beethoven las rémoras de su auto compasión.
Aseverando aun más su rostro se incorporó airado, estrangulando por la mitad a su confesional carta, erigiéndola apuñada al cielo contra las continuas y sordas centellas, la agitó y la agitó impetuoso hasta el amanecer, la agitó iluminado hasta arrancar del firmamento los compases esperanzados de una novena sinfonía.
Nota biográfica de: Beethoven
© Alberto Sibaja Álvarez. San José, Costa Rica
® Relámpagos en el silencio