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El ímpetu de las tormentas EL TONEL DE LOS ARENQUES |
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Al suroeste de aquella Rusia imperial, ventilado por las brisas del mar de Azof, aburrido el poblado de Taganrog dormía el año de 1868.
Allá en el caserío, Pavel Chejov, viejo panzudo, de nariz tan encarnada y deforme como su carácter, bufaba sudoroso por los recovecos de su tienda, aferrado a su educador varapalo, buscando a su hijo Antón para volver a azotarlo en el nombre de Dios.
Correteando descalzo, por los mismos pasillos, ágil y nervioso, el niño buscaba dónde esconderse. Probó en una gaveta, pero ya estaba ocupada por varios ratones.
-¡El armario!... ¡no!... Ayer me cazó dentro de este armario... ¡Ya está, debajo del mostrador!... no, no, allí me fue muy mal la otra vez.. ¡Aquí!, aquí no me encontrará.
Contorsionando su pálido y delgado cuerpecillo, el niño logró embutir sus ocho años de existencia dentro de un pequeño y pestilente tonel, para ocultarse de la ira de su padre.
El descompuesto aroma de arenques, que otrora nadaran allí, en su lecho de cebolla y perejil, obligaron al temeroso rapáz a desistir de su empresa; pero la baba aceitosa, impregnada en las paredes internas del barril, lo acomodaron perfectamente y ya no pudo salir. Acabando, con su codo punzándole la ingle, una oreja estampada en la rodilla, el talón espoleándole la espalda, el pulgar tapando su nariz, y con el resto de la mano trataba de contener el ya inevitable vómito, que terminó por complicarle el ambiente allí adentro.
Olvidándose de la paliza, intentó gritar por ayuda, pero la ofuscante postura no se lo consentía y su crónica tosecilla (provocada por una inminente tuberculosis que dormitaba en sus genes), era barrida en el aire por los gritos de su padre. Ahora se entregaría con gusto al brutal azote cotidiano, que ayer, como mañana recibiera de su religiosa mano.
-¡Antón Pávlovich Chejov... sal de dónde estés, rata inmunda... no podrás ocultarte de mi ira ni de los ojos de Dios.
Al escuchar los vozarrones de su marido, Nadia Carlovna, corrió en auxilio de su enfermizo hijo.
-¿Y ahora por qué lo azotarás? El niño cumplió esta mañana con los oficios religiosos, ya besó las manos de todos los pastores y popes y yo misma lo escuché leer los salmos ésta tard...
-¡Calla mujer! ¿Acaso no te enseña el evangelio a ser sumisa?... Bien saben todos en esta casa, que he prohibido todo juego y diversión por ser obras de Satanás.
-Tenle pacienc...
-¡¡A callar!! Que he escuchado las perversas carcajadas que ese mocoso provoca en sus hermanos, con esos estúpidos relatos que su mente enferma inventa constantemente... Para mí que es el mismo diablo el que se los dicta al oído... ¡Mira, mira además las porquerías que encontré debajo de su cama.
-Pero... Pavel, son tan sólo libros...
-¡Ignorante!... lo dices como si fueran inofensivos... ¡Escucha estos títulos... "Endemoniados" de un tal Dostoievski... Ven, ojea las herejías que escribe este Tolstoi, en "Mi confesión"... Y esta "Dama de picos" de Puschkin, han de ser obsenidades... ¿Qué más tenemos aquí.....? ¡Escucha! "Almas muertas"... de... Gog.. ¡Santo Dios! -Pavel santigua su cara, tres veces en una fracción de segundo- ...Gogo.. Gogol... ¡Este ha de ser el nombre de algún demonio...! -Y destrozando horrorizado todos los libros, rugía con más furia.
-¡¡¡Sal engendro de Lucifer, sal ya de tu escondrijo!!! O te daré un azote por cada Rublo que adeudo.
-¡Lo matarás! -Gritó espeluznada Nadia Carlovna, quien bien conocía el monto de las deudas de su marido.
-O se descubre ya, o le divido la paliza en centavos.
Una pausa de aliento, entre la gritería del viejo y las súplicas de la madre, bastaron para dejar oír la ahogada tosecilla que surgía de aquel tonel.
Como un toro, el tendero arrastró su ira hasta el sonido y de una patada, partió el barril.
Antón, hecho un nudo de carne pálida y fétida a pescado, rodó inhalante, como un erizo por el pasillo, agradeciendo en cada silbante bocanada de aire, por ser liberado de tan maloliente claustro.
Aquel golpe rompió el ya dolorido juanete del cascarrabias, que, gritando, saltaba de un pie.
Sosteniéndose apenas, Pavel izó su garrote para atizarlo en la cabeza de Antón, quien no lograba desanudarse aún. pero el palo tropezó en un estante de la tienda, devolviéndose contra su propia nariz.
Nadia Carlovna, corrió al lado de su pequeño y le ayudó a estirarse.
El viejo gruñón siguió brincando en un pie. Con su mano libre trataba de detener la hemorragia nasal, y con la otra se aferraba con más saña a su garrote.
El porrazo en el estante volcó además un cargado frasco con dulces, tan esféricos y duros como balines, que ahora rodaban sus colores, bajo el pié tambaleante de Pavel.
La iglesia de Taganrog repiqueteó sus crepusculares campanazos de las seis, pero el bramido que en su caída excarceló el cuerpo macizo de Pavel, resonó por todo el vecindario.
Independiente ya de su censurante mano, el garrote que aferraba, con rabia propia giró libre en la atmósfera, como suspendido por el metálico reverberar de las campanas, cayendo por fin, de manera seca, sólida y rotunda, exactamente sobre sus genitales; así el viejo tendero, perdió allí mismo, como un buey, toda su bravura.
-¡Aaaauuuchchchggmm!
Madre e hijo, abrazados en complicidad, no pudieron disimular su más grande carcajada.
-Eso, Pavel, es la Bíblica ley de Talión, que cae hoy sobre ti -Dijo Nadia, entre sumisa y vengada.
Revolcándose en el piso, aferrando con ambas manos su lastimada entrepierna... y sin bríos para gritar, Pavel miró al niño, con sus nuevos ojos de cordero manso, señalándole lloroso con ellos, aquélla garrafa con vodka (testigo sobreviviente de este melodrama) que esperaba impaciente el desenlace sobre el aporreado anaquel. Y ese chiquillo, de mente tan agíl, como sus posteriores escritos, corrió a traérsela.
Acuclillado, apoyó la dura cabeza de su padre sobre sus infantiles rodillas, ayudándolo a beber. Y mientras el viejo, tragaba su anestésico vodka, los ojillos traviesos de Antón Pávlovich Chejov, chispearon iluminados y gritó sin inhibición diciendo...
-¡Esto tengo que contarlo!... ¡Tengo que contarlo!
Nota biográfica de: Chejov
© Alberto Sibaja Álvarez. San José, Costa Rica
® El ímpetu de las tormentas
![]() Autor teatral y narrador y ruso. Nace en el poblado de Taganrog, Cáucaso, en 1860; muere en Badenweiler, Alemania, en 1904. Miembro de una familia humilde y numerosa. Su padre, Pavel Chejov, era un endeudado tendero inculto, brutal, vano, egoísta y profundamente religioso. Años mas tarde, escribía Chejov al respecto: “Recuerdo que mi padre empezó a azotarme cuando tenia cinco años. Me tiraba de las orejas; me golpeaba en la cabeza, la primera pregunta que yo me hacía al despertar era ¿Seré golpeado nuevamente hoy?” Chejov se trasladó a Moscú, en 1879, para estudiar medicina, profesión que costeó con los cuentos que lograba colocar en los diarios. Su obra muestra un gran respeto por la verdad humana y artística, así como un personalísimo sentido del humor; es además muy crítica con la sociedad de su tiempo. Chejov ha sido llamado el padre del teatro contemporáneo; muchos consideran que lo más perfecto de su obra son las piezas teatrales, en las cuales incorporó a la escena un tipo de realismo hasta entonces insólito. Entre sus obras teatrales citaremos: El tío Vania (1899), Las tres hermanas (1901) y El jardín de los cerezos (1904). De sus cuentos sobresalen: La señora del perrito (1898), Felicidad, Sueños, Cazadores, Tres años, La novia y El maestro de literatura. Historia melancólica, La hechicera, La estepa (1888), y El pabellón número seis (1892), son sus más famosas novelas. |