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El ímpetu de las tormentas TAUMATURGIA SIBERIANA |
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Ya te he relatado, amigo mío, cada detalle que me has pedido para arrasar con tu revolución al zarismo de nuestra amada Rusia. Pero el vodka es aquí abundante y me alcanza para narrarte otra historia, de la que sé, sacarás provecho.
La empezaré en un martes 22 de diciembre de 1916... El hemisferio boreal celebra este día de fiesta solar el solsticio de invierno, y San Petersburgo, capital dorada de todos los zares, tirita las nieves árticas bajo sus techos.
Sin embargo, La Duma (el parlamento ruso), hierve al calor de la conspiración.
Rodzianco, hombre de avanzada edad, de carácter violento y celoso, es aún el presidente del parlamento, y aprovechando la ausencia del Zar de todas las Rusias, Nicolás Segundo, ha conjurado a los diputados para poner en la palestra a Grigori Yefímovich Novoik, a quien bien conoces como Rasputín.
-Señores diputados, ¿Qué se puede hacer cuándo todos los ministros y cuántos rodean a su majestad imperial son criaturas de Rasputín? La única posibilidad de salvación será matar a ese maldito; pero en toda Rusia no se encuentra un solo hombre que tenga el coraje para hacerlo. Si no fuera yo tan viejo, con estas manos, me encargaría del miserable... -Ha dicho el anciano bilioso, escudado en las canas de su nulidad.
-Señor presidente... -les recuerda un diputado- ...el diciembre pasado, un año después de estallar la gran guerra, nuestro Zar Nicolás, abandonó San Petersburgo para ponerse, personalmente, al comando de nuestras tropas en el frente, dejando a la zarina Alejandra a cargo de todos los asuntos internos de Rusia; además, nombró a Rasputín su consejero personal... ¿No es su sugerencia, señor presidente, una traición al Zar? -Toda la Duma se revolvió en murmullos de ira, temor y duda.
-¡No! -Vociferó Rodzianco, reprimiendo con su potente voz los comentarios- Esa bestia maloliente, ese autócrata semi analfabeto, ese Rasputín, amenaza junto al imperio de los zares, cada uno de nuestros aristocráticos traseros... ¿Acaso no lo comprenden?
-¡¡¡Muerte al Taumaturgo Siberiano!!! -gritó más de la mitad del parlamento.
-Ya que la decisión de eliminar a ese pervertido, ha de ser por completo unánime, he mandado a traer a un particular testigo, para que ustedes lo interroguen libremente y decidan si el monje tenebroso, es o no un peligro para el imperio. -Dijo pausado Rodzianco, y dando la señal, dos fornidos centinelas me llevaron en vilo, asido por las axilas, hasta el centro del lugar.
La Duma entera quedó en silencio al verme ingresar, todos miraron a Rodzianco como preguntandose... ¿Cómo se atreve este a arrestar a Rasputín? El atuendo, la barba y el aspecto en general es casi el mismo entre nosotros... Y es que, intencionalmente, todos los monjes klistis nos parecemos... Detrás de mí, ingresaron el príncipe Félix Yusupov y el gran duque Dimitri Pávlovich
-Me han arrastrado aquí contra mi voluntad, si de algo se me acusa es mi deseo conocerlo -les dije sin sobresalto.
-De nada se te acusa -afirmó Rodzianco- di quién eres y cuál es tu relación con Rasputín.
-Mi nombre es Boris Lamovich, nacido en la aldea siberiana de Pokrovskoie, distrito de Tumen, en el año del señor de 1872. Conozco a Grigori Yefimovich desde entonces, pues el nació en la misma aldea para el mismo año, y desde siempre ha sido mi amigo y mi maestro.
-¿No es cierto que tu maestro es hijo de un cochero borrachín dado a la lujuria y al latrocinio? -preguntó el diputado Purishkévich, autor intelectual del complot contra Rasputín-
-Es cierto, tan cierto como lo son las cicatrices autoflageladas que mi maestro carga en su espalda por los pecados de su padre.
-¿No es "Raspútnik" el término con el que designan en Tumen a los pillos, a los perdidos y extraviados?
-Lo es. Desde la adolescencia mi maestro ha sorprendido por sus dones espirituales a las gentes sencillas e ignorantes, quienes le acomodaron ese sobrenombre; pero eso a él no le ha importado; él se llama a sí mismo Rasputín.
-¿Es Rasputín el cabecilla de la secta religiosa de los Klistis o flagelantes?
-¡Sí, él es el señalado por Dios!
-¿No afirma esta degenerada cofradía, que es preciso pecar, para después poder arrepentirse y alcanzar así la salvación?
-Así es, diputado Purishkévich; y así será, a menos que esta Duma se sienta con la potestad de adulterar los evangelios, por considerarlos degenerados.
-¡Limítese el testigo a contestar las preguntas! -rugió Rodzianco, desde su curul.
-El punto, señores, -continuó Purishkévich- Es que Rasputín, en su peregrinaje desde Siberia hasta San Petersburgo ha venido propiciando en cada aldea, misas orgiásticas, llenas de excesos sexuales y de todo tipo de libertinajes, que terminan siempre con flagelaciones masivas... Ese hombre corrompe al cristianismo ortodoxo de nuestras Rusias.
-¡Sí! - gritó un delegado, desde su curul- Yo mismo lo he visto y oído decir, luego de una de su orgías "Pecando conmigo vuestra salvación es más segura, pues yo encarno al espíritu Santo"
Toda la Duma lo miró inquisitiva, pues el ingenuo diputado, acababa de confesar su participación en nuestras misas Klistis.
-¡Peregrino del diablo! -intervino el príncipe Félix Yusupov.- Tal es ese Rasputín. Mis informantes me han referido, que el satánico monje, no ha cesado de seducir mujeres, sembrando su podrida semilla en todas las aldeas; ni las monjas de los conventos han escapado a su lascivia.
-¿Qué tenéis que agregar a esto, en defensa de tu maestro? -Me preguntó con cinismo Rodzianco.
-Todo San Petersburgo tiene por hombre santo al venerable padre Juan de Kronstadt, abad del convento de San Alejandro Nevski -les dije con firmeza; y ahora sería yo quien los interrogaría.- ¿Acaso no fue el padre Juan quien dijo ver en mi maestro "Un resplandor de Dios" ¿Y no fue él mismo, en persona, quien presentó a Rasputín a todas las familias más influyentes de vuestra sociedad... ¡Aún más! ¿No fue el mismo archimandrita Teofanes, rector de la academia de teología y confesor personal de la zarina Alejandra Fiodorovna, quien lo presentó a la familia imperial de los Romanov. ¿Son acaso ustedes más sabios que sus propios patriarcas y...?
-¡Toda Rusia conoce los poderes hipnóticos de ese aprovechado! -Me interrumpió el duque Dimitri Pávlovich- Además, son los prelados del santo sínodo, quienes en repetidas ocasiones han recurrido a este parlamento, para liberarse de ese sucio monje y de sus métodos demoníacos.
-¡Sí! -gritó aquel diputado- Su poder omnímodo desacredita al Estado y a la iglesia.
-Nuestro problema, señores, es claro: -recordó Rodzianco- desde que Rasputín, salvó la vida del único hijo varón de nuestro Zar, el pequeño Alexis, la dependencia de la familia imperial ha llegado a ser absoluta. Este inescrupuloso curandero ha logrado convencer al Zar de todas Rusias, que la suerte de la dinastía Romanov está ligada a la suya.
-Yo, personalmente -agregó el duque Dimitri- le escuché decir, dentro del propio palacio imperial, estas nefastas palabras: "El Zar conoce que la vida de su único hijo varón, depende de mis plegarias, y que yo puedo, si así me place, aplastarlo a él y a los suyos... La zarina no ignora que, si cesase de obedecerme, la vida del zarevich peligraría."
Además, se rumora en palacio, que Rasputín pidió a cambio de salvar la vida del zarevich a la joven Anastasia, y que los zares se la concedieron.
-Esto es abominable -murmuró alguien-.
-¡¡¡Hay que eliminar a la bestia maloliente!!! -gritó iracundo el diputado Purishkévich.
-¡Que así sea! -respondió esta vez, unánime, todo el parlamento.
-Encerrad a ese monje en las mazmorras -ordenó Rodzienco señalándome. Dio por cerrada la sesión, y reuniéndose en su despacho privado con el príncipe Félix, el duque Dimitri y el diputado Purishkévich, decretaron el plan para asesinar a Rasputín.
Fácilmente escapé de sus cárceles, sin que lo notaran, y para la noche del 30 de diciembre de ese mismo año, el príncipe Félix Yusupov invitó a Rasputín a su mansión de Petrogrado. Sabedores de la inclinación del fraile por la buena cocina, el vodka y los vinos de la nobleza, le prepararon una apetecible cena, espolvoreada con cianuro potásico.
Sus cómplices, esperaban escondidos en el piso superior.
Tres golpes pausados en la puerta principal de la mansión Yusupov helaron los ánimos de los conspiradores. Tres veces tres, hubieron de resonar los toques, para que el príncipe reaccionara y fuera a abrir la puerta.
Bajo el umbral ya abierto, el anfitrión observó a aquel siberiano delgado, hombre de inmensa estatura, de pelo y barba tan negros como sus ojos hipnóticos. Contra lo habitual, el monje no se presentó envuelto en sus sucios guiñapos, en su lugar lucía una blusa roja de seda bordada y un pantalón de terciopelo negro; pero lo que más sorprendió al príncipe, fue ver al monje perfectamente aseado y sin la compañía de su fuerte olor a macho cabrío que lo caracterizaba.
-Pasa, pasa, buen amigo, eres bienvenido a esta tu casa. -fingió el hipócrita.
-Deja la puerta abierta -le pidió amable Rasputín- que quiero sentir los aires renovados del año que se avecina.
Ambos se sentaron a la mesa y dialogaron animadamente, Rasputín comía y bebía con avidez, ante el asombro de Yusupov, quien, con la excusa de traer más licor, subía de vez en vez a la segunda planta, para informar a sus cómplices, que el maldito no experimentaba el menor síntoma de envenenamiento, y ante el pavor de todos, las más fantásticas leyendas del monje misterioso se les convertían en realidad. Entonces decidieron que el príncipe lo matara con su revólver. Al bajar Yusupov, encontró a Rasputín de espaldas, admirando un gran crucifijo de marfil que adornaba una pared cercana a la puerta principal, entonces le disparó a mansalva, el estruendo provocó la estampida de los cómplices desde la segunda planta, que lograron ver como el monje herido escapaba por el umbral abierto. Todos salieron bien armados, siguiendo el rastro de sangre por los amplios jardines casi selváticos que rodeaban la mansión del príncipe. Allí escucharon la voz aterradora de Rasputín, que retumbaba en la tundra: "Vosotros todos, nobles inútiles, que no podríais limpiar siquiera vuestros propios traseros, sin asistencia de servidumbre, perderéis todas vuestras confortables posesiones, por la única acción de mi voluntad".
Encontraron los cazadores a Rasputín, en un claro del incipiente bosque, con sus brazos abiertos, orando al cielo y sin huella de sangre en su camisa de seda, y allí todos detonaron sus fuegos de miedo hasta el último plomo, y Rasputín aún permaneció en pie. Cayeron sobre él, a puños, palos y puntapiés, y cuando corroboraron que el duro monje estaba decididamente muerto, lo arrastraron hasta la superficie congelada del río Neva, allí, abriendo un agujero en la nieve, lo arrojaron, respirando por fin su proeza.
Seis monjes Klistis flagelaron sus vidas esa noche en la mansion Yusupov, vestidos de seda y terciopelo. Yo personalmente los escogí: cuatro murieron por envenenamiento con cianuro potásico, dos más baleados; al cuerpo del último no le pudimos dar cristiana sepultura, jamás lo recuperamos; fue bebido por las congeladas aguas del Neva.
Así fue como en realidad sucedió, mi buen amigo Lenin...
-A mí, no me impresionan tus cuentos Rasputín, bien sabes que pronto enviaré a mis mejores fuerzas bolcheviques, para que eliminen hasta el último Romanov, y así la semilla del zarismo se pierda por siempre. Conoces además Rasputín, que extirparé la secta de los Klistis de la faz de mi tierra, de la misma manera como tú quitaste de tu cuerpo, los hábitos del monje y las barbas del profeta... Ya me conoces y sabrás que nuestra amistad no es más grande que mis principios, así que,... ¿Dime cuál es el precio de tu información? Yo lo pagaré, abandona Rusia con tu botín; así salvarás tu vida una vez más.
-¡Anda amigo, convierte a San Petersburgo en tu Leningrado; arrasa con los Romanov; extermina a los Klistis!... No me importan... Sólo entrégame a la joven Anastasia con vida... Ella es mi precio, y trofeo para el exilio al que me condenas.
Nota biográfica de: Rasputin
© Alberto Sibaja Álvarez. San José, Costa Rica
® El ímpetu de las tormentas
Grigorí Yefímovich Novoik nace en el año de 1872, en Pokrovskoie, Siberia. Gracias a su precoz inteligencia, desde niño se ganó el mote de “Raspitnik” (pillete) con el que se haría célebre. En su juventud su poder de seducción se hizo manifiesto cuando, con el aparente propósito de edificar un templo, empezó a mendingar, y los campesinos le entregaban todo cuanto tenía de valor, luego de mirarlo a los ojos. A los veinte años de edad encontró la secta de los “klistis” o flagelantes y, en poco tiempo ya era un cabecilla. En 1903 viaja a San Petersburgo y pronto es protegido por el duque Nicolaevich y la duquesa Militza; luego el gran patriarca Teófanes lo presenta al zar Nicolás II y a la zarina Fiodorovna. Rasputin alivia a su heredero, el zarevich Alexis, quien padecía de hemofilia, con la que se gana la absoluta confianza de la familia real, al punto de que se convierte en le poder detrás del trono. En 1915 publica el relato de “Andanzas por santos lugares”. Ese mismo año es acusado de espiar para Alemania. En 1916 el presidente del parlamento pide su cabeza ante los diputados. Una conspiración para asesinarlo se pone en marcha, encabezada por el príncipe Yusupov. La noche del treinta de diciembre de ese mismo año Rasputin es envenenado, rematado a tiros y arrojado a las aguas del Neva. En 1917, el zar Nicolás II fue ejecutado por los bolcheviques, junto con toda su familia; solo sobrevivió la joven Anastassia Romanov, de quien la historia nunca pudo precisar su paradero. |