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El ímpetu de las tormentas

PRÓLOGO 1º EDICIÓN

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Por Luisiana Naranjo

Hay muchas razones del por qué nos atrae tanto las biografías de los escritores, sabios, filósofos o artistas, y es que la mayoría son hombres comunes que conocen sus limites pero se obsesionan en traspasarlos. Viven, trabajan, crean mas allá de sus confines, quizás porque la creación –como el universo- se encuentra entre su limite y el más allá, en donde no sabemos qué hay o a lo sumo se logra inventar. Así, es como nos apasiona la idea de transmutarlos en personajes de nuestro propia vida y casi nos sentimos un poco de ellos. Bien, decía Rochefoucauld que es más necesario estudiar a los hombres que a los libros.

 

Y es aquí donde Alberto logra crear la magia de la buena literatura, nos persuade a viajar a ese lado de la historia inconclusa para conocer su final. A querer ser más que un sabio peregrino transitando en su espacio y soñar que lo más real es tener ese espíritu libre y volátil como la mariposa de Chuang Tzu que descansa en la imaginación de todo hombre. A pensar que este demonio creador también tiene un poco de Dios. Que todos de alguna manera caminamos aunque sea de distintas formas hacia el Nirvana. Y como Sócrates, tiramos los dados a la eternidad, jugando con nuestro propio destino. La lectura de estos cuentos nos deja esa sensación de mirarlo todo porque todo es posible mirarlo, el tiempo, el silencio, el futuro, aún el arte sostenido en lo invisible como esa escultura que nunca ha sido piedra y siempre ha sido arte.

 

Encontramos la certeza de que todo hombre que sabe mirarse hacia si mismo, también a veces es un poco profeta, visionario, que las palabras a veces predicen las estrellas con esa música que solo lo dan los dioses y la poesía.

 

De cómo el hombre es capaz de asumir la desdicha y la absurdez de la condición humana. Por eso es que Kant, dentro de su monótona existencia pudo encontrar la erudición. Esta es la paradoja del por qué las biografías nos arrebatan y atraen inconteniblemente. El artista no siempre es redentor sino afrenta su soledad cuando otros ni siquiera la soportan.

 

Alberto como artista y creador, asume su propia naturaleza y se transmuta en cada personaje, porque detrás de cada cuento se siente al hombre, al espejismo de su propia voz. Porque cada quien es el viaje de sí mismo y diferente. Y es con la orilla de cada huella y de todas con la que se construyen los cuentos o los poemas. Tanto el sufrimiento, el amor, el sacrificio, el heroísmo, la generosidad, la crueldad, la avaricia, son valores universales, positivos o negativos se presentan en hombres y mujeres cuyas vidas no traspasan las líneas de lo local, son globalizantes desde el habitante de las grandes ciudades, en las latitudes americanas o hasta los desiertos siberianos. Por eso, si no existieran estas llagas sensibles del desamparo humano quizás no existiría el artista. Hay todo un mito con eso de la maldición del artista, creer o no creer... la historia o cada quien lo decide.

 

Desde otra perspectiva, crear un personaje sobre el hombre que ha logrado inventar una idea, una ciencia u otros tantos personajes, hace que este libro provoque un conjuro con esa mezcla de lo real e imaginario, un torbellino mágico y vertiginoso.

 

Y es que con un trozo de biografía, Alberto logra no solo el gran manejo del tema que es tan deseable y difícil en la elaboración de un cuento sino en el gran manejo de la técnica o tekné de los griegos o si se quiere decir, esa parte del artesanado que es imprescindible en el bagaje del auténtico artista. Los cuentos de Alberto tienen una fluencia constante, pues corren con libertad en el cauce que el mismo ha fijado, el ritmo no se detiene, y es así como también al poner las palabras indispensables o precisas se da paso a la acción, es ahí donde nos atrapa hasta tener que leer el último cuento. El mismo Quiroga decía que un verdadero cuento es la flecha disparada hacia el blanco. Así que estos 17 cuentos son 17 flechas que sin duda al ustedes leer ¨El ímpetu de las tormentas’ sentirán como Alberto indiscutiblemente dio en el blanco.

 

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© Alberto Sibaja Álvarez. San José, Costa Rica

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