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El ímpetu de las tormentas LA PESADILLA |
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Voluptuosa, danzaba la luna, sobre el as de las sagradas aguas del Ganges, que a su paso irrigaban las llanuras de Kapilavastu. Al margen de su rivera, se erguía magnificente el palacio del rey de los Sakyas.
Dentro del palacio, en uno de sus exquisitos aposentos, cubiertos de tapices bordados en seda y oro, aromados por dulce sándalo, el príncipe Siddarta, remojaba de febriles sudores las ya acopiadas sábanas de su tálamo nupcial. Su juvenil cuerpo se contorsionaba inquieto en la subconciencia del sueño; tras los párpados, los atormentados ojos del príncipe sondeaban veloces a izquierda y derecha.
Yasodara, su deleitable compañera, lo contemplaba cavilosa, el príncipe venía repitiendo el mismo trance hacá ya casi un mes.
Compasiva, deslizó la suavidad de sus manos sobre el cuerpo desnudo y sudoroso de su amado y arrimando la humedad de sus carnosos labios a la cara de Siddarta, lo trajo a la vigilia con sus besos.
El joven príncipe la miró y su rostro recuperó la paz. Sus largos brazos la envolvieron, y se refugió frenético en el amor de su cuerpo.
Apaciguado ya, Siddarta, bebió más del vino que Yasodara escanciaba en su cáliz real.
Acariciándole la frente, su intuitiva mujer le pidió con dulzura:
-Háblame de tus sueños... ¿Por qué me los escondes?
-Tú, mi amada Yasodara, conoces ya todos mis sueños. Porque tu y nuestro pequeño Rahula, son la inspiración de todos ellos.
Pronto reinaré contigo sobre los Sakyas y......
-No Gautama, no me evadas de nuevo, y háblame de ese sueño que tanto te angustia.
-¡Ay, mi amor, eso no es un sueño, es una ingrata pesadilla que ha venido para roerme!...
-Desahógala entonces en mi.
La incertidumbre ensombreció la cara del príncipe Siddarta, el brillo de sus ojos correteó marino por las mejillas y, abrazándose a la cintura de su amada, se desahogó anegando su vientre y confesó entre sollozos:
-No lo comprendo Yasodara... en verdad que no lo entiendo... Me veo en esta insistente pesadilla, dando la espalda a mi padre y al clan de los Sakyas. Abandono mi destino, y te abandono a ti y a nuestro hijo... Me enemisto con todos los dioses y con cada uno de los sabios Brahamanes... Vago por la India cual mendigo harapiento...Miles y miles de gentes me siguen... Mi cuerpo, sentado en loto, es multiplicado infinitamente en imágenes de piedra, bronce, madera, oro, hueso... No sé de qué se trata... Sabes bien que te amo, Yasodara... que adoro al pequeño Rahula, que amo también al rey, que es mi padre, a Maya, mi madre, y al noble clan de los Sakyas... ¡No soy un traidor!... ¡Soy un sakyamuni!...
Además, ¿Qué estúpida razón podría existir para abandonarlos?
***
La mañana inundó con su canto los aposentos del príncipe, y éste se incorporó determinado. Plegando las sedas del ventanal, miró hacia la lejanía de sus tierras, y descubriendo una hermosa higuera, le garantizó a su mujer:
Hoy renuncio al dolor que me provoca esta ingrata visión, ya no debes preocuparte más por ella... Me sentaré debajo de aquella higuera, y no me moveré de allí hasta que sepa de qué se tratan todas mis pesadillas.
Yasodara despidió a su príncipe con el hermoso Rahula en brazos. Siddarta los contempló por largo rato y... confirmando su amor, los abrazó y besó. Luego, alegre y determinado, caminó hacia la higuera...
Siguiendo con su intuitiva mirada la efigie ya lejana de su amado, Yasodara reconoció en ella el resplandor de un Buda, que caminaba hacia el Nirvana. Pudo ella ver además, como el temible Mara, soberano regentador de todos los demonios, seguía inquieto y preocupado los pasos firmes del príncipe Siddarta, Entonces comprendió que su amado príncipe jamás regresaría a sus brazos.
Nota biográfica de: Buda
© Alberto Sibaja Álvarez. San José, Costa Rica
® El ímpetu de las tormentas
Del sánscrito Buda: El iluminado. Nombre que se da al príncipe hindú Siddharta Gautama Skiamuni, Fundador del budismo. Buda nació en Kapilavatsu, hacia el año 566 antes de Cristo. Hijo del rey de los Sakias, por tanto heredero del trono. Siddharta contrajo matrimonio con la princesa Yasodara y tuvo un único hijo: Rahula. A la edad de 29 años renunció al trono y a su familia para abrazar una vida eremita, en busca de la iluminación, la cual alcanza, después de muchos años de trabajos concientes y padecimientos voluntarios, en un lugar llamado hoy Budh-Gaya. En Benares pronunció por primera vez su hermoso sermón a cinco místicos, quienes habían sido sus maestros. Ellos reconocieron en Siddharta al Buda y desde entonces le siguieron. Predicó durante 40 años por todo el noroeste de la India. Murió víctima de disentería a la edad de 80 años, en la ciudad de Kusinagara, por el año 486 a.C. |