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El ímpetu de las tormentas LA PALOMA PEREZOSA |
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Aquel viejo cavilador venía pasando muy malas noches, por culpa de un incomodo acontecimiento que le nubló por primera vez su adiestrada mente, suceso que amenazaba con el derrumbe de su remanso habitual, impidiéndole contemplar con claridad la antigua torre de Löbenicht, donde acostumbraba día a día, año tras año, década tras década, posar por las tardes su mirada vagabunda.
La mañana alentaba los salobres aires del mar Báltico, y los cielos de Köningberg eran acuchillados por las irritadas alas de una paloma, la que, siguiendo su corta ruta por el río Pregolia, se dirigía a la iglesia del pueblo, donde habitaba otra colonia de sus congéneres.
El ave descendió precipitada sobre las arquerías del templo. Allí descansaban serenas las otras, entró gritando:
-¡¡¡Los ha mandado a eliminar, y los suprimirán hoy mismo, antes de que empiece el crepúsculo!!! -repetía enloquecida la paloma, provocando sonoras bandadas que se levantaban desde el parque, y, pronto, cientos de ellas llenaban curiosas las altas estancias.
-¡Cálmate Dovela!... Y deja ya ese aleteo histérico, que perderás hasta tu última pluma -le rogó asustada la Prusiana Torcaz. -Anda, dínos, ¿quién ha mandado a matar a quién?
-El viejo flaco y pequeño, de quien ya les he hablado...
-¿El filósofo? -interrumpió una extranjera castellana.
-¡Sí! Immanuel Kant, es el nombre del desalmado... y las víctimas serán, la joven pareja que sostiene mi palomar -dijo Dovela, sin poder evitar el temblor de su cabeza.
-Tranquilízate, amiga -le pidió amable la elegante Colipavo.
-¿Tranquilizarme?, ¡Qué fácil! Claro, no es la iglesia de Königsberg, ni la maldita torre de Löbenicht, la que caerá... Ustedes seguirán durmiendo seguras dentro de sus fortificados nidos... ¿Pero, qué será de nosotras las silvestres?
-Debe de haber un error -dijo la Prusiana Torcaz- ,ese hombre es un alma de Dios, siempre, y a la misma puntual hora, lo vemos pasearse por aquí, en las tardes... Tan solitario tan pensativo y ensimismado.
-Sí -afirmo una capuchina-, cuarenta generaciones de palomas hemos visto a ese hombre, y puedo apostar mi pico, que ningún ciudadano del mundo ha mantenido en su vida, como él, una mayor consonancia entre el rigor de su pensamiento, y la pureza y monotonía de sus costumbres.
-¿Qué de interesante puede tener una vida mecanicista? -les preguntó Dovela-. Vida imposibilitada a salirse de los fríos rieles de sus hábitos. Ni la noticia de la Revolución Francesa, que a todos en este pueblo puso patas arriba, le hizo variar la más mínima de sus tantas rutinas. Para mí -gritó, inflando agresivamente su buche- ,los impecables hábitos de ese viejo enjuto y árido, son fastidiosos, y su inagotable erudición se debe a una prolongada y enfermiza soltería... Quizá fue por envidia, que mando a eliminar mi amorosa y benefactora pareja.
-Pero, Dovela -insistió la Prusiana- ,Kant es el orgullo de esta ciudad portuaria, todo el mundo habla de él; yo misma le he escuchado insistir en que existe una perfecta armonía en el universo...
-Es cierto -interrumpió la Capuchina- ,nosotras le hemos oído recitar varias veces a sus pupilos este poema: "La infatigable naturaleza, siempre divinamente clara, / debe impartir a todos vida, fuerza y belleza, / ser a la vez la fuente, el fin y la prueba del arte". -¿Divino, no?
-No seas ingenua, palomita -clamó Dovela- .El viejo podrá llenar sus libros con una prosa intencionalmente embarazada y retorcida, pero jamás encontrarás en ellos, una sola línea de poesía. Ese que aprendiste, es del inglés Alexander Pope.
-¿Y de cuando acá tan culta, la silvestre ésta? -dijo la del moño, dilatando las plumas de su cresta.
-Escúchame, estirada -chilló Dovela-, vivo frente a su ventana, he visto ese libro en el respaldar de su cama, y el hipócrita lo lee casi todas las noches. ¡Ay Dios! -suplicó Dovela- si tan solo le alcanzara a ese hombrecillo, su tan examinada razón pura, su tan relamida razón práctica o su laberíntico juicio, para comprender la frágil cadena que nos ata a todos en la naturaleza, mis amigos no peligrarían, ni nosotras tampoco. Pero a ese viejo lo conozco bien, y sé que anquilosará sus rígidos días en la critica y en la metafísica de sus costumbres -concluyó vencida la paloma.
-Dovela tiene razón -dijo una mensajera-. La cosa en sí, es que Kant está lejos de comprendernos, solo ha dicho estupideces de nosotras, y a esas insensateces él mismo las llama "Paradoja de la paloma perezosa" ¡Escúchenla bien! Resulta que, según él, una de nosotras, fatigada por el arduo batir de alas, advirtiendo la resistencia del aire, reflexionaba melancólicamente sobre lo bien que volaría si no hubiera aire.
Yo estoy segura de que ni siquiera a la Buchona, quien es la paloma más embrutecida de entre todas nosotras, se le hubiese ocurrido semejante pamplina.
Después de escuchar a la mensajera, las palomas iniciaron tal alboroto dentro de las arquerías, que hasta las paredes de la catedral de Köningberg, sintieron algo de desprecio por Kant.
Para alejar aquel barullo, el cura hizo repicar la campanas del templo unos minutos antes de la misa crepuscular, confundiendo los relojes de todos los aldeanos, menos el de Kant, y todas las palomas se desbandaron en dirección de la casa del filósofo.
Pero llegaron muy demoradas. Adelantada, el hacha había ya talado, a la joven pareja de álamos, que creciendo atrevidos, en un patio vecino, hasta la altura de una de las ventanas de la alta casa de don Immanuel Kant, tapaban, su habitual visión hacia la torre de Löbenicht, hecho mismo que atentaba contra la integridad mental del filósofo.
Desde entonces, entre las palomas se comenta "la paradoja de los álamos", pues con sus resistentes maderos se construyeron muchas bancas, que adornan la avenida, que va desde la casa de Kant, hasta el parque de la catedral, sendero rutinario del ya senil filósofo. Bancas donde don Immanuel, marchita su exactitud cronométrica por los muchos descansos que está obligado a hacer sobre ellas en el trascurso de su ruta de siempre, pausas fastidiadas por la lluvia de pestilente palomina, blancuzca y aguada, que enemistadas deponen las aves a su paso.
Nota biográfica de: Kant
© Alberto Sibaja Álvarez. San José, Costa Rica
® El ímpetu de las tormentas
![]() Filósofo alemán. Nace un 22 de abril de 1724, en Königsberg, ciudad prusiana de unos cincuenta mil habitantes, y único lugar que conoció el filósofo. Afamado como el hombre mas riguroso y metódico de todos cuantos han hollado nuestro planeta. Por sus rutinas cronométricas se le llamó “El Reloj de Köningsberg” a ese hombre que hizo del hábito un sacramento. Bastaba verlo en cualquier punto específico de la ciudad para conocer con precisión la hora exacta. De entre sus universalmente conocidas obras, citaremos: Crítica de la Razón Pura, Critica de la Razón Práctica, Crítica del Juicio, Proyecto Para una Paz Perpetua, y Metafísica de las Costumbres. Muere don Immanuel Kant un 12 febrero de 1804, en la ciudad que durante sus 80 años lo cobijó siempre, en su casa de toda la vida, sobre la misma cama que lo arrulló por más de 29000 noches. |