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El ímpetu de las tormentas DE MADRUGADA |
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Aleteando, muy erguidos, los gallos reclaman su aurora... alguien baja por las calles como un duende enloquecido... Moreno de luna verde... corre, corre y va su sombra mordida por el jabalí de su premonición...
¿Es Federico García?... ¡Sí!
Un sueño, ingrato presagio, ha golpeado su noche de Capricornio, dejando en su boca un raro gusto de hiel, de menta y de albahaca.
Con aquella visión, tatuada entre sus pupilas, corre, corre, negra pena, hacia la casa de la gitana Soledad Montoya, adivina a quien el poeta visitara de vez en vez.
-¡Soledad! -gritó Lorca, golpeando la puerta.
-¡Federico! ¿Qué te pasa? ¡Sin camisa y a estas horas! -exclamó, desde sus altas barandas, trasnochada la gitana, al sudoroso cliente, que olía a caballo y a sombra.
-¡He visto esta noche, Soledad Montoya, a la misma muerte, la que, mirándome, ha encendido las cuencas vacías de sus ojos y levantando frente a mi horror su mano, desapareció.... Interpreta mi visión, Soledad Montoya.
Desde el balcón, la gitana cerró su puño contra la luna. Bronce y cobre sus pulseras, se agitan como panderos, reclamándole la turbación del poeta.
Amarrando sus trenzas, descendió presurosa las gradas e hizo pasar a Federico. Con una embebida rama de pino verde, le roció en el pecho un poco de agua de alondras, para calmar su tormento, y, cubriéndolo con una frazada, le pidió que se sentara frente a ella. Sobre la redonda mesilla oracular, la mujer tomó las manos temblorosas de Lorca, y contempló la esfera de cristal que reposaba en el centro. Allí pudo ver la imagen desbocada de un corcel que, galopando asustado, llega hasta el mar en donde se lo tragan las olas.
-¡Huye, Federico! ¡Aléjate de Madrid ahora mismo, que aquí nada bueno te espera! -interpretó la gitana.
-Sí, regresaré a Fuente Vaqueros, a mi pueblo, a mi Granada natal. -Y sacudiéndose la frazada, Lorca corrió nuevamente para huir de Madrid.
La gitana, desenlazando sus trenzas, va de regreso a la cama; pero... poco antes de reconquistar su sueño, avistó a la muerte, quien, limpia y sola, flotaba sobre el cauce oculto de la madrugada.
Reteniendo la flamenca todo su valor, se le acercó a la muerte, con la única intención de distraerla y así poder darle tiempo a Federico. Le preguntó:
-¿Por qué, divina señora, has venido por el alma de un poeta, habiendo aquí tanto fascista que merece tu guadaña?
-No he venido hoy, Soledad Montoya, a reclamar el alma de tu cliente. -Respondió amorosa la muerte.
-¿Entonces, por qué, Federico ha visto tus ojos reluciendo como peces y tu mano levantada cual navaja de Albacete?, preguntó respetuosa la adivina.
-¡Ah, eso!... Sí... Es que me ha sorprendido, Soledad Montoya, encontrarme aquí con nuestro poeta, y he levantado mi mano, ¡mas no para tomarlo!, sino, para estrechar mis sienes y preguntarme... ¿Qué hará Federico García Lorca aquí en Madrid?... ¡Si para cuando las piquetas de los gallos caven buscando la próxima aurora, Yo recogeré su espíritu lejos de aquí, ruta al mar, allá en el barranco de Viznar, en su Granada natal!
Nota biográfica de: Federico García Lorca
© Alberto Sibaja Álvarez. San José, Costa Rica
® El ímpetu de las tormentas
Poeta español |