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El ímpetu de las tormentas

LEPANTO

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Aquel encarnizado 7 de octubre de 1571, el invicto Alí Bajá, comandante de la flota Otomana, navegaba amenazante, y favorecido por los vientos frente a las costas griegas, sus trescientos barcos seguían la ruta de la guerra hacia las sosegadas aguas del golfo de Lepanto.

Allí, España, los estados Pontificios y Venecia, apostaron sus doscientas ocho naves al comando supremo de Don Juan de Austria.

Dispuesto para el decidido ataque de la invencible flota Turca, Diego de Urbino, capitán de la galera española "La Marquesa" repasaba en su mente las ordenanzas estratègicas dadas por el comandante a todos sus capitanes.... 

-...Y de esa manera dirigiréis vuestras naves al abordaje.- Finiquitó enfático  Don Juan de Austria. 

-¡Señor!- acotó Alvaro de Bazán-  ¡Nos superan por casi cien naves! 

-Podemos cruzarnos entre sus barcos, y así los obligaremos a discriminar su artillería- sugirió el valiente capitán Andreas Doria. 

-Sí- agregó, Alejandro Farecio- si hemos de abordarlos, nos debemos preocupar mas por sus espadas sarracenas y arcabuces  que por sus cañones.  

-Nuestro triunfo está en manos del valor de todos y cada uno de vuestros hombres- ,les recordó el comandante. 

-¡Vamos al abordaje, pues!- Gritó Diego de Urbino.  

-Triunfad sobre los paganos del Islam, en el nombre del Cristo- arengó el comandante. 

¡¡¡Que así sea!!! 

Ya en la cubierta de "La Marquesa" Diego, miraba impaciente cómo se levantaban jaqueantes, en el horizonte del golfo, las velas Otomanas. 

Pero abajo, en una de sus cámaras, Miguel de Cervantes, enfermo y abatido por la fiebre, se enfrentaba a sus gigantes y dragones. 

-Pedro, ¿Cómo siguió Miguel? 

-Temo que mal, señor. 

-Necesito hoy más que nunca de su valor... Llévame a su estancia. 

El crujir de la galera ahogaba el castañeo de los malformados dientes de Cervantes, al ver el capitán aquella figura, enjuta, larga y pálida, miró en su rostro aguileño los tormentos de una fiebre que no daba tregua. Entonces dijo a su alférez Pedro de Amador 

-Tenia la esperanza de encontrarlo mejor.

Pero Cervantes, siempre atento a la voz de su capitán, al escucharlo incorporó aquella inmortal hidalguía. 

-¡Estoy bien, mi capitán!...  Pedro, alcánzame mi sable... 

-No, Miguel- interrumpió el capitán- no estas bien, quédate a resguardo en tu cámara. 

-No mi capitán, no, prefiero morir hoy por mi Dios y por mi Rey, a quedarme amontonado en esta mazmorra. 

 Se puso el yelmo, abrazó el escudo y, apoyándose en su espada toledana, subió ardoroso y tambaleante hasta la cubierta. Allí pudo distinguir las ya cercanas banderas Otomanas que orgullosas agitaban sus lunas crecientes. Entonces la bravura revitalizó el cuerpo joven de Cervantes, y, agitando su acero, retó a los enemigos de la iglesia. 

-¡A los remos!- gritaron los capitanes, y miles de brazos batieron las apacibles aguas del Golfo de Lepanto. 

Para cuando Alí Bajá, el comandante Turco, descubrió la táctica de la Liga Santa, ya sus navíos eran embestidos por las galeras enemigas. El capitán Andreas Doria hundía la proa de su embarcación contra el costado de su nave insignia, y pocos minutos después el aguerrido Alí, perdía su vida en el combate, no sin antes llevarse consigo a decenas de cristianos. 

Al mismo tiempo y a babor de la infiel nave insignia, "La Marquesa" arremetía contra su buque escolta. El capitán Diego de Urbino, disparando su arcabuz, gritaba la orden a sus hombres: 

-¡¡¡Al abordaje!!!  ¡¡¡Al asalto!!! 

Miguel de Cervantes, Pedro de Amador y cien guerreros más, saltaron sobre la cubierta Otomana, enfrentando con barbarie, cuerpo a cuerpo, a los turbantes turcos. 

Allí, en medio del aullar de los heridos, el rebullir de los escudos, el entrechoque de los aceros, la sangre y el humo polvoriento de los arcabuces, Miguel de Cervantes asestaba  su sable una y otra vez contra los paganos. 

Teñidas, las aguas del Golfo de Lepanto, recibían indiferentes los cuerpos sacrificados, ya al  dios de Jesús, ya al dios de Mahoma. 

Las naves Islámicas ardían en mayor numero, y Juan de Austria, demostraba al mundo que los turcos no eran invencibles en el mar. 

Sorprendidas, las fuerzas Otomanas se rendían o retiraban tras cinco horas de lidia. 

Menguado el fragor del combate, Cervantes pudo ver cómo su amigo Pedro se desvanecía en el desmayo, por culpa del sarraceno tajo que exhibía su pierna. Entonces arrojó su escudo y, libre ya su mano izquierda, la extendió para auxiliar a su camarada. Aquí el plomo de un traicionero arcabuz mutiló la mano compasiva de Miguel, y otro más se estrelló en su pecho. 

Pedro de Amador, aún conciente, hizo acopio de sus savias y, arrastrándose hasta su gallardo amigo, detuvo con sus manos el tinto hontanar que bullía del pecho de Cervantes, e implorante, le instaba: 

-No te me mueras Miguel, no te mueras ahora, que hemos derrotado a los turcos. 

Miguel de Cervantes, abrió sus ojos, mas no pudo ver a su fiel amigo Pedro, porque un velo sibilino nublaba su mirada. Sin embargo, le habló diciéndole: 

-No te aflijas, mi buen Sancho, que hoy no moriré... No puedo hacerlo aunque quiera... Y créeme, Sancho amigo, que hoy quiero... Y sin embargo no puedo morir, a pesar de saber que el destino me tiene reservado para peores desgracias.

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© Alberto Sibaja Álvarez. San José, Costa Rica

® El ímpetu de las tormentas

 

MIGUEL DE CERVANTES Y SAAVEDRA

Novelista español, nacido en Alcalá de Henares, en 1547, murió en Madrid, en 1616. Es uno de los mayores valores de la literatura universal, conocido también como el “Príncipe de los Ingenios” y el “Manco de Lepanto”. Se cree que servio como soldado del Papa Pío V. Estuvo en Génova y en Nápoles, en 1571. A pesar de estar enfermo, exigió un puesto de peligro en la batalla de Lepanto, y se cubrió de gloria; en la lucha recibió dos arcabuzazos en el pecho y uno en la mano izquierda, que lo dejo lisiado por el resto de su vida. Intervino, además, en otro hechos de armas y 1575, en su regreso a España, la galera Sol, en que viajaba, fue apresada por piratas berberiscos y sufrió cautividad en Argel por espacio de cinco años y medio. Fue rescatado en 1580, luego del pago de 500 escudos de oro. Se cree que durante el cautiverio compuso algunas de sus obras maestras, entre ellas: Batalla Naval, Los Tratos de Argel, La Gran Sultana y que pudo empezar a imaginar el Quijote. De entre su obra mencionaremos, además, La Galatea, Numancia, La Confusa, La Española Inglesa, Novelas Ejemplares, Viaje de Parnaso, Doña Catalina de Oviedo, El Gallardo Español, El Laberinto de Amor, El Rufián Dichoso, Cristóbal de Lugo, La Comedia Entretenida, La Elección de los Alcaldes de Daganzo, El Rufián Viudo, El Coloquio de los Perros y …¡mejor no seguimos!    

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