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El ímpetu de las tormentas

HONORIS CAUSA

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Los acecho a la salida del mercado, secreto por entero a sus sentidos. Ellos compraron vino y un delicioso conejo ensebado, listo con todo y sus condimentos, para hornear en la casa de su preceptor.  

Yo quise advertirles que lo del conejo no era buena idea, pero no me acostumbro a los mercados, y además quiénes me enviaron a espiarlos me han prohibido influenciar sus mentes mortales; en cambio, tengo licencia absoluta para auscultar sus pensamientos, y así supe que aun no encuentran la mejor forma de darle la mala noticia a su maestro. 

El conejo, que bien escogió Silvina Ocampo allá en el mercado, no tiene nada que ver con mi misión... Lo menciono tan solo por mi antojo... El apostolado que me encomendó Esmeredis, mago heresiarca de Uqbar, se enfoca al volumen XLVI de la Enciclopedia Angloamericana, específicamente con el artículo insertado en la página 918, el cual revela ciertos datos de Tlön, que hasta un ciego podría bien interpretar, y que el tenaz Adolfo Bioy Casares, logró adquirir en un remate de libros esta mañana y ahora lo lleva a la casa de su consejero con la intención de discutirlo. 

Están caminando por las pobladas calles de Buenos Aires, en una Argentina, que, en éstos tempranos meses del año 1945, estrena el mandato político del militar Juan Domingo Perón. 

Se dirigen con intencional lentitud a la casa del Ultraísta argentino Jorge Luis Borges, quién es el verdadero dolor de cabeza de los heresiarcas de Uqbar; además, amigo y mentor de esta joven pareja de escritores... Esperen, que tengo que escuchar lo que hablan estos dos 

-No sé Silvina, no sé cómo decírselo, es tan dependiente de su... 

-Ya encontraremos la forma, ¡Tranquilízate! 

-Ese hombre, desde que lo conocemos, sólo ha sabido darnos buenas noticias... ¿Cómo llegarle con ésta? 

-Sí Bioy, ...recuerdo su torcida risilla, cuando nos anunció la publicación que los tres hicimos de la "Antología de la literatura fantástica." 

-Ay... calla Silvina, que me haces evocar la otra, la de poética Argentina. Recuerda su exigencia:  

“¡No quiero poemas confesionales ni sentimentales!... ¡Sólo aquello que tenga revelaciones en la imagen y en la metáfora!”

-Como olvidarlo Bioy, si fui yo quien le leyó cientos de poemas argentinos, y al primer dejo de sentimentalismo o confesionalidad, me gritaba: 

            -¡El que sigue.. el que sigue!... ¡ese que se lo trague su novia o su cura párroco, pero no nuestra antología!. 

-Fue un trabajo duro, pero él siempre sabía cómo alegrarlo. 

-¿Ves lo que has hecho Bioy?... Ahora yo también tengo miedo de darle la noticia.  

¡Uf!, menos mal... por fortuna, diálogo insubstancial y parloteo ambiguo, nada que ver con mi custodiado volumen enciclopédico, que el terco de Casares no afloja de su húmeda axila.  

Mi encomienda es que el volumen no llegue a manos de ese Homero de las cavernas, y no he logrado hacer que lo afloje. 

¡Dioses de Tlön!... ya estamos en el barrio Palermo. Aquí sobre la calle Serrano 2135, se pueden ver los jardines de la casa  del poeta.  

Estos mortales con su mundana angustia... yo también repto espeso y lento, arrastrando la mía... es que ustedes no sospechan lo cruel que logra ser el mago Esmerdis, con quienes le fallan... 

-¿Ya sabes cómo decirle? -ha preguntado este hombre, de axila infatigable, a su esposa. 

-¡¡Yo!! no, qué va ¡¡Tú lo harás!! -responde ella, albacea del conejo. 

Ingresamos en la siempre abierta casa de Borges y, dirigiéndonos a su esotérico estudio, lo vemos sentado en su gran sillón; allí, brillando en medio de su ceguera física, dicta sus ficciones a María Kodama, su secretaria y fiel lazarillo. 

Al escuchar los pasos (los de ellos) Borges los reconoce.  

-Silvina, Bioy...¿Que me traen esta tarde para la cena? -Toma su bastón y, atenta, María lo encamina hasta sus amigos.  

Allí los tres se entrelazan en su fraternal abrazo de siempre; mi escoltado libro cae al piso, y es recogido por la japonesa, quien lo deposita indiferente sobre un anaquel. 

Ya antes capté, con mi cámara espía, estos abrazos; mas la única imagen que he logrado revelar, es la del tricéfalo don Honorio Bustos Domeq, seudónimo con el que estos ya publicaron las aventuras policíacas de Isidro Parodi, buen amigo mío, por cierto.

-¿A qué se debe esa tristeza? -pregunta el sensitivo Borges. 

-Bueno... es que... lo que pasó fue... -y sin poder continuar, Bioy Casares nos da la espalda. 

-Dime Silvina, tú siempre has sido más valiente... ¿Con qué fatalidad vienen hoy a mi casa?  (-Aquí pensé, por un momento, que el clarividente me había visto). 

-Los Peronistas capturaron en la mañana a doña Leonor (Su madre) y a Nora (su hermana) -Escupe Silvina en una sola exhalación. 

Debo a ustedes confesar, que fueron los heresiarcas de Urqbar, magos cerberos del secreto de Tlön, quienes manipularon el destino errático del poeta, ¡hasta envenenaron la mente de los académicos suecos!, para que el premio Nobel jamás recayera sobre él; así no tendría más tiempo ni dinero para hurgar en misterios denegados a los mortales. 

-Lo sé -responde tristemente Borges, encaminándose a su escritorio-¡Prisión de mujeres valerosas!, mientras tantos hombres callamos. -Toma con furia un puñado de bolígrafos y plumas de su mesa de trabajo, y los arenga diciendo: 

-¡Pero no perdamos tiempo muchachos! que hay muchas piedras que lanzar contra este régimen, y muchas, muchas más, para lanzarle a la eternidad. 

Esta última palabra erizó mi etéreo cuerpo, porque temí que llamara la atención hacia aquel comprometedor libro, del que todos ya se habían olvidado, por virtud de estar ahogados en su frivolidad. 

¡Renuevo mis votos de fe! Porque la magia de Tlön es poderosa, y así como el pez muere por su boca, el genio es una vez más atrapado con señuelos de humanidad... ¡¡Sssiiiií!! 

Aunque también debo reconocer que al Borges este, jamas logramos cegarlo completamente. 

Aún ahora en ésta primavera de 1976, mantengo campamento entre estos escritores, resguardando los intereses de Uqbar, y aquel Borges, que celebró con alegría terrenal el derrocamiento del partido de Perón por la Junta Militar Argentina, se arrepiente hoy, cuando la inhumana represión de Videla, mide su gobierno en víctimas por hora.  

En este momento lo sigo a él, a Ernesto Sábato y a una decena más de literatos, que se entrevistarán con el presidente de la junta de gobierno, para reclamar a sus colegas "desaparecidos". Pronto la plaza de mayo albergará a miles con idénticos propósitos. 

Pero regresemos al año 1945... a la casa de Borges...

Aquí, recelosos, Silvina y Bioy, se miran, pues no desean comprometerse en asuntos políticos. 

Recostado ya en su sillón, el poeta sonríe para disipar la tensión  

-Yo también tengo una noticia que darles. -agrega mientras palpa la superficie abigarrada de su escritorio, buscando un reciente documento gubernamental, el cual reconoce fácilmente por sus abultados sellos y membretes oficiales. Apoya su mano sobre la notificación, y continúa hablando. 

-El nuevo Gobierno me ha apartado de mi aburrido puesto de bibliotecario. En cambio, me han nombrado,... -E inflando su estreñido pecho continúa con fingida voz militar... -Soberano inspector de todas las aves y de cada maldito conejo, en los mercados de Buenos Aires... Título "Honoris Causa" al que me veré obligado a renunciar, por el reducido inconveniente de mi ceguera. -Concluye con sarcasmo ante tan cruel humorada. 

Los ojos de Bioy, rezuman su lamento. 

Yo, en cambio, suspiro tranquilo, porque el secreto de Tlön es resguardado bajo el cúmulo de la vicisitud humana. 

Y Silvina, rápidamente y muy apenada, esconde en su espalda la bolsa con aquel conejo que compraran en el mercado, para la cena a su atribulado mentor. 

Nota biográfica de: Jorge Luis Borges

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© Alberto Sibaja Álvarez. San José, Costa Rica

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Jorge Luis Borges

Escritor argentino

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