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El ímpetu de las tormentas

GALATEA

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A orillas del río Moscova, el bizantino teatro Barma, levantaba su esplendor para recibir en esa Moscú, recientemente arrebatada a los Zares, a la inigualable  bailarina Isadora Duncan, quien tan sólo cuatro años después de aquella presentación (imposible de olvidar), muriera trágicamente en Niza, estrangulada por su propio chal, el mismo que agitara ante la multitud, que esperaba su regreso de la Unión Soviética. Chal largo y travieso, que enredó su roja seda en uno de los radios del Bugatti deportivo, una ventosa tarde de paseo. 

En las pletóricas graderías del Barma, miles de espectadores esperaban ávidos a aquella Ninfa Californiana, nacida en las orillas del mar Pacífico, y a quien el océano todo, le había heredado el ritmo voluptuoso de sus olas.

 Tardío y buscando, con el reñido boleto en la mano el número de su butaca, Sergei Esenin, joven poeta de la revolución, de cabellos rubios, cuerpo atlético y bien parecido, pisaba y removía a los puntuales concurrentes. 

Encontró por fin su luneta  el ansioso muchacho, al lado del persistente fantasma de Don Luis de Góngora y Argote, quien no se perdía una sola presentación de Isadora, siguiéndola de California a Nueva York, de Londres a Italia, de España a Grecia, de Berlín a San Petersburgo.... De Moscú a Niza... de Niza a..... 

Respetuoso, el encantador Sergei saludó a la misteriosa figura que lo impresionara por su larga cara y tan severo rostro.

El culteranísimo Góngora devolvió el saludo, con la leve sonrisa que supieron esbozar sus delgados labios; pero Sergei no pudo evadir el tétrico escalofrío que recorrió su cuerpo, cuando los pequeños ojos del fantasma español lo traspasaron. 

La multitud se levantó ovante al descorrerse el telón de tinto terciopelo, y Sergei, sacudió su extraña sensación con diez minutos de frenéticos aplausos. Miles y miles de palmas hacían cimbrar los cimientos mismos del teatro; solo las de don Luis de Góngora, no podían producir eco alguno, pero eso ningún mortal lo iba a notar.  

Luego, la abarcadora presencia escénica de Isadora Duncan, silenció hasta la respiración de todos sus espectadores. 

En medio de aquel inmenso escenario, la deliciosa figura de La Ninfa, cubría su completa desnudez, con una simple túnica griega de blanca seda trasluciente. 

Modernos ritmos transportaron los pies descalzos de aquella sacerdotisa pagana, por todo el escenario. 

El arrebato supremo de su mente y el espíritu entero anidado en la pureza de su ombligo, parecían ser los motores de aquel quintaesenciado cuerpo, que se elevaba sin esfuerzo aparente hacia la luz, por medio de ese, su sacerdocio dinámico, de esa su forma sublime de emoción espiritual, de esta su liturgia, en la que el alma y el cuerpo eran arrastrados por la música, transfigurándose toda ella en el arte mismo. 

Su danza sin vacíos establecía una calurosa armonía entre los seres y la vida.

 Movida por la simple felicidad de existir, La Ninfa, con su imagen de belleza, alegría y abandono, impregnó cada muro, columna, silla, cuerpo y átomo, que se cobijó esa fría tarde en el teatro moscovita. 

-¡Bendita Grecia! Que en la colina ateniense de Cópanos, eligiera Isadora Duncan levantar su templo, consagrado a la danza. -Dijo para sí, Don Luis de Góngora, embelesado.  

Otra vez retronaron las palmas, cuando el cierre del telón anunció el intermedio. 

Sergei quedó perdidamente hechizado desde ese día,  por la singular bailarina, y exhalando su retenido suspiro, afirmó: 

-Ningún poema podría evocar esto.

 Escuchándolo el fantasma de Góngora, le advirtió en tono profético: 

-¡Ten cuidado muchacho!, que todos aquellos que han querido a la hija de Nereo y Doris para sí, se han perdido en la voraz garganta del cíclope. 

-¿A qué se refiere, señor?... ¿A las habladurías de los morbosos reporteros?...¡Rumores... estúpidos y malintencionados rumores! ¿Usted que sabe viejo?  -respondió alterado Sergei; pero sí conocedor de la enigmática anatema que arrastraba Isadora, de la que ya se había especulado en todos los diarios del mundo. 

-Si oídos tienes y a escuchar dispuestos están -dijo Góngora, alargando aún más su cara, -Te revelaré el secreto de su maldición...  

Sergei, no pudo más que asentir, agitando como epiléptico su erizada cabellera. 

-Esa ninfa -prosiguió Góngora -,que nos deleita con sus giros, es la misma Galatéa. El deforme hijo de Poseidón, Polifemo, se enamoró perdidamente de ella. Pero Galatéa prefirió los amores del divino Acis, y no pudiendo soportar el desprecio, el Cíclope asesinó a su amante... ¿No querrás tú también provocar los celos del Titán?... Todos aquellos que compiten por su amor, son devorados por el Cíclope, ¡todos! No perdonó el maléfico Polifemo, ni a los dos pequeños hijos de Isadora... Se los tragó en las oscuras aguas del Sena... Son ya muchas las víctimas de Polifemo, para creer que aquello sea tan sólo un simple rumor. Y si persistes en tu necedad, serás la próxima víctima.

 El fantasma de don Luis de Góngora se desvaneció ante la mirada pávida del apuesto joven, y un nuevo y aun más profundo escalofrío lo sacudió, Pero la síntesis dinámica, e individualizada  en Isadora, del espíritu de Botticelli, Rodín y Bourdelle, que Ella revestía con la danza antigua de Grecia, en su segunda aparición sobre las tablas, hizo que Sergei olvidara enteramente la advertencia del más allá.... 

Terminado el espectáculo, Sergei, corrió precipitado, apartando con sus influencias políticas, todo obstáculo del camino que le impidiera llegar hasta el camerino de la Duncan. Allí, Ella no pudo resistirse a los encantos del joven poeta, quien le evocara la figura de su arquetípico Acis. Y tan sólo unas semanas después, la ensombrecida pareja contraía matrimonio en Moscú. 

Muy pronto, el Cíclope atormentaría a Sergei, induciéndolo al alcohol y al suicidio. Un día, ebrio hasta el delirio, el ya martirizado poeta recordó la advertencia del fantasma, y en ese mismo instante vio al deforme Polifemo, alzarse como titánica ola frente a él. Espantado, Sergei se arrastró por la impúdica choza en donde se escondía con sus miserias. 

-No temas, insignificante mortal; no te haré daño. -mintió Polifemo.-Que ya mi Galatéa ha decidido abandonarte, y pronto se refugiara en Niza... Sólo entrégale esto, y no menciones que me has visto. 

El traicionero hijo de Poseidón dejó a los pies de el ya desmayado poeta, un hermoso paquete, y se desvaneció. 

Al amanecer, el sol punzó los enrojecidos párpados de Sergei, y en medio de ratas, botellas vacías, muebles rotos y una tenaz resaca, recordó su pesadilla, mas no le sorprendió encontrarse con el fino paquete en el piso.

Agarrándolo con cobardía, corrió con su encomienda, como si esta estuviera a punto de explotarle; llegó resoplante a su casa, donde Isadora terminaba de empacar sus maletas, y extendiendo trémulo sus brazos, mostró a la Ninfa el obsequio, Ella lo miró, mientras una mixtura de ira, compasión y amor rodó desde sus ojos. 

-Perdóname, Sergei, pero bien sabes que lo nuestro... perdió su luz.   -y, apartándolo, se dirigió al taxi que la esperaba. 

-No te detendré, Isadora; juro que ya no lo haré  ¡Sólo quita este tormento de mis manos! -suplicó esquizofrénico el poeta. 

El chofer recogió las maletas, e Isadora besó con ternura la destilante cara de Sergei. Tomó el paquete, y, abriéndolo con lentitud, desplegó su contenido al viento, y envolvió a la fragilidad de su cuello el resplandeciente chal.  

Un chal, tan suave como su baile.

Un chal, tan rojo como el destino de Sergei.

Un chal, tan largo y homicida como el brazo de Polifemo.

Nota biográfica de: Isadora Duncan

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© Alberto Sibaja Álvarez. San José, Costa Rica

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Isadora Duncan

 

 El 27 de mayo de 1878 nace     

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