Principal / Legado cultural / Máscaras / Esferas de piedra / Galería de esferas / Rincón literario / Blogs / Links

VER CONTENIDO

El ímpetu de las tormentas

LA FUGA

BLOG

              Sin alivio, el muchacho se aferra al barandal del puerto. Aquella mirada adolescente, anegada en aprensiones, se extravía estéril en la distancia del mar Egeo. Allá, el contorno creciente del barco que vuelve, corta nudo a nudo su esperanza. 

Desclavando sus dedos de las erosionadas maderas, sin ánimo se deja caer sobre las tablas lastimeras del muelle. Acurrucándose entre los vientos, musita en secreto a los dioses su desgracia: 

-¡Oh implacable Cronos!. Un mes ya que esa barca partió rumbo a Délos , para conmemorar la muerte del minotauro en manos de nuestro héroe Teseo. ¡Ay Horas, ingratas hijas de Temis! Ya regresa a la patria el navío. Mi pueblo, igual que yo lo hice desde niño, lo recibirá con fiestas cantos y guirnaldas. Pero hoy ¡Oh Selene! más bien me parece a la fúnebre barca de Caronte que viene por la vida de mi maestro. ¿Es que acaso el veneno de las Furias se ha inyectado en el animo de todos y cada uno de los trescientos setenta jueces que con su veredicto arrogante lo han condenado a una injusta muerte? ¡Oh padre soberano del Olimpo, interpone otro océano para que la sacra embajada de Delos no atraque hoy y así no se cumpla el ingrato sacrificio de mi guía. 

Suplica a los dioses el joven filosofo, conocedor de la costumbre de su pueblo de postergar toda ejecución  hasta el momento en que la embajada sagrada atracara en el puerto ateniense  

Cuando la vio zarpar, juzgó que un mes era tiempo de más para liberar a su mentor.  Hoy la embarcación retornaba y aún no persuadían al anciano sabio de la conveniencia del escape. 

Todo estaba listo de antemano: Los muchos seguidores del filósofo, ya habían dispuesto sus capitales para financiar la fuga. Sus carceleros estaban comprados, la boca de los delatores acalladas con unas pocas monedas, el carruaje con su esposa Jantipa y sus tres hijos, esperándolo confiados; una casa en Tesalia para su cómodo exilio... ¡todo!, todo menos la anuencia de aquél viejo testarudo que siempre se ufanaba, de nunca haber salido de Atenas, a no ser por su heroica presencia en la guerras del Peloponeso, contra los espartanos. 

-¡Critón, por Zeus! al fin regresas. -exclama Platón incorporándose con los ánimos esperanzados-  No tenemos mucho tiempo, la barca está a punto de tocar puerto. ¿Lograste convencer al maestro esta vez? 

-No jovencito, -responde el anciano, evadiendo aquella ansiosa mirada  -no he tenido hoy más suerte con él, que la que tuviste con sus jueces el día de la acusación.  

Las rodillas de Platón, no sostienen su apuesta figura y se agarra otra vez al húmedo barandal recordando los cargos pronunciados en el tribunal: "Este hombre quebranta las leyes, negando la existencia de los Dioses que la ciudad tiene recibidos...  introduciendo además, otros nuevos... Su divino Daimon, por ejemplo... predica contra la moral del pueblo, corrompiendo a la juventud... La pena justa es la muerte"

Quizá el fallo no hubiese sido tan severo, pero aquel filósofo que se hacia llamar a si mismo "El Tábano de los Dioses", al escuchar la deliberación de los árbitros, (quienes no se ponían de acuerdo, en si convendría más quitarle la vida o imponerle una multa) les dijo irreverente: "Yo juzgo que la pena a que debo ser condenado por mis operaciones, es la de ser mantenido por la patria con una jugosa renta pública y así poder continuar holgadamente con mis actividades". Este atrevimiento enardeció a los jueces y entonces ellos, fallaron a favor de su ejecución. 

-Fue un fallo injusto,  -se queja el joven, echándose de nuevo sobre las tablas del muelle  -¿Por qué retó a los Arcontes?, si ya la acusaciones eran demasiado serias... ¿Por qué se burló de los jueces?... ¿Por qué?... 

-Hoy lo veo claro, Platón, -le dice el viejo sin deseos de confortarle- tú maestro preparó con afán y alevosía, su propia muerte... Este será su último parto mayeútico. 

-¡Calla Critón, calla! -grita el joven en franco llanto- bien sabes que Aristófanes es el cobarde autor de su desgracia. Ese comediógrafo vulgar es quien debió ser acusado por impío y corruptor. 

-¿No lo entiendes, Platón?. ¿Acaso no lo entiendes?.  Tú y yo estuvimos en su juicio, ¡recuerda!, recuerda como se condenó a sí mismo... 

Platón, estruja la cabeza entre sus manos  porque las palabras que su maestro le profiriera a los magistrados, le resuenan taladrantes en la memoria: 

"Enviadme entonces a la morada de Hades, que libre ya de vosotros que afirmáis ser jueces, encontraré a los verdaderos jueces, a Minos, Radamanto, Eaco, Triptólemo y a todos los semidioses que fueron justos en vida... ¿Será acaso mala mi estancia en ese lugar?... Yo por mi parte prefiero morir mil veces antes de permanecer un minuto más frente a vuestra miopía" 

-Además -continua notoriamente molesto Critón,- pagando a los carceleros, he podido llegar a su celda por cuatro veces y por cuatro veces, he fracasado en mi intento de persuadirle a que escape. Le han quitado los grilletes y su puerta está abierta. ¿No lo ves, amigo?, su pretensión es convertirse en el primer mártir entre todos los filósofos... ¡Esto no será una ejecución! ¡¡Será un suicidio!!, un cobarde suicidio que tu maestro encubre con el manto de su moral. 

-¿Acaso reniegas del maestro, Critón?... ¡Si es así: únete al traidor Critias, a los treinta tiranos y a todos los ignorantes calumniadores de nuestro mentor! 

-Siento vergüenza por él, Platón... -replica, cansado el anciano-.  Es él, quien nos traiciona a todos eligiendo el partido fácil, hasta sus propios jueces y verdugos le han facilitado la fuga. Más que su muerte desearon ellos la condena, y con ella están satisfechos. -renovando su enfado, Critón fija sus artríticas manos en los hombros de Platón, levantándolo en vilo de su abandono y al sacudirlo le grita- ¡Sí! ¡sí!, sí reniego de Sócrates, de esa su carencia de hombría para salvarse de una estúpida muerte, y renuncio también a cualquier preceptor, que blasfeme como lo ha hecho él.  ¡Escucha!, ciego adolescente y discierne por ti mismo, si esto no es la más abyecta blasfemia. -lo suelta con desprecio y continua- Poco antes de abandonar su indigna mazmorra, Sócrates me ha dicho: 

"Oh Critón, Gea me inoculó la infección de la vida; mañana Asclepio, pondrá en mi boca, el néctar de la cicuta redentora que me sanará de este mal."   

-Así mismo ha dicho; y yo reniego hoy de él, más no me uniré a sus detractores, ¡no!. Regreso a los dioses de Atenas, para quienes la vida no es una infección, que pueda curar la muerte. 

-¡No Critón, no! -le grita enardecido el muchacho- donde regresas es a la más arquetípica ignorancia; eres tú, quien elige el partido fácil, cambiando el ideal de lo supremo por los guiñapos que te ofrece este mundo.  

El viejo renegado, escondió su cabeza dentro del manto de sus vestiduras y corrió al cobijo de sus dioses. 

Al otro lado, entre el júbilo de la multitud, la barca alcanzaba puerto, Platón la contempla atracar, y una entera sonrisa se le revela en el rostro, borrando todas sus aprehensiones. ¡Sí!, ahora lo comprendía: su maestro Sócrates, quien los enseñó a parir ideas, estaba por dar a luz su propia perennidad.

Nota biográfica de: Sócrates

ANTERIOR

ÍNDICE

SIGUIENTE

Principal / Legado cultural / Máscaras / Esferas de piedra / Galería de esferas / Rincón literario / Blogs / Links

 

© Alberto Sibaja Álvarez. San José, Costa Rica

® El ímpetu de las tormentas

 

Sócrates

   Filosofo griego, nacido en Atenas hacia el año 470 399 a.C.

Sócrates es casi un personaje literario. El protagonista de los inmortales diálogos platónicos. Fue pobre testarudo e irritante.

Hijo del escultor Sofroniso y de la comadrona fenareta. Aprendió del oficio de su madre, el arte de dar a luz las ideas que el hombre lleva en su interior, a través del examen y el dialogo; a este medio filosofo el lo llamo Mayéutica (obstetricia).

En un ocasión su amigo Jenofonte preguntó  a la pitonisa de Delos: “¿Quién es hombre mas sabio y virtuoso de entre los atenienses?” y el oráculo respondió sin ninguna vacilación, ¡Sócrates!

Cuando el hijo de la partera se entero dijo: “supongo que será porque yo al menos se que no se nada”.

Pero a pesar de esa argucia y su paradoja, el oráculo le granjeó la envidia de todos aquellos que juzgaron que se los había declarado ignorantes. Entre estos se encontraban: Anito, Melito y Licon quienes primero instaron a Aristófanes para que se mofase del sabio, y el comediógrafo lo estableció en la escena. Pero las risas no les bastaron, y participando activamente en la fabricación de calumnias, hicieron posible el ominoso proceso público de Sócrates. Proceso que culmino con su condenatoria de muerte. Sócrates ejecuta su propia mano la sentencia, ingiriendo el veneno de la cicuta, tras rechazar todos los preparativos de su fuga.

 

 Ir al inicio del documento