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El ímpetu de las tormentas

EMELINA Y EL LOBO

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El varón que tiene corazón de lago, alma de bohemio y pluma modernista. El máximo y tosco Rubén Darío, yace ebrio en la cama de un cuarto de hotel, en la antigua capital colonial española de León, allá en su Nicaragua natal. Ensueña mansos poemas abrazado a Emelina Murillo, esbelta mujer cuyos ojos verdes cautivaron a Rubén desde el primer deseo. 

-Emelina... ¡Está linda la mar!...  Y el viento lleva...  -balbuceaba enajenado Rubén, sin sospechar que su amante le haría víctima, esa misma noche, del más truculento episodio de su vida.  

-¡Te lo debe Emelina!, Te lo debe, ¿No te ha usado ese hombre por años?, Es tu oportunidad... ¡Y es su deber!  -Le había dicho, señalándole el vientre, su hermano Murillo esa mañana. 

-Sí, sí, es cierto,... Pero... acaba de enviudar y... y está tan vulnerable -responde la mujer, que desde aquel día de adolescencia, en que  el poeta la besó, no ha dejado de verlo como a la estrella que siempre codició, astro que hoy podría robar de la inmensidad azul, para hacerlo lucir encendido en su pecho. 

-Es dura la vida y el hambre es horrible... -le recordó su hermano- ¿Por qué hemos de seguir padeciendo?... ¡Si tenemos aquí servido al poeta, aderezado en su gloria! 

-¡Sí! -respondió convencida Emelina -¡Rubén se quedará conmigo de una vez por todas! 

-¡Bien, bien, Emelina! Escúchame, esto es lo que haremos... -La mujer escuchó atenta el plan de su hermano. -Tú sólo emborráchalo; no te será difícil; yo me encargaré del resto -concluyó emocionado Murillo. 

La calurosa noche del 8 de marzo de 1893, se amaba la pareja entre sábanas de hotel, cuando Murillo, como un jabalí, irrumpió arma en mano, botando la puerta de la alcoba. 

-¡Aprovechado!...¡Así quería pescarte!... has abusado de mi hermana por muchos años, pero ahora que la has embarazado no permitiré que la abandones en la deshonra -le recrimina el hombre, agitando frente a la cara de Ruben, su pistola. 

Darío miraba sonriente a Murillo, sin acabar de entender lo que estaba pasando. 

-¡Levántate, sinvergüenza! y ponte la ropa, que ya casi viene el párroco... te casarás con mi hermana ¡aquí mismo! -exigió el casamentero. 

Emelina vistió a su amante y las húmedas sábanas del lecho le sirvieron de improvisado vestido de novia.

Cumplidor llegó el cura, quien ya había aceptado una buena limosna para oficiar el sacramento, y así lo hizo, sin valerle el notorio estado de embriaguez, ni la sonrisa, mueca inconsciente, que exhibía Rubén. El mismo cura tuvo que ayudarle a Emelina a sostener en pie al novio, en tanto Murillo y su revólver, fiscalizaban la ceremonia. 

Consumado el rito, soltaron a Rubén, quien se descolgó sobre la cama sin aflojar la risita. El cura espantó su sotana, y los hermanos Murillo, salieron a celebrar el triunfo de su perfidia. 

Por la mañana, Emelina regresó al cuarto de hotel con una dorada botella de whisky. Encontró allí a su marido, sentado al filo de la cama, con los codos apoyados en las rodillas, las manos tapando la cara y los dedos frotando tenaces sus amplias sienes. 

-¡Buenos días mi amor! -Exclamó trasnochada la mujer, extendiendo sus brazos para dar estabilidad a su derrengado andar, en tanto agitaba la botella con su mano derecha. 

El poeta descubrió su transfigurado semblante... la miró... con el rencor de un Luzbel, inflamado en sus ojos, y su voz, como en sorda lucha interior, se astilló al decir: 

-Amada Emelina, no te acerques mucho... yo estaba tranquilo, allá en otras tierras... a este mi pueblo venía a buscarte... y si algo me dabas, estaba contento... sumiso a tu lado dormí muchos sueños... pero hoy me envolviste de infamia y de fraude... vete con tu hermano... deja esa botella... y llévate mi apellido... déjame en la montaña de mi soledad... poblada de perros, de saña y engaños... ¡¡vete!! 

Emelina no pudo pronunciar palabra, se agachó cautelosa sin dejar de mirarlo, con mucho cuidado puso la botella en el piso; alcanzó lentamente la puerta, sin atreverse a darle la espalda, y huyó, huyó lejos de la gubia filosa y salvaje de aquella mirada. 

Nota biográfica de:  Ruben Dario

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© Alberto Sibaja Álvarez. San José, Costa Rica

® El ímpetu de las tormentas

 

FELIX RUBEN GARCIA SARMIENTO

(RUBEN DARIO)

Nace en el poblado nicaragüense de Metapa, hoy ciudad Darío, en 1867. Muere de cirrosis en León, Nicaragua, en 1916.

Aunque no realizó estudios en forma sistemática, sus lecturas y viajes (desempeñó cargos diplomáticos en varios países de Europa y América), le proporcionaron una amplia cultura. Se le atribuye haber sido el creador del término “modernismo”, con el que se denominó la ruptura con el realismo imperante. El modernismo se caracteriza por el uso de un lenguaje nuevo, consciente de sí, exquisito, lleno de metáforas y sonoridad, que huye de la realidad para refugiarse en mundos exóticos, llenos de princesas y de refinamientos.

Darío es el poeta de mayor influencia en la lengua española a finales del siglo XIX y comienzos del XX. En 1893, a la edad de 26 años, enviuda de Rafaela Contreras, pena que el poeta anestesia con alcohol.

Para ese mismo año, lo obligan a contraer matrimonio con Emilia Murillo, esbelta mujer de quien Darío, en su adolescencia, se había enamorado; pero el poeta no consintió jamás vivir con la mujer con la que lo casaron ebrio y apenas recuperado de la resaca, abandonó a Emelina.

De entre las obras del poeta citaremos: Azul (1888), Prosas profanas (1896), Cantos de vida y esperanza (1905), El canto errante (1907), Poemas de otoño (1908) y canto de Argentina (1910).

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