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El ímpetu de las tormentas

LA CANOA

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 El hombre venía sintiendo algo que crecía como anaconda, dentro de su vientre. 

Obligado por ello, abandonó los territorios selváticos, que por tanto tiempo fueron su voluntad de destierro, su refugio emocional y literario. 

Retornó a la ciudad, tierra de invernadero, donde la tragedia crece segura para ser transplantada. Regresa con un legado de cuentos salvajes y la inocencia de la muerte, violada. 

Allí, esa mañana, un relámpago de hospital le ha revelado entre transparencias monocromas, la mancha hiptálmica del cangrejo que atenaza sus entrañas. Mirándose por dentro, supo el hombre que ya estaba muerto, y su mano, heredera y testamentaria de suicidios, prefiere adelantarse a la agonía. 

Desfila enardecido hasta su forestada vivienda citadina, ya próximo, elige con la mirada el mejor árbol para su intención. Levantando la puerta del garaje,  se encamina sudoroso hasta la pared donde cuelgan las herramientas. Su mano convulsa se aferra a un hacha, y, contemplativo, la afila hasta el anochecer.     

Sin razón pero cansado, intenta dormir abstrayendo su vista en un techo de incienso; pero el sueño no le acompaña y sus cavilaciones le bastarán, para trascender esa noche de insomnio y fantasía nerviosa. 

La mañana lo topó junto a su árbol, ya caído a golpe de hacha, circundado por el Yaciyateré, ave agorera que, perdiendo su nido, le graznaba desde lo alto sus juramentos.  

Y el hombre, sin descanso, allí mismo, rodeado de mazos, gubias y demás herramientas, dio inicio, bajo la guía de su propio diseño, a su última gran obra. 

-¡Horacio!... ¡Horacio, hombre!... ¿Dónde te has metido? -Le grita preocupado, su amigo Julio Roldán, quien después de varios días de intentos telefónicos, resuelve  aventurarse hasta la casa del escritor. 

-¡Julio...Julio!... ¡por aquí! -Contestó vivificado el hombre, desde la arboleda 

-¡Santo Dios, Horacio!... Te ves terrible, amigo. 

-Es la gripe, compañero, una de esas que me agarra siempre al comienzo del verano -objeta el hombre, enfundado en su chaqueta de cuero, ese mediodía, y sacudiendo las virutas de su barba, le pregunta impaciente. -¿Julio, entiende usted algo de canoas? 

-¿De canoas?... .Bueno... sí... de ellas sé tanto como... los periodistas pueden saber de crítica literaria -responde sonriendo Julio, tratando de debilitar la dureza que exponía el rostro del hombre. 

-No, no... Esto es distinto, aquí se trata de lógica y sentido común.  -Y agarrando a Julio por la manga de la camisa, lo remolcó seis pasos hasta su ya terminada canoa. 

-¡Horacio Quiroga! ... Pero... Pero... ¡Esto es una obra de arte!      -Exclama Julio sin falsedad, al observar la gracia de ninfa que le demostró la canoa. 

El hombre, acariciando la pulimentada superficie del navío, y con aire de iniciado, le empieza a declarar a su compañero los secretos de la ciencia oculta de los astilleros. 

-¡Mire la precisión de sus líneas!... todas, como palabras en un poema, tienen su razón de ser, porque en "náutica", todo lo que no es absolutamente necesario, está de más... Cuanto más simplificamos su cuerpo, más sólido es, y más hermoso... Observe cómo las curvaturas de su forma inician en la proa, rematando armoniosas y definitivas en la popa... Y esto, compañero, no es fácil de lograr... pese a que me regí por la fórmula -dijo señalando con desdén su garabateado diseño. 

-Impresionante, Horacio, ¡Es perfecta! ¿Pero...     

-Amigo, todo es comenzar -interrumpió el hombre, asiendo a Julio nuevamente por la manga, para sentarlo en la canoa. -¿Qué te parece?                 

-Bueno... es pequeña como un féretro... pero eficaz... sí, sí, muy eficaz -respondió nervioso Julio, tratando de borrar su primer comentario. 

-¡Por supuesto, que es pequeña!... ¡Tan pequeña como un cuento!... Una canoa no pretende ser un trasatlántico. Una canoa sabe que el tiempo es demasiado breve en esta miserable vida, como para perderlo de modo aún más miserable en alta mar -regatea, casi histérico, el hombre. 

-No hay duda en ello. -Asegura condescendiente Julio, sin ánimo de contradecir. 

-Una canoa, navega por las riveras sin perder nunca de vista a la tierra; zarpa, conociendo con precisión adónde va; no es transporte público, y nunca lleva carga inútil. En una canoa no hay tiempo ni espacio para una larga parodia novelesca; recargarla es hundirla, Y lo más importante en ella es.... 

-¡De acuerdo!... De acuerdo, Horacio... -lo interrumpe Julio, al notar que el hombre se iba quedando sin aliento  -¿Pero para qué una canoa, en esta ciudad sin ríos? 

 Aferrando la manga de la ya tironeada camisa de su compañero, lo encaminó sin palabras, con paso lento pero decidido, hasta la salida.

-¡Suéltame, Horacio!, era sólo una pregunta -va suplicando inútilmente Julio. 

De regreso, el hombre se abandona, sin agonía, en su canoa, para lanzarse a la deriva... un sueño de cianuro, cual mordida de serpiente, lo pierde, poco a poco y para siempre, en las orillas del tiempo, allí donde aún naufraga. 

Nota biográfica de: Horacio Quiroga

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© Alberto Sibaja Álvarez. San José, Costa Rica

® El ímpetu de las tormentas

 

Horacio Quiroga

 

   Escritor uruguayo     

 

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