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El ímpetu de las tormentas AUTOSCOPÍA |
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El jueves pasado... ¿fue el jueves?... No lo sé.... El asunto es que algo insólito me ha sucedido: regresé de madrugada a casa después de deambular, como acostumbro hacerlo, por las calles de París. Sentí que la noche era particularmente honda esa madrugada, y me inspiró a escribir un cuento que decidí titular simplemente "La Noche".
Con todas las ideas apretujadas en la imaginación, subí aceleradamente hasta el estudio para escribir, pero al llegar a la segunda planta, una inconcebible sospecha se me anidó en el estómago. Saqué el revólver; siempre lo porto en las caminatas nocturnas. Ingresé silencioso en mi estudio. La luz fungosa y decididamente perversa de aquella luna colándose por los ventanales, me permitió distinguir una silueta, que se encontraba sentada en mi pesado sillón de lectura. Por un instante creí que se trataba de mi criado, Francois, pero el contorno era mucho más corpulento que él; además Francois conoce bien mi prohibición de ingreso allí. Sospeché entonces que podría tratarse de mi maestro literario Gustavo Flaubert, él era uno de los pocos que no necesitaba permiso para traspasar esa puerta. Pero recordé que había muerto, y él, como yo, creíamos en la aniquilación definitiva de todo ser humano que muere... ¡Gustavo no se desmentiría! ¿Quién entonces es el intruso?... Me acerqué cauteloso, revólver en mano y de súbito, giré el sillón.
La escasa iluminación me permitió, de todas maneras, reconocer el rostro del hombre a quien, en ese momento, le apuntaba en su sien izquierda con el cañón de mi arma. El horror impulsivo que experimenté al reconocer su rostro me hizo martillar tres veces la pistola... Pero estaba descargada; mi eficiente Francois, la había limpiado y olvidó recargarla. Retrocedí sin aliento... Ese vikingo de anchas espaldas, de grandes mostachos y ojos negros... ¡¡Era yo mismo, Guy de Maupassant, quien ocupaba el sillón!!
Aquella aparición no se inmutó, sonriente señaló con su índice al escritorio, y me dijo:
-Me he adelantado para empezar a escribir "La Noche". Lee el borrador, ¿a ver qué te parece? -concluyó con la más ofensiva naturalidad.
Como quiera que yo venía, ese jueves... ¿O fue miércoles?... concibiendo la idea del cuento, el pánico que me inmovilizaba fue desterrado por la curiosidad.
Tomé el manojo de hojas manuscritas... ¡era mi propia letra!... empecé a leer, y al notar en el texto que él ya había solucionado aspaectos en el cuento, que yo mismo no resolvía aún, volteé asombrado hacia el sillón de lectura, pero mi doble ya no se encontraba allí.
No pude dormir el resto de la noche y muy temprano, a la mañana siguiente, fui a visitar a mi médico de cabecera. Le relaté detalladamente y sin inhibición, lo sucedido, pero al galeno le pareció algo natural.
-Las drogas que estás obligado a ingerir por tu enfermedad -me dijo -pueden estar provocándote "autoscopía", que pese a ser un raro mal...
-¿Que rayos es autoscopía? -interrumpí.
-Es una alteración inocua de la percepción... es tan sólo una alucinación, provocada por un desequilibrio químico del encéfalo, no le des importancia -Concluyó el erudito.
Salí del consultorio más tranquilo, pero nada convencido. Porque una alucinación, no explicaba el texto sobre el escritorio, sin embargo, era consciente de que mi vieja enfermedad, (Un no tan raro mal de Venus) tarde o temprano me encumbraría sobre las montañas de la locura.
Caminé por los bulevares de París, y me alegré al ver, en el café Rouen, a un colega amigo, Emilio Zolá, quien me convidó a su mesa. Allí evocamos nuestras travesuras literarias y pronto, tres controversiales damas nos acompañaron: su Nana, la Madame Bovary, de Flaubert, y mi Mademoiselle Fifí. Entre copas, risas y tabaco le comenté superficialmente lo que me sucedía.
-Recuerda -me dijo- que debemos saltar a las estrellas desde el trampolín de la exacta observación... ¡Escribe acerca del tema!
Emilio se marchó, y sobre la mesa del café yo empecé a garabatear un cuento que, luego, el intruso, rotularía "El Horla"
Pasaron los días y yo seguí topándome con mi doble por la casa. Ordené a los criados trasladarse a una cabaña vecina a la mansión; ahora más que nunca necesitaba estar "solo", no quería que me escucharan discutiendo con el otro.
Nuestros encuentros se hacían cada vez más frecuentes y me era insoportable convivir, de esa manera, conmigo mismo.
Si pensaba escribir, él ya lo había hecho; si deseaba cambiar un mueble de lugar, ya estaba en el sitio deseado; si quería bañarme, él ocupaba la ducha. Y como si todo este malestar no fuera suficiente, él se pasaba todo el maldito día criticando mis escritos. El único lugar donde nunca me lo encontré fue en mi cama; quizás por ello decidí pasar más tiempo en ella.
Como semejante intruso no me dejaba realizar en paz ninguna de las actividades más cotidianas, me dediqué entonces al jardín y a reparar los antiguos muebles de la casa. En tanto, él, encerrado en mi estudio, escribía sin descanso mis cuentos.
Harto ya de su intromisión, decidí refugiarme en mi navío, el "Bel Ami". No comenté la decisión con los criados, ni siquiera me atreví a pensarla fuerte, por temor a que el entremetido se me anticipara.
Y una madrugada, salí a hurtadillas de la cama, rumbo al Sena, donde el Bel Ami, descansaba atracado. Abordé con gran emoción el yate; recorrí tres veces su cubierta de proa a popa, inspeccionando velas, timón, mástiles, cuerdas, ancla, agua y víveres. Estaba listo para zarpar, me sentía liberado.
Tracé la ruta: navegaría por el Sena hasta el Canal de la Mancha, de allí, cruzando el paso de Caláis, enrumbaría libre mi embarcación hasta el Mar del Norte, aguas normandas de mi niñez y juventud...
Apoyado en la barandilla de estribor, saludé a los barqueros de Borgival, quienes desde el muelle, levantaban sus jarros repletos de ron invitándome, como siempre, a escuchar leyendas de mar, a cambio de historias licenciosas y picantes, con las que bien sabía yo hacerlos reír.
Pensé en acompañarlos unos minutos, cuando, a lo lejos, reconocí la figura del abnegado Francois, que caminaba hacia el atracadero. Corté con mi navaja la cuerda que amarraba la vela mayor; pero supe que no lograría zarpar a tiempo. Entonces descendí presuroso la escalinata que lleva a la litera, donde quise ocultarme como un niño. Entré agitado, y, trancando la portilla, busqué donde esconderme; fue aquí cuando descubrí al intruso, polizón indeseable, durmiendo en el camarote. Me le acerqué despacio, para no despertarlo, y decidido a borrar esa alucinación, le corté el cuello.
Ahora estoy seguro de que todo esto comenzó un jueves; mi pensamiento es mucho más lúcido... Pero... por otro lado, no estoy muy cierto de quién soy.
Acabo de despertar... alguien sale por la puerta... Me encuentro en una habitación de hospital... una venda me envuelve el cuello y, mi mano izquierda sostiene este relato.
Nota biográfica de: Maupassant
© Alberto Sibaja Álvarez. San José, Costa Rica
® El ímpetu de las tormentas
![]() Novelista francés. Nació en el castillo de Miromesnil, cerca de Torvile-sur-Arques, Normandía, en 1850, murió en París, 1893. Empezó a escribir a la edad de 30 años, bajo la influencia de G. Flaubert, y consiguió vivir lujosamente de su literatura. Fue un magnifico narrador, sus dotes lo consagraron como uno de los principales exponentes del naturalismo. En sus relatos se advierte un extraordinario poder de observación, un magistral trazo en el retrato de personajes y ambientes, así como un estilo personalísimo y vigoroso. De su obra destacan el hoy celebre cuento Bola de Sebo (1880), aparecido en el volumen colectivo las veladas de Médan, las novelas: Una vida (1883), Pedro y Juan (1884), Bel Ami (1885), Fuerte como la Muerte (1889), Nuestro corazón (1890); y los libros de relatos: La casa Tellier (1881), Los cuentos de Bécasse (1883), Las hermanas Rondoli (1884), El horla (1887) y la mano izquierda (1889). Internado en un sanatorio, en 1892, después de un intento de suicidio, murió al año siguiente en un grave estado de desequilibrio mental, causado por una enfermedad venérea (incurable en su época), la cual lo atormentó durante la última década de su vida. |