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CUENTOS HUMOR |
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Reflejo redentor.
Víctor Hugo despertó aquella mañana con una tremenda resaca.
La noche anterior tuvo la mala idea de visitar a su viejo amigo: Gracilejo Larco. Aclamado poeta escatológico, cuya abundancia de letras sólo es superada por las cantidades industriales de licor y humo de tabaco que traga a diario.
Entre versos, chistes y copiosos brindis, la húmeda madrugada cobijó a los viejos amigos dentro de las rosadas paredes de un burdel citadino. Al poeta no era raro verlo en esos ambientes, mismos que inspiraban la creación de sus versos. Pero Víctor Hugo siempre fue más recatado. Sin embargo a esas alturas de la borrachera, su conducta, palabras y movimientos eran apenas controlados por los reflejos del cerebro límbico. Las últimas palabras que logró articular, antes de caer en la inconciencia etílica fueron: ¡ay Gracilejo amigo… si mi Pamela me encuentra aquí… seguro que me capa como a un cerdo!
El vapor bochornoso del medio día lo despertó con un lacerante dolor de cabeza, la garganta reseca, en la boca aquel invasor gusto a cobre oxidado. La insolente luz de la mañana le agudizaba los clásicos síntomas de una pesada resaca.
Desorientado, Víctor Hugo sentía pánico de abrir los ojos. Con ambas manos cubría su rostro en tanto, atormentado, se preguntaba: ¿Dónde y con quien putas amanecí?... ¿Quién me tiene a mí de cabrón, juntándome con el borracho de Gracilejo? ¡Soy hombre muerto, mi vieja me va a matar!
Por fin entreabrió los ojos y como ratón miedoso, escrutó el lugar.
Lo que vio dilató sus pupilas y lo hizo sentarse de golpe. ¡Estaba en su casa, acostado en su propia cama! No recordaba cuando, como ni a que horas había regresado.
Víctor Hugo exhaló un suspiro de alivio, pero al ver la puerta entreabierta de la alcoba, tuvo nuevas aprensiones. Esperaba ver entrar a su esposa como una fiera, para colmarlo de gritos y reclamos. Encima se acordó que su suegra pasaba unos días con ellos.
Sin lugar a dudas sus problemas apenas comenzarían. Con la cabeza a punto de estallarle se frotaba nervioso las sienes, buscando una buena excusa, que amortiguara el justificado enojo de su esposa. De pronto, sus ojos no daban crédito a lo que vio sobre la mesita de noche:
Dentro de una pequeña hielera de vidrio, un par de cervezas, transpirantes y frías. Al lado un vaso con agua, junto a un sobrecito verde de sales minerales efervescentes. Debajo de la lámpara una carta en papel color rosa y perfumada.
Intentó leerla de inmediato pero el temor a su contenido desvió su mano hacia la lata de cerveza, la destapó y bebió hasta el fondo con alivio, luego la otra y de seguido la sal mineral. Con el organismo compensado Víctor Hugo leyó la carta:
"Víctor, Amor mío, vida de mi vida:
Perdona que no esté aquí para atenderte. Salí un momento a la tienda de lencería, pero regreso en un rato para estar contigo.
Te he dejado estas cosas sobre la mesita para que alivies el malestar que quizá sientas después de la rumba de anoche.
Te he preparado una sopita como a ti te gusta, le pedí a mamá que te la sirva y que esté pendiente de ti mientras regreso.
Te dejo un beso con todo mi amor.
Tu esposa que te adora: Pamela".
Víctor se encontraba más confundido que agradecido. Se metió al baño y con agua fría intento despejarse. Luego de vestirse bajó al comedor.
Allí efectivamente lo esperaba su suegra. Un nuevo ataque de pánico por poco lo paraliza, pero la señora lo saludó con cariño y con una inusual sonrisa. De inmediato le sirvió el tonificante caldo caliente, el cual tomó despacio y en silencio, en tanto se preguntaba en secreto: ¿Qué diablos está pasando? Esta vieja arpía nunca me ha querido. Debo de estar soñando ¡O a lo mejor ya estoy bien muerto! Sí eso debe de ser, el desgraciado de Gracilejo dice que cuando la gente muere, jamás se entera del asunto… ¡Ay ay Dios, diosito mío, si salgo de esta te prometo no volver a juntarme con ese poeta de mierda. –Y recuperando la calma, se dijo: -Total si estoy difunto no pierdo nada con preguntarle a mi suegra ¿Qué está pasando?
Así lo hizo.
La señora le respondió con gran serenidad:
-Anoche hijo, llegaste pasadas las 4 de la madrugada. Venías en completo estado de ebriedad. Estrellaste el carro contra el muro del jardín, arruinaste los rosales de mi hija, como no podías abrir la puerta la rompiste de un empujón, en tu intempestiva entrada majaste a Charlie, el gato, al pobre se le fracturó el cuello y murió de inmediato. Vomitaste en medio de la sala y arruinaste la alfombra nueva. Cuando intentabas subir las gradas para ir a la recamara, caíste y te quedaste profundamente dormido. Pamela me pidió ayuda para llevarte a la cama…
-¡Que vergüenza suegrita… que desastre he hecho! –Interrumpió Víctor honestamente apenado- ¿Pero entonces por qué tantas atenciones?
-Porque cuando por fin logramos ponerte en la cama, tu esposa empezó por quitarte la chaqueta, la camisa, luego los zapatos y las medias, pero cuando intento bajarte el pantalón, tú te aferraste al cinto y le gritaste:
“¡¡¡QUIETA PERRA!!! ¡¡¡QUE SOY HOMBRE CASADO!!!”.
Gracilejo Larco
San José, setiembre 2007
© Alberto Sibaja Álvarez. San José, Costa Rica
® Con sabor a hoz