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Cuentos de humor

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PSICOTERAPIA EFICAZ

Mi matrimonio con Herbert, estaba a punto de colapsar de manera irremediable.

Decididos a mejorar nuestra relación conyugal, acatamos el consejo de mi madre y visitamos aquí en Viena al reconocido psiquiatra austríaco Sigmund Freud.

Al principio Herbert estaba renuente a la terapia, debido a sus prejuicios raciales.

-¡No discutiré mis problemas delante de ese amansa locos judío! – me gritaba cada vez que le tocaba el tema.

 Pero nuestra insoportable convivencia y la creciente fama del doctor Freud lo terminaron por convencer y un buen día nos encaminamos hacia el consultorio situado en Innere Strasse. Aunque doscientos chelines por consulta, le parecían al tacaño de mi marido una elevada tarifa. De todas maneras fuimos, Herbert caminaba adelante, maldiciendo por lo que consideraba una inversión sin sentido y yo atrás gritándole improperios mientras inútilmente traté de alcanzarlo.

Como a las dos de la tarde llegamos a su exótico consultorio, decorado con tótems y máscaras de todo el mundo. Desde allí la apacible vista hacia el Danubio me hizo olvidar el dolor de pies.

El doctor Freud nos pareció más joven de lo que imaginamos. Su inquisitiva mirada, la delicadeza de su voz y aquella sensualidad en su boca, me convencieron inmediatamente acerca de la veracidad de su teoría de la libido sexual.

Recostados en sendos divanes confesamos al psiquiatra nuestras infelicidades. Herbert escupió rápida y groseramente una sarta de reclamos hacia mi conducta. Yo fui más sutil, pero igual me desahogué.

Después de escucharnos como nadie antes lo había hecho, el vulgar de Herbert le dijo al doctor:

-¡Por doscientos chelines ha de tener usted alguna solución a nuestros problemas!.

Freud apartó la pipa de sus carnosos labios y con esa maravillosa voz nos dijo:

-“Existen dos maneras de ser feliz en esta vida: Una es hacerse el idiota y la otra es serlo completamente”.  

Después de decirnos esto, dio por terminada la consulta.

Regresamos a casa, tomados de la mano y en silencio.  

Desde ese día nuestro matrimonio recuperó su felicidad. Yo opté por la primera manera sugerida por el sabio doctor y  mi amado Herbert no ha tenido que hacer ningún esfuerzo para asumir la segunda.

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© Alberto Sibaja Álvarez. San José, Costa Rica

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