VER CONTENIDO

Cuentos de humor

BLOG

El primer condón

 

Todo el mundo sabe que yo me crié en un prostíbulo. Mi madre doña Gracileja García fue una exitosa meretriz, y su negocio “La Paloma Dorada” el mejor putero de San José.

La inmensa casona de madera que alquilaba en Barrio México, llegó a tener hasta 40 percantas profesionales, 8 travestis y 11 putitos finos. Aquello fue, por muchos años, lo más selecto del casco metropolitano. Grandes personalidades de la época fueron usuarios frecuentes de los esmerados servicios brindados allí. Jueces, diputados, arquitectos, abogados y demás bichos de alta sociedad saturaban el lugar. Pero la visita que dio fama internacional a La Paloma Dorada fue la del gran sabio Gordiano Brunatti, quien luego de las atenciones recibidas dijo con voz solemne: “Coito ergo sum”  No se que carajo signifique pero la frase se convirtió en el slogan del negocio.

Desde mi infancia anduve correteando por los largos pasillos de los 33 cuartos de La Paloma Dorada, mismos que en un fin de semana no daban abasto.

Mi memoria aun deambula por esa inmensa casa, entre gemidos y madrazos, entre cumbias y botellazos, entre putas y culiolazos, pero por más que me esfuerzo, no puedo precisar en que momento usé mi primer condón.

Sí recuerdo bien el pudor de mis compañeros de escuela y colegio a quienes les daba pena ir a la farmacia y pedir sus condones. La mayoría de esos mocosos los usaban tan solo para masturbarse.

Sana disciplina que ejercían hasta caer rendidos, cuando yo los metía a hurtadillas para fisgonear a las trabajadoras sociales de la casona.

Las muchas grietas de aquellas apolilladas paredes de madera fueron regularmente invadidas por los ojos desquiciados de esos sátrapas.

El usar condón fue un requisito que yo les impuse, luego de que mi madre me obligó a limpiar de las paredes los lechosos fluidos que dejaban por doquier mis sobones amigos.

            La cosa es que un buen día, la madre de Pepillo a quien el marido la abandonó por zorra, logró conseguir trabajo en la botica del barrio. Para entonces yo tenía como 14 años y ella era una voluptuosa señora de 30, victima de las malas lenguas quienes afirmaban que doña Débora padecía de un incontrolable furor uterino.  

Comprenderán entonces que mi amigo Pepillo ya no podía comprar sus condones en esa farmacia. ¿Y para qué están los amigos?

            Enterado de los antecedentes de la nueva empleada, me puse la licra azul que usaba para andar en bicicleta, la cual insinuaba mi abundante virtud… ¡En serio!... ¿para que les voy a mentir?... me peiné con la pava sobre la frente, con la intención de parecer bien estúpido y entré a la botica fingiendo gran timidez.

De inmediato doña Débora clavó sus pupilas dilatadas en mi entrepierna. Yo me dirigí con paso lento y vacilante a la urna donde se exhiben los condones, los miré con pretendida pena y guardé silencio.  Ella recostó sus codos del otro lado de la urna, poniendo frente a mi larga nariz tan frondosas tetas. Sus pezones erectos por poco me sacan los ojos.

Y con aquella voz, pícara y sensual me pregunto:

-¿Primera vez que compras un condón? –yo asentí torpemente con la cabeza sin mirarla.

-¿y dime chiquito… sabes como usarlo?... ¿te has puesto uno antes? – clavé la vista al piso, puse mis manos en la cintura, y negué pusilánime.

Ella tomó con suavidad mi mano izquierda en tanto me decía:

-Mira primor, yo te enseño. –Sacó un sobre de la urna, lo abrió lentamente con los dientes, luego agarro con firmeza el dedo pulgar de mi mano, se lo metió completo en su húmeda y caliente boca, después sacó el condón del sobre y desenrollándolo cubrió mi tembloroso dedo.  ¡Puta madre! Para entonces mi pantaloncillo de licra parecía capota de circo. Luego me advirtió:

-Asegúrate que siempre quede bien ajustado y extendido... ¿entendiste papito?

Quitó el baboso hule de mi dedo, lo tiró al cesto de la basura y puso en la palma de mi mano, un paquete cerrado, con otro condón. Luego miró hacia la calle, cerró la puerta del negocio y tomándome de la mano me llevó con premura a la trastienda.

Allí empezó a desvestirse. De pronto la inoportuna imagen de mi amigo Pepillo, quien siempre le reclamó a su madre ser hijo único, irrumpió en mi mente, provocando una lamentable caída de presión en mi vascularidad. (O sea, se me aflojó el pito)

Pero al admirar el cuerpo desnudo de doña Débora, me recuperé con la rapidez de un látigo.

Ella, al ver aquello, me dio la espalda y se tumbó rápidamente de cuatro patas, cruzó los brazos hacia delante apoyó su cabeza en ellos y me preguntó:

-¿Ya te pusiste el condón como te enseñe?

-¡Listo, ya está! -Respondí jadeante.

-¡Pues déle papito que no tenemos todo el día!

Y le di… pero aquella sabrosera no duró… y cuando digo: no duró es que… no duró. ¡Pero no me miren así! Ustedes saben lo precoz que es uno de joven.

Doña Débora volteó hacia mí la cabeza, y con un amargo gesto de decepción me dijo:

-Por lo menos hoy aprendiste a ponerte un condón… ¿TE LO PUSISTE NO?

Y yo con mi mejor cara de estúpido le respondí:

-Sí señora, por supuesto, tal como usted me enseño. –Y le enseñe mi bien forrado dedo pulgar.

Gracilejo Larco

Setiembre 2007

 

ANTERIOR ÍNDICE SIGUIENTE

Principal / Legado cultural / Máscaras / Esferas de piedra / Galería de esferas / Rincón literario / Blogs / Links

© Alberto Sibaja Álvarez. San José, Costa Rica

® Con sabor a hoz