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Cuentos de humor

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EL DEVOTO

                       

Dentro de su oscuro claustro, allá en el monasterio de San Benedetto, ubicado frente a las costas del mar Adriático, el terco hermano Luigi, se flagelaba la espalda en penitencia contra las seducciones del pensamiento, y fue esa misma tarde que el Diablo se le presentó disfrazado de ángel  

-Deja ya buen Luigi, de castigar tus lomos -Dijo el diablo con voz piadosa 

-¿Y de que otra forma he de expiar mis pecados? -preguntó el devoto a su falaz ángel. 

-¡Mira, la marea esta baja -Le dijo, señalándole el litoral del mar Adriático  -Testimonia tu fe el Señor... Ata una piedra a tu cintura y ora para que Dios venga a salvarte, eres un santo devoto y dios no dudara en rescatarte de la muerte. 

El hermano Luigi, corrió he hizo lo que el "ángel" le pidió. Pronto las aguas en creciente del mar, cubrían su enflaquecidos muslos, entonces unos muchachos que jugaban en la playa, al verlo le rogaron: 

-¡Señor, señor! Salga pronto de allí, ¿No ve que la marea crece rápido? 

-Dios es mi Salvador y el me rescatará. -Respondió seguro el monje. 

No haciendo caso a sus palabras los muchachos se metieron al agua para sacarlo, pero el porfiado Luigi, no permitió que lo tocaran. 

-Viejo loco, suicídate si es lo que quieres. -Le gritaron impotentes los jóvenes. 

En pocos minutos, el hermano Luigi ya tenia el agua por el pecho, y viéndolo un pescador que caboteaba su pequeño bote, le lanzó el trasmallo gritándole: 

-¡Agárrate, te salvaré! 

-¡Déjame!, déjame en paz, Dios es mi Salvador y el me rescatara. 

-Déjate de tonterías y agárrate a mi red. -Pero tampoco pudo el pescador convencer a tentado monje. -Viejo necio, yo no seré testigo de tu inútil muerte, ¡Que Dios te perdone! -Y se marchó. 

Ya con las aguas por el cuello, fue Luigi, avizorado por el vigía de un buque, quien dio la voz de alarma y pronto veinte hombres intentaban convencer al fraile para que soltara la cuerda de su cintura y se aferrara al salvavidas. 

-¡Aléjense hombres de poca fe! Dios es mi salvador y el me rescatará.

Pero las aguas crecían rápido y el monje se aferraba a su fe... No lograron salvar al beato Luigi. 

Reconoció nuestro monje, estar en el cielo y levantando sus ojos supo que Dios lo miraba, entonces le reclamo: 

-¿Porque no me salvaste mi señor?... ¡Yo confié en ti! 

-¡Ay, Luigi, Luigi! Yo también confié en ti, tuve la esperanza que reconocieras mis manos, te las extendí tres veces... tres desesperadas veces. 

-¿Cuales?... Nunca vi tus manos. 

-¡Un trato es un trato! -Interrumpió aquel "ángel". -Vamos mi buen Luigi, te mostraré tu nuevo hogar.

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© Alberto Sibaja Álvarez. San José, Costa Rica

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