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Cuentos de humor |
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La hora del Burro
¡Me lleva puta! -gritó Gabriel saltando de la cama al percatarse de la hora, esa mañana que lo alcanzó como muchas otras en una habitación de motel.
-¿Qué pasa? -exhaló de un descomunal bostezo una rubia despeinada que emergía de entre las sabanas, estirándose con femenina gracia para desperezar su voluptuoso cuerpo, mas esa contorsión dinámica fue excesiva para su vientre que dejó escapar un silbante pedo.
-¡...!
-¿Cuál es la prisa mi amor? - se apuró a decirle con artificial alarma, mientras se incorporaba rápidamente para disimular su sonoro fiasco.
-Hoy entregan las asignaciones de campo en la escuela de medicina y ya voy más retrasado que los güebos de un perro. -Respondió mientras volcaba las almohadas, sacudía las sabanas y se asomaba debajo de la cama buscando sus calzoncillos.
-¿Medicina?... -preguntó desconcertada la rubia y revisó su bolso -¡pero Juan la tarjeta que me diste dice que eres abogado!
-sí, sí... pero también estudio medicina- respondió Gabriel que sin impórtale ya, no haber encontrado sus calzoncillos se encajo de un tirón los pantalones, -bocón, -se dijo para si mismo- y es que una de las reglas de la cacería sexual indiscriminada es la de no revelar jamas la verdadera identidad, Gabriel se había presentado a la rubia, la noche anterior en el bar, con la tarjeta comercial de su amigo, el abogado Juan Diego Lugones.
-La dejo machita porque voy tarde.... no se olvide de llamarme. -la besó fugazmente en la rodilla y corrió.
Ya en la universidad el libidinoso joven cruzó en maratón los pasillos hasta el aula donde recibiría su asignación, pero la encontró desierta. Angustiado se fue a la oficina del profesor.
-¡Don Gonzalo, no me va a creer pero....
-Ahórrese el aliento muchacho que ya entregué todas las plazas, así que venga tempranito para la próxima entrega, y no a la hora del burro.
-Pero don Gonzalo eso atrasa mi carrera mas de un año y...
-Lo siento muchacho pero todos los hospitales ya están atestados de estudiantes.
-¡por favor profe ayúdeme!... tiene que quedar algo.
Al ver la sincera congoja de Gabriel, el catedrático revisó la lista, arrastrando sobre ella el dedo índice y negando con la cabeza.
-No, no nos queda nada... ¡Espere, aquí hay algo!... pero estoy seguro que preferirá esperar un año más.
-¡Por favor don Gonzalo, déme lo que sea!
-Bueno, pues aquí lo tiene. Es un campamento militar emplazado en las montañas del departamento rural de Quiroles...
-¡Por la santidad clitórica de todas las vírgenes! Eso es en el mismo culo del mundo.
-Más respeto muchacho... Además lo que tiene por instalaciones médicas es una carpa, pero parece que esta bien equipada.
-Pero profe, allí no hay enfermeras y para colmo todos mis pacientes serán hombres.
-Tiene razón muchacho, más le vale esperar un año.
Gabriel salió cabizbajo de la oficina -esperar un año, maldita sea, me cago en la rubia oxigenada y en este viejo homosexual -vociferaba lleno de frustración, en tanto se devolvía a la oficina.
-Déme esa mierda Gonzalo, acepto el castigo, que nadie me tiene a mi de verga loca.
Ya instalado en el remoto campamento militar de Quiroles, Gabriel no dejaba de maldecir a aquella rubia fatulenta, a quien culpaba por llegar tarde ese día, por otro lado no la lograba sacar de su mente, por la razón que ella fue la última mujer con quien estuvo. Como nunca se molesto en preguntarle su nombre, Gabriel la bautizó para sí, como "Miss Clairol"
Dormía las noches Gabriel, en la única barraca del campamento, con veintidós jóvenes reclutas a quienes atendía de heridas menores producto del tenaz entrenamiento. El joven estudiante de medicina se había ganado en poco tiempo, el respeto y la confianza de los reclutas, quienes apenas conseguían un poco de licor o alguna hierba exótica que fumar, lo invitaban.
Por las noches la imagen de la rubia lo torturaba y cuando se disponía a ejercer su derecho a la masturbación en el nombre de Miss Clairol, abajo su compañero de litera le reclamaba: -Deja hombre de mover la cama, que no me dejas dormir. Y no podía hacerlo en otro lugar porque fuera del escudo de sus cobijas no podía sacarse el pene ni para orinar debido a la plaga de los voraces mosquitos, además es imprudente y por demas doloroso aplicar repelentes en las zonas genitales. Asunto este que Gabriel aprendió en prepucio propio.
El séptimo día después de su llegada al campamento, fue memorable para todos, tanto que aun hoy en cada uno de los campamentos militares del país se recuerda la historia.
Inició con una mañana especialmente luminosa, el Cabo le llevó media botella de aguardiente que el "doctorcito" como le llamaban todos por allí, besó con sosiego, hasta el medio día, luego como a las 2 pm llegó el capitán a la carpa médica con una espina ferozmente clavada en la nalga izquierda, Gabriel hizo que el capitán se bajara los pantalones y se acostara en la camilla, con un alicate quirúrgico le saco la púa con maestría, luego frotó alcohol en la nalga herida, y ese glúteo peludo y blanquecino le pareció hermoso.
-Capitán -dijo Gabriel -de hombre a hombre señor, necesito hacerle una pregunta. El capitán, al sentir la mano delicada del doctorcito en su trasero se levantó rápidamente subiéndose los pantalones.
-Diga usted doctor.
-¿Como carajos hacen los hombres de este campamento para tener sexo? -preguntó sin timidez Gabriel.
-Ah, eso es muy sencillo, venga usted para enseñarle algo, - Y abriendo la puerta de lona de la carpa le señalo hacia el río de bajo caudal que esta como a doscientos metros de allí. -ve aquel burro amarrado al árbol cerca del riachuelo...
-¡El burro, señor!
-Sí, sí, el burro, pues vera usted....
-Esta bien capitán, comprendo -interrumpió Gabriel.
-Pues como a las cuatro en punto de la tarde arrímese por allí, porque como verá. la fila será larga. -Agregó el capitán y salió renqueando.
Gabriel se tomó de un sorbo lo que quedaba en la botella de aguardiente y salió a patear piedras. -Un burro, que mierda... tenía que ser un puto burro, esta bien una yegua, una vaca, una cabra, hasta un culiado ganso, pero un burro, ¡Por el santo himen de María!. ¡Sí no hay nada mas duro que el culo de un burro!...
-Hey doctorcito, -le gritó un recluta -¿se va a acercar por el riachuelo más tarde?.
-Jorge, -respondió Gabriel - venga acá, ¿no tiene nada fuerte para fumar?
-¿Por qué doctorcito, necesita darse ánimos para acompañarnos?
-La verdad es que sí. Yo soy nuevo en eso.
-Tome, tome, fúmese esta que es buenísima.
-Gracias Jorge la voy a necesitar.
La hierba psicotrópica pronto hizo efecto en la libido de Gabriel, y a esas alturas cualquier cosa ya le importaba un culo de burro. Apresuró sus tenis hacia el riachuelo y al llegar notó con sorpresa que todos los reclutas hacían fila muy bien vestidos, todos estaban perfectamente afeitados y perfumados, lo que más le asombró, aparte de la naturalidad con que hacían su fila, fue ver todas esas botas militares lustradas hasta el destello, como las de un general nazi.
-Sí, esta fuerte la hierva esta. -se dijo sin dar credito a sus ojos.
Al verlo el capitán le gritó a su tropa: -no les importa si el doctorcito va primero, me contaron que es nuevo en este asunto. -y todos se torcieron de la risa, respondiendo en coro: ¡Adelante doctor!
Trascendida toda indecisión y vergüenza, Gabriel se dirigió al burro, volcó un tronco para llegarle mejor, se imagino con fuerza a su rubia oxigenada, le levantó la cola al pobre cuadrúpedo y con los pantalones por los tobillos y los ojos cerrados, penetró de un solo embiste al animal, este inmediatamente levantó las orejas, rebuznó y empezó a pedar.
-¡Así me gusta machita! - Le gritaba frenético al burro. -¡Rica miss Clairol! ¡Tome chichi! -y convulsionaba cada vez más rápido la rabadilla.
El capitán se le acercó y palmeándole el muslo le decía: -Doctorcito, doctorcito...
-Suave mi capitán que ya casi termino.
-¡Pero doctor!
-Un minuto más mi capitán -le respondió entre jadeos.
-¡Gabriel Bejarano Jiménez! Rugió el capitán halándolo de las caderas y dejándolo tumbado de nalgas desnudas en césped.
-¡...! ¡pero capitán! -gimió desorientado Gabriel, que ya tenia a toda la tropa haciéndole un circulo.
Al verlo en ese estado el capitán le habló en tono paternal:
-Mire doctorcito, no nos valla a joder usted el burro porque es el único que tenemos. Además lo necesitamos hoy urgentemente para poder cruzar al otro lado del río... ¡Por la sencilla razón que es allá donde están las putas!.
© Alberto Sibaja Álvarez. San José, Costa Rica
® Con sabor a hoz