|
|
|
Con sabor a hoz EL SEÑOR DEL TIEMPO |
|---|
Ven, míralo, ese es Memo mi eterno amigo.
Allí está como siempre detrás de su ventana, fresco, pálido, rapado.
Sin más abrigo que aquél indistinto pantalón, no extraña ya la ausencia de ropa interior.
Y yo, mírame, me vestí hoy para continuar con ésta mascarada urbana.
El que con sus pies descalzos, ya suaves y desteñidos a fuerza de ausentar los humanos senderos, camina lejano recorriendo inconfesables rutas mas allá del ahora y el sitio.
Mientras Yo aun sigo enfundado en estas mis botas, embarradas de mundanalidad, hollando puntuales la seguridad de los sitios comunes, atascado en lo evidente.
El con las manos eternamente en sus roídos bolsillos que ya olvidaron el campaneo del metal acuñado, la fragancia del papel moneda, las manchas que deja el tabaco y el filo independiente de las llaves del umbral .
Y Yo sigo firmando papeles con amarillentos dedos, saturados de alquitrán, en tanto hoy los suyos rasgan livianos en el vacío de sus emancipados bolsillos los agujeros del tiempo.
El siempre bebiendo mundos que se filtran ligeros a través de su cristal empañado de eones. Yo, sediento, sin comprender éste, tan pequeño que cabe en mis sentidos y razones.
El siempre asilado en el necesario recinto de gris interior, que sus padres le edificaron en el traspatio de la casa, hace más de un lustro.
Y Yo por diez años viviendo todavía en hoteles sin poder concertar mi destino.
Ellos, frustrados por una ciencia que no pudo regresárselos e incapaces de cohabitar con ese silencio, con esa inamovible obstinación, que Memo manifiesta de plantarse todo el día, quieto y despreocupado frente al la ventana.
Acorralados por demás en esa ofensiva soledad sin violencia que El no tiene reparo en radiar, y la vergüenza social del estigma, ellos no pudieron más que segregarlo dulcemente de su cuerda cotidianidad
¡Hay Memo! y Yo que no me atrevo aun a alcanzar tus pasos que en señal me dejaste, hoy tan solo me consuelo en dibujar tu hazaña.
En la estancia de Memo impera una pulcritud aséptica, obra de la veloz doméstica que pasa tres veces al día sin atrever detenerse a mirarlo.
Allí, un mutismo ingente obliga a las piadosas visitas abandonar el recinto apenas concluido el protocolo de caridad.
Allí, las luces diurnas, vespertinas y nocturnas siempre encuentran bienvenida en el hospitalario ventanal, embudo cósmico que se cierra diminuto en sus crecidas pupilas. Donde se que Memo me espera.
Hoy con temporal tinta mis manos siguen tachando fechas muertas, rasgo indolente las hojas de meses vencidos, una nueva estampa cada año, dádiva mezquina del comerciante y en algún propicio clavo pongo el nuevo calendario. En tanto sigo casando y apresando hembras que se fugan escurridizas entre mis barrotes jaulados, flacas de amor, libres de intento.
Y Memo. El solo mira a través de su ventana, suave como un ángel, móvil como un Dios.
Loco indómito, que sin tiempo espera mi llegada. Autista inmune, impermeable bajo los cielos de toda esa llovizna terapéutica, vana, persuasiva y costosa, de garantía inútil, que pretende regresarte sumiso a la prisa de las gentes, a cambio de tu renuncia al señorío del tiempo.
© Alberto Sibaja Álvarez. San José, Costa Rica
® Con sabor a hoz