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Con sabor a hoz LA SOMBRA |
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La mano se asomó encubierta en fino cuero, apretando hasta el odio un encarnizado puñal, y aquél filo enconoso, levantado sobre la cabeza de su guía, chispeó sangre y memorias de sangre.
Luego, el alevoso contorno, acogido en la tácita penumbra de la noche; prensó el filo entre sus dientes y con las manos libres, buscó dentro de su traje las cuatro espigas de trigo, que siempre colocaba en la boca sin vaho de sus víctimas.
Acurrucados en una esquina del sofá, ladrón de sus horas, y en muda expectación, Marta y Joaquín entrelazaban su angustia tiritante. Atestiguando esa noche, uno de aquellos indescifrables crímenes que han venido enlutando a los "Magregor".
El niño, dormido sobre las piernas de sus padres, soñaba ajeno a aquella parodia.
Marta esperaba lo peor, poseída por una aprensión perjudicial, hundía lo que quedaba de sus uñas en el cuello insensible y tenso de Joaquín. Escondiendo la cara en el pecho hospitalario de su marido, sin lograr detener el fragor de su corazón, pero disimulando el cavernoso dolor que le invadía el brazo izquierdo.
Joaquín, aguzando sus sentidos, trató de reconocer a aquella despiadada silueta que la perenne umbría no delataba.
En el "Rancho Magregor", todos eran sospechosos, todos tenían sobrados motivos para asesinar, uno por uno, a los miembros de esa industriosa familia, que se complacía en la intriga, las vanidades y en el maltrato de sus trabajadores.
El primero fue John, el mayor de los cuatro hijos Magregor. Muerto de noche, un solo y puntero dagazo en el pecho, en su boca las espigas, en sus ojos abiertos, la ausencia.
Luego su madre, la importante Doroty, ella fue encontrada de la misma manera; de noche y esas cuatro espigas entre sus dientes, con las que el verdugo firmaba su exterminio.
Después, Peter Magregor, el menor y quizá el más desalmado.
Ahora, Marta y Joaquín, vieron morir a Mister Stephen, cabeza del imperio.
¿Después quién seguirá? Aun quedaban Brigite y Robert, los gemelos.
Joaquín seguía atisbando los movimientos del asesino. Vio la sombra agacharse sobre el cuerpo sin savia del patriarca, colocándole en la boca las cuatro espigas mientras le decía: -Sólo quedará uno, sólo uno que...
En ese momento, el niño se despertaba, estirándose sobre los regazos de la pareja y empezó a balbucear visiones idas. Marta lo silenció con ternura sin despegar los ojos, testigos de aquella sangre.
Joaquín, intrigado arrimó la oreja sin levantarse del sofá, pero ya no logró escuchar el final de la frase.
Sin embargo, lo poco que pudo atender fue suficiente para abonar en el la sospecha, y le bisbiseó a Marta:
-¡no puede ser que sea uno de los mismos Magregor!-
-no seas torpe Joaquín, tiene que ser Emiliano, sí, El siempre a odiado a estos malditos- cuchicheó Marta, con ahogo creciente.
-no, no, ¡mira bien esa sombra!, no me parece que sea el capataz-
- Sssshhhhhh-
El asesino se levantó, al oír un ruido en el pasillo y se escurrió despacio hacia la ventana que filtraba la luz de la noche.
Poco a poco, suavemente, el misterio de su identidad se iba conquistando. Los testigos se encogieron más, esperando estáticos, con la cara dilatada, sin respirar, los ojos cuatro preguntas.
El niño, despierto ya, se fugó inadvertido de entre sus regazos.
Marta lo vio y un grito sobresaltó al silencio.
-¡¡nooo Luisito, noo!!-
Los ojos del criminal llenaron todo el recuadro.
Marta no pudo más.
Joaquín se lanzó al niño, pero ya fue demasiado tarde.
Un relámpago, después nada.
Su manita inocente, tiró del cable, apagando el televisor en el más inoportuno instante, detrás de la pantalla muerta, la identidad del personaje asesino.
- ¿Quién era, Quien era el maldito criminal?- Grito Joaquín frustrado en tanto pujaba por re-conectar el aparato. Pero su animo quedo desvalido cuando vio a Marta: su mirada fría, sus labios renegridos, su mano izquierda arrugada al pecho amparando al miocardio, la derecha extendida hacia la mesita de noche... el frasco, conteniendo sus píldoras cardiacas... lejano.
© Alberto Sibaja Álvarez. San José, Costa Rica
® Con sabor a hoz