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Con sabor a hoz

EL PARAGUAS

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Bety remeció una vez más a su marido, recordándole que ya era tarde, Ignacio, malhumorado renunció a la cama y salió al trabajo, inundado de precisas. 

Salió tarde por culpa de la porfiada lluvia que no lo dejaba levantar cobijas.  

Se marchó debajo de su ingente paraguas negro, uno de ésos que saben usar los vendedores de a pié, de ésos que estorban en todas partes. 

Se fue enemistado con el techo de su casa donde se esconden las agazapadas goteras.  

-Hipócritas, nunca dan su verdadera cara, -pensó Ignacio- recordando que la semana anterior se había encaramado al techo, armado con un tarro de pasta selladora, negra y pestilente como el río que repta espeso cerca de su casa, en aquél barrio al sur de la ciudad. 

Iba trasnochado por el repiqueteo de la martirizante gota que no se conformó con irritarle el tímpano sino que además salpicó su cara cuando la olla que colocó en el respaldar de su cama se rebalsó 

Aquél día, bajo ese mismo aguacero y a esa idéntica hora, en el extremo norte de su común ciudad, salía Julián (sin conocer a Ignacio)  a probar suerte otra vez, pues lleva ya tres meses sin empleo.  

Arrancó la página del diario, esa donde se ofertan empleos, la misma que la noche anterior y muchas más, venía cercando de esperanzas con su disipado bolígrafo y la resguardó dentro de su billetera vacía. 

Con el resto del diario tapó su cabeza y se hundió en el aguacero.   

A los pocos minutos la lluvia destilaba sobre la cara de Julián el jugo negro de las letras del editorial y de los sucesos; los deportes las tiras cómicas y los comerciales, se derramaban manchando su camisa. 

A la una de la tarde Ignacio y su paraguas hicieron un alto en la cafetería que siempre lo guareciera por las tardes de ese interminable invierno y pese al mal tiempo su libreta de pedidos demostraba que era un buen día y aun le quedaban clientes por visitar. 

En tanto Julián, no muy lejos de aquél lugar, renegaba del progreso pues la cabina telefónica donde dejaría su última moneda para intentar otro anuncio de empleo, no era mas que una descampada pantalla de plástico pegada a un poste de concreto en medio del parque azotado por garrotes de agua.

Apreció Julián por largo rato su moneda, inundada ya en el hueco de su mano. La miraba como quien calienta un deseo antes de arrojarla a la fuente. Pero esa cerrada fuente se la tragó y el raptor no dio ningún tono. 

Ignacio salió de la cafetería bajo su gran paraguas, después de fumar un último cigarrillo. Allá, Julián colgó con furia el teléfono muerto y caminó recalado en pesimismo, sin el diario sobre su cabeza pues ya se había deshecho a golpe de agua, levantó su cara al cielo eléctrico y plomizo, y renegando furioso le gritó -Maldito seas, por que no acabas de una vez conmigo y me dejas de torturar. 

Entonces miró aquel inmenso paraguas negro que venía hacia él en medio del despoblado parque. 

Sintió Julián sus propias ropas chupándole la piel y envidió al dichoso que se cobijaba bajo aquel techo ambulante 

El cielo tampoco pudo eludir su mirada hacia aquella punta metálica orbitada por un vuelo como la noche, que protegía a Ignacio.  

Entonces de sus faldas grises y sin querer se le escapó un rayo sediento de tierra, que cegó con su relámpago a Julián y al cielo mismo cuando fulminó a Ignacio y en menos de un instante el goloso rayo eructó su trueno... y el firmamento se hizo el desentendido.  

Apenas recuperado, corrió Julián hacia la mancha humeante para socorrer al infortunado, allí, calcinado, Ignacio aun se aferraba a la vida entre los hierros retorcidos de su llamativo paraguas. 

Julián no abandonó al desconocido, pues sentía que el cielo había equivocado su pedrada.  

Llegó el auxilio, después horas tardías de hospital, nada se pudo hacer, tan solo un parco sufragio. Allí permaneció Julián rodeado por desconocidos y abrazado a los lamentos de Bety. 

Hoy Julián tiene trabajo, el mismo que Ignacio dejó, Bety santigua siempre a su nuevo marido porque el otro la enviudó y en aquellos meses de invierno, Julián regresa empapado a su casa, que fue primero de Ignacio, porque los paraguas le recuerdan los desaciertos del cielo.

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© Alberto Sibaja Álvarez. San José, Costa Rica

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