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Con sabor a hoz LA NAVAJA |
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Bajó Lalo Zeledón, muy temprano a la capital. Bajó y ya no subiría jamás. Su permeabilidad a la filosofía existencial lo liberó esa misma tarde, de todas sus congojas.
Hacia varios años que no se arrimaba a la ciudad, pero precisaba formalizar un crédito bancario para soportar su huerta y su familia.
Antes del medio día, deambulaba por ahí cargando la negativa del empréstito y decenas de pliegos burocráticos que exigían cientos de imposibles requisitos.
-¡Que diantres!- había dicho y encajando los papeles en el bolso que traía cruzado al pecho, transitó sin rumbo.
Le sorprendió ver que en la avenida principal ya no circulaban vehículos. El ayuntamiento de la ciudad la convirtió en un "bulevar". Una fuente con caretas griegas, vomitaban agua al pié de un obelisco sin sentido.
-¡Que diantres!- exclamó, y escondiendo sus ojos, buscó cerca de allí, el parquecillo donde antaño solía refrescar sus tribulaciones bajo la protección de unos arboles de mango, siempre cargados de chiquillos que devoraban la fruta municipal.
Cuánto deseaba Lalo Zeledón sentarse bajo aquéllos mángales que de viernes a domingo eran abonados por las decenas de artesanos que con sus familias y mercancías, hacían plaza esos días.
Pero no encontró Lalo ni a los mangos ni a los artesanos, ambos fueron arrancados del parque. En su lugar; adoquines italianos y serpenteantes escaños tubulares, metálicos y descarpados.
-¡Que diantres, por mí, que sigan esos "embelleciendo" la ciudad- y rastreó en su bolso una naranja para desatar con su jugo el nudo que se le trepó a la garganta.
Dió lustre a la fruta con la camisa para luego rasguñarla y desatar así su perfume, inhaló aquello como un calmante. Luego desabrochó del cinturón su siempre presente navaja para descarnar el cítrico y caminó entre un gentío que marcaba ya, las cinco de la tarde.
-¡Que diantres!- Y plegó el filo de su navaja porque los empujones del gentío le impidieron usarla.
Buscando un lugar mas reposado, sonrió por primera vez ese día al ver como las mesas de una cafetería invadían la vía pública, espectáculo que a él le pareció un oasis.
Al acercarse reconoció con alegría a Juan Pablo Zárate, ex-camarada de la universidad, misma, que Lalo Zeledón se vio obligado a abandonar por causa de un embarazo prematuro y un matrimonio obligado.
Su amigo ocupaba una de las blancas mesillas plásticas, presumidamente adornadas con mantel rojo y lamparillas. Sin embargo Lalo Zeledón dudó en saludarlo porque observó que Juan Pablo estaba muy abatido.
-¡Que diantres! tal vez pueda animarlo- y se acercó a su amigo, quien apoyando los codos en la mesa, se hurgaba con los dedos la cabeza, como sobando algún doloroso pensamiento, sus manos se perdían entre aquella escasa, larga y desmelenada cabellera, el estrabismo de sus ojos bailaban al ritmo de las letras de un corpulento libro, como si leyeran independientemente cada página.
Lalo Zeledón colocó su basta mano de campesino sobre el delgado hombro de Juan Pablo Zárate y éste alzó a mirarlo sin sobresalto, avivó sus extraviados ojos detrás de las gafas, hasta que atinó en reconocerlo y saludándolo sin gran animo lo convidó a sentarse.
Zeledón, sentado ya y tranquilo, desplegó la hoja de su navaja y con gran paciencia empezó a pelar la naranja. Miró a su amigo y éste le esbozó una risa amarilla y manchada, ordenando un instante después otro pichel de café y dos cajetillas más de cigarros.
Zárate cerró de un golpe el ponderoso libro y una lluvia de caspa se esparció en la mesa. Recostándose en el respaldar estiró hacia atrás los brazos, afianzó sus lentes y rascándose la inculta barba empezó a decir, con gran fundamento y tan dolorosa carga dramática, que Lalo Zeledón quedó estremecido.
"Todo es igual. Nada vale la pena. La vida es una mentira que la muerte perpetúa."
"Mienten los colores sobornados por la luz y encubiertos por la sombra"
"Mienten las descaradas flores al insecto utilizado"
"Las musas les mienten a los poetas, de la misma forma como el fenómeno le miente al sabio"
La naranja de Lalo, cayó en la mesa a medio pelar, sus ojos miraron a Zárate con asombro y una peligrosa revelación tentaba sus pensamientos.
"La vida es una enfermedad inoculada por la muerte"
"La vida es una serpiente morbosa que se devora a si misma y luego se revierte"
"El universo en su afección se hincha y luego se contrae, porque tiene terror al vacío, al vacío que es su verdadero redentor"
Zárate parecía fuera de sí, sus manos se revolvían inarmónicas, sus dedos tensos dilaceraban el aire y se torcían de golpe.
"La enferma vida es tan solo una congoja, (más o menos extendida) entre el nacimiento y la nada"
"La muerte otra ingrata agonía, entre la nada y el nacimiento"
-¡Que diantres!- dijo Lalo y sus manos se solaparon bajo el mantel donde empuñó animoso su navaja. Resopló su más penetrante suspiro... abismándose luego en un confortable sopor.
"Estar vivo o muerto da igual, todo es igual, nada tiene sentido, ni siquiera el inalcanzable vacío, único liberador de la dual tiranía vida-muerte"
"Quimerista Platón, cuando dijo que la filosofía es una preparación para la muerte, porque....¿preparación?... -Se preguntó el filósofo cambiando radicalmente el tono de su voz- ¡Caramba! preparación es lo que estoy haciendo yo para mi cátedra de las siete y mira ya son pasadas la seis. Chao Lalo, te veré después y hablaremos con más tiempo- La cara de Lalo había perdido ya toda expresión.
Juan Pablo Zárate recogió presuroso el libro de la mesa y se borró gente adentro, sin notar en la acera el copioso aluvión de sangre que su monólogo existencialista, cómplice de un mal día y de una certera navaja, habían liberado de las sensibles venas de Lalo Zeledón.
© Alberto Sibaja Álvarez. San José, Costa Rica
® Con sabor a hoz