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Con sabor a hoz MAC´ HERSON |
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Regresó Juan a su casa, regresó con la cara atardecida, en el cuerpo una sombra, el ánimo en resaca y un peso carcomiente en la boca del estómago que le encajó Múrice con la ineludible noticia, plomo del que no se liberó Juan, sino la madrugada en que lo encontró la muerte abandonado en su sillón.
Silbando la cafetera le anunció como un gallo el nuevo día, luego el aroma del café oscuro le apartó las cobijas, la ducha fría le recordó que estaba vivo y sin novedad.
El pensamiento primero que asomó, en Juan, su forma esa mañana no fue distinto al que arrulló en desvelo las noches anteriores; la importancia trascendental de cerrar el contrato con "MAC HERSON", lo vital de esa cuenta para la compañía, su orgullo y familia.
Tampoco fue distinto el grueso y lechoso medicamento que tragó ayer después de la cena a ese que engulló sonoro con el último sorbo de café aquélla mañana, ni el beso seco e insípido que por treinta años dejó figurado en la frente de Leda su esposa, antes de acomodar su corbata ser santiguado y salir.
Salir a lo suyo y a lo mismo, salir esposado a un portafolios inflamado de papeles, terciado de bolígrafos, ignorando las begonias, las calas y helechos que plantara Leda en el jardín, invisibles también esa mañana, esta vez quizá por la ansiedad como de año nuevo que animaba a Juan.
Si no fuera por la reunión con "MAC HERSON", ese día tendría la misma luz de todos las anteriores. Porque hasta la visitas a su médico ya eran tan rutinarias como los dolores crecientes de su ardiente úlcera.
-No olvides pasar por donde el compadre, salúdamelo, y por lo menos llama a Juancito que tú nieto tiene ya casi dos meses y no lo has ido a conocer. -Le gritaba Leda sosteniéndose la bata recostada en el marco del umbral, pero pensando fuerte en que ya era tiempo de podar las veraneras-
El antiguo "Plymonth" ronroneó perezoso amenazando, como siempre, no arrancar esa mañana, pero por fin rugieron sus ochos cilindros en "v". -Ya verás cacharro viejo -Le gritó Juan- Evitando enojarse para que no lo escuchara su úlcera -Lo primero que haré después que me firme "MAC HERSON" será abandonarte en cualquier chatarrera-
-Alemán, el debe ser alemán, si alemán con insignia y nombre de mujer, el japonés no infunde respeto, el francés es demasiado juvenil, y el italiano, el italiano es muy popular, definitivamente será alemán. Me oíste gringo viejo y glotón, desde hoy no me avergonzarás más-
Su médico familiar y compadre, le entregó ese mismo día el resultado de los análisis. Temprano, en las horas en que son arrastrados los trabajadores por las correas del tiempo a iniciar sudores, llegó Juan al consultorio.
-Anda Mau dime lo que tengas que decir porque tengo un día atareado- Había dicho apremiante Juan en la puerta del doctor sin haber soltado la mano amiga de su compadre, saludo que le pareció ésta vez blando, frío y húmedo.
La cita con MAC HERSON estaba programada desde hace un mes en el lujoso restaurante del Capitol para las horas del almuerzo.
Reunión orquestada con tiempo a ritmo de fax y partituras de formato legal, porque los ejecutivos de la MAC HERSON sólo estarían en el país las horas que alcanzan para llenar el estómago, firmar unos cuantos papeles, tomar algunas copas en el "Urania Night Club", probar allí algo de nuestra tierra y luego no regresar hasta el próximo año.
-Si MAC HERSON firma, como firmará, ya no tendré que colarme por la puerta trasera de éste hospital popular ni pedir más favores a mi compadre- Pensaba Juan mientras que se escurría de la mano anciana del médico, misma que liviana se apoyó en el hombro de Juan invitándolo a sentarse.
Salió Juan del consultorio sin despedirse del compadre ni pasar por la siempre congestionada farmacia, se agarro los dedos de su mano izquierda y sólo los soltó dos veces aquel dia, una: cuando recordó las llaves del "Plymonth", amarillas y gastadas, hundidas en sus bolsillos, las miró con nostalgia y sonriendo las arrojó a un lote baldío, la otra: cuando se los mostró a Leda
Nunca había vivido Juan un día tan corto. ya las sombras se borraban en el piso y toda esperanza en su cuerpo cuando Leda le abrió la puerta. se tumbó en el sofá pero esta vez no encendió el televisor, Leda corrió a la cocina y desde allí lo escuchó decir con furia.
-¡Tres mensualidades, es todo lo que me dan! y para que diablos me sirven tres miserables meses, he pasado todo el día pensando en lo que no hice y en lo que olvidé hacer, y en ¿que? de todo eso pueda hacerse en tres meses, tres criminales meses... ¡nada! no hay ¡nada! que se pueda hacer en tres condenados meses, ¡ay Dios mío! solo tres, tres, tres. ¡Sálvame Señor!- terminó de rugir Juan, quién aun apretaba hasta el púrpura sus dedos índice, anular y medio, para que no se le fugaran, para que no se acabaran gastándose.
Leda regresó de la cocina, arrastrando sus pantuflas y cargada de humeantes viandas, el aroma inconfundible de la sopa de cangrejo pronto llenaría toda su casa, y la de sus hijos, casados ya todos y lejanos.
Apacible, como siempre ha sido Leda, le dijo: -No te aflijas Juan, ya encontrarás el modo de persuadir a la MAC HERSON... Pero cuéntame ¿como te encontró el compadre Múrice? y tu hijo, Juan, ¿llamaste a Juancito?-
-¿Mac Herson? ¡¡MAAAC HEEERSOON!! -gritó Juan, exprimiendo los dedos y golpeando con el reverso de una mano su cabeza-. ¡Olvidé la reunión con Mac Herson!, eso también olvidé hacer en ésta vida y tampoco podrá solucionarse en tres meses.
-Tres tristes meses -agregó Juan casi sin respiro- mirando a Leda con ojos vencidos, abandonado aun en el sillón desde donde le mostraba sus tres amoratados dedos.
© Alberto Sibaja Álvarez. San José, Costa Rica
® Con sabor a hoz