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Con sabor a hoz

KATMANDÚ

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           Aconteció en los jardines imperiales de Ming, famoso en todas las provincias por sus codiciadas rosas azules, orgullo del emperador y secreto que Li Wang arrancó de Persia. 

Allí solía verse la figura del jardinero imperial, encorvada ya, por el oficio y los muchos años, siendo el único que maniobraba el arte de conservar floridos aquéllos arbustos erizados de espinas. 

Bienaventurado vivía el jardinero en las faldas del palacio, pero tiranizado a su vez por tan exigente belleza que le gastó la vida entre rosales, desyerbando aquí, podando allá, injertando acullá. 

Pero el amaba a sus celestiales rosas, quizá por ello nunca se tomó el tiempo de encontrar consorte y sin ella no hubo hijo a quien enseñar su honroso oficio. 

Aquélla mañana habiendo trasudado ya más de la mitad de su jornal, lo salteó el espanto cuando vio por encima de las copas de sus hirsutas plantas, la refulgencia tajante de aquélla continuada hoz y a su tétrico patrón, casi secreto dentro de su grueso y tiznado zagal, sin concebir sombra porque él es la sombra misma. 

Se le aproximó distraída la fúnebre figura al pasmado jardinero y cuando por fin lo miró levantó su nívea mano. 

Pero el peón ya no quiso ver más y corrió entonces como jamás antes pudo escapar. ingratos aquéllos rosales rasguñaron hasta la sangre sus trapos, tras la despavorida estela quedaron sus guarachas y las pocas herramientas de su tarea. 

Buscó así redención en el gran palacio, donde el acompasado gong y un manso aroma de incienso lo orientó hasta la recámara del emperador quien meditaba cómo de rutina de cara al este sobre los bermejos cojines. 

-¡Sálvame mi señor! -lloró el jardinero, haciendo descender a su amo a ésta tierra. 

Ayúdame poderoso Ming, -¿que te atribula viejo amigo? -preguntó amable el emperador despachando con un gesto a los guardias tardíos, que a punto estuvieron de traspasar con sus lanzas al infortunado jardinero. 

Señor, he visto con éstos ojos, allí mismo en tú jardín, al dueño de toda vida y se que viene por la mía, ésta que el sol me prestó...

Relájate amigo, relájate, que el señor de las muertes nunca antes se ha ganado a nadie de mi palacio sin antes avisarme   -y esto no lo hace porque yo sea el emperador sino por mi ancestro Yang, el Dragón,- pensó Ming en secreto, mirando con orgullo el gigantesco pendón que bordaba en oro al reptil insignia sobre seda roja- 

Pero por si acaso, -dijo regresando de golpe al jardinero- ¡corre! apareja pronto al Picayon quien es mi más veloz corcel y galopa sin descansar espuelas hasta las puertas del Tíbet..., ¡si hasta Nepal!, el llegará en una jornada, dirígete además a su centro aquel que llaman Katmandú y refúgiate allí, en Katmandú estarás a salvo, - y mis rosas azules, se reservó Ming -  ¿que esperas?, ¡corre ya!. 

 Sordo, el eco de los cascos en fuga del incontenible Picayón aun retumbaban en el jardín, cuando el emperador encontró al señor de la muerte inclinado sobre un prodigio azul, Ming lo saludó con una respetuosa y estirada reverencia. 

Luego le preguntó sereno -¿has venido mi señor para notificarme de que alguien en mi palacio partirá contigo antes que muera el día? 

No, respondió el señor de la muerte. Hoy sólo pasé a disfrutar del aroma azul de tus rosas. 

- ¿dime entonces porqué, dueño mío, has levantado tú inviolable mano al ver a mi apreciado jardinero? 

- Ineludible es mi guadaña, ansiado Ming, mas no mi mano, porque ella sabe acariciar y eso aun no lo has notado pese a tus largas meditaciones. 

     ¿pero acaso es Li Wang tu jardinero? - inquirió la muerte con asombro- 

-así es mi señor- respondió el emperador, esta vez con el aliento quebrado. 

-En verdad no quise asustarlo, pero al verlo, me he asombrado,  y así llevé mi mano a la frente preguntándome, ¿que hará Li Wang en el jardín del Gran emperador Ming?, ¡si ésta misma noche iré por el a Katmandú!

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© Alberto Sibaja Álvarez. San José, Costa Rica

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