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Con sabor a hoz

EL INMORTAL

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En pacífica agonía y aguardando la hora de la hoz, el anciano Tadeo sonreía y sus labios delgados de pasión borrada, verberaban el recuerdo de un día de juventud cuando conoció a el Inmortal. Su mano suave y deshidratada sopesaba evocaciones, encima de aquél amigo, que escudaba en su pecho. 

Aquel arrinconado 16 de noviembre de 1930, Tadeo lo miró de reojo, allí estaba el Inmortal, en aquel sucio callejón ¡descargado junto a la basura! herido de ausencias, desechado en la ingratitud, como un viejo enfermo. 

Tadeo trazó un círculo con su mirada Hermenéutica para cerciorarse que nadie lo mirara y con gran disimulo le tendió una mano. 

El Inmortal se encontraba desmadejado, mudo, húmedo, trinchado por insectos y pestilente, mas Tadeo no podía dejarlo allí, en un derrotero incierto, no lo conocía, pero sus mejores amigos eran como él. 

Al levantarlo, sintió Tadeo en sus manos, la pesadez y autoridad de aquella presencia inmortal, verdugo de centurias. Mas el talante de su desmejorada vestidura de cuero labrado, le provocaron un sentimiento de duelo y urgencia, entonces corrió, esa tarde de adolescencia, en busca de ayuda para restaurarlo. 

Pocos días después le avisaron que el paciente ya estaba bien. ¡Y además lucía esplendoroso! como un recién nacido.

      En verdad nunca estuvo enfermo, pero pudo morir de abandono, porque no existe otra manera de matar a los de su estirpe. 

El Inmortal, habiendo perdido parte de sus primeras memorias nunca pudo decirle a Tadeo, su nombre ni origen, pero en cambio lo compensó con la maestría de su estilo y lenguaje exquisito que parecían surgir de los cimientos mismos de monte Parnaso.  

Sin embargo Tadeo, siempre supo que su inseparable amigo, una vez se llamó Miguel, nacido en Alcalá. 

Desde ese día y en expansiva frecuentación, el Inmortal y Tadeo viajaron por el tiempo y el espacio sin moverse de la mesa. Una vela y alguna bebida caliente era todo lo que necesitaban por las noches. Él contaba sus historias, las mismas siempre, pero el matiz que otorga el concurso de los años anidándose en Tadeo, las hacía ver siempre nuevas y reveladoras. Por eso, cuando mas disfrutó de la compañía Inmortal, fue en su vejez.

            Tadeo había presentado su amigo a su esposa a los hijos y nietos, relatando siempre aquella tarde de encuentro y el Inmortal, con su expresión poética logró muchas veces vencer al televisor, reuniendo a la familia en su inmediación y tomando prestada la voz de cualquiera, desataba en todos, sueños de eternidad. 

El tiempo batía sus horas y Tadeo encanecía, pero a el Inmortal los siglos no podían herirlo, sin embargo, la ignorancia, la prisa y la pereza ajena lograban anularlo. 

Esa noche equinoccial, cuando Orión levantaba sus brazos sobre el septentrión, el ángel de la muerte galopaba ligero y Tadeo lo esperaba satisfecho.  

Todos estaban allí, el Inmortal cerrado en el pecho moribundo del anciano. 

La muerte entró en vendaval. Majestuosa. Y las páginas de aquel Libro inmortal, agitaron sus hojas, que sonaron sobre el pecho sin eco de Tadeo, como bandadas blancas, despidiendo a su fenecido benefactor.

  

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© Alberto Sibaja Álvarez. San José, Costa Rica

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