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Con sabor a hoz EL ÁNGEL |
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Allá en su habitación y sin imaginar el terror que se le avecina, Miguelito pugnaba por atrapar a su escurridiza mascota, que saltaba aquí y allá, para ocultarla de sus padres.
-¡Es un imbécil!, un inútil, no sirve para un carajo, si no lo escarmentamos será una vergüenza para toda mi familia... ¡Qué pensaría mi difunto padre!... Anda ya y tráeme aquí a ese tarado.
-Pero Carlos es tan sólo un niño de nueve años y...
-Mira Ivonne, ese mocoso me hace pagar caras mensualidades por colegiatura. Ya tendría yo otro auto con eso... ¡Así que tráeme al niño!
-Pero Carlos, no seas duro, aun no termina el cursó lectivo y sé que sacará mejores calificaciones.
-¡Tu y tu psicología de fracasados!... Si mi padre hubiese pensado así yo no seria hoy lo que soy, además, eso mismo dijiste el año pasado y el retrasado ese anda repitiendo el curso y yo pagando doble. ¡Claro! Eso a ti no te importa, si total a tus padres les valió un pepino cuando abandonaste la secundaria y si no fuera por mí aun serias una ignorante.
Así que dime de una vez, ¿Dónde está esa mala sangre?
Ivonne guardó silencio, recordando el día en que abandonó sus estudios, familia y amigos para contraer matrimonio con Carlos.
Este, furioso desenvainó el cinturón, Ivonne se dejó caer en el sofá, vencida por la impotencia, mientras su colérico marido, armado con el cuero de la faja, subía bufando las escaleras. Ivonne lo siguió para evitar el injustificado castigo.
Allá arriba, Miguelito quien todo lo oía esperaba la miseria de una paliza anunciada.
...
-¡Ahora aprende de una vez por todas ésas malditas tablas de multiplicar!
Concluyó gastado y sudoroso Carlos, ese medio día cuando tuvo que apartar repetidas veces a Ivonne que interrumpía lastimera el desarrollo del ejercicio paternal de la tunda.
Miguelito volvió a manchar el anverso de aquél cuaderno donde se anegaban las tablas y sus múltiplos en un sazonado mar infantil rumorado por la inútil letanía cortada de suspiros... 2x2=4...2x3=6...2x4=8...
Acordándose de su mascota, enfundó atolondradamente su mano en el bolsillo trasero del pantalón y la sacó. La indefensa ranita había recibido la peor parte de la azotaina. Agonizando entre sus manos la contemplaba Miguelito y entre llantos le repetía:
-Lo siento Esmeraldita, perdóname por favor.
No se esforzó el rechinar de la puerta en distraerlo y aunque Miguelito no volteó, esperó que la caricia clemente de su madre, mimara su cabeza y revisara su cuerpo. Pero el consuelo no llegó, entonces sintió como se enfriaron en su ombligo los mangos que devoró en el árbol a su regreso de la escuela y como quien espera otro porrazo, hundió su cabeza entre los hombros y se volteó lentamente.
Una crecida y metafísica presencia, allí en la puerta, lo sobrecogió, reduciéndolo a dos ojos de pánico. Algo envuelto en una cobija entenebrecida de donde sobresalía esa horrible joroba, se apoyaba en una caña, encima la dilatada hoz. Aquello lo miraba con su cara despojada, a través de unas cuencas vacías.
Miguelito no pudo gritar porque extravió su boca, no pudo correr porque no encontró su cuerpo, solo pudo ver como la cosa que tapaba la puerta, se desprendía de su fúnebre mascara, reclinó la guadaña contra la pared y separándose del manto, lo sacudió llenando el recinto de estrellas.
La estampa de un ángel se despertó y las alas que el manto ocultaba dando la apariencia de una disforme joroba, se extendieron bostezando, como quien se desencoge después de estar largo rato en la misma posición.
Los ojos de Miguelito recuperaron el cuerpo y su boca exhalando la sorpresa dijo:
-¡Eres mi ángel de la guarda! lo se porque ya te he visto antes.
-No Miguel, no soy tu ángel guardián, pero soy su hermano, el ángel de la muerte. -Dilucidó y encontró asiento en el piso junto al niño.
-¿Por eso tienes que usar ese feo vestido?
-Sí Miguel, es mi vestidura de trabajo.
-¡Ah! como los bomberos, los médicos, los policías...
-Algo así Miguel, algo así.
-¿Y en que trabajan los ángeles de la muerte?
-Nosotros fabricamos el fin de la personal historia de cualquier cosa que tenga el privilegio de nacer. Nosotros manufacturamos el abono... ¡donde la vida renace! En nuestros ojos las manecillas de tu reloj vital, corren invertidas. Es como si dentro de ti guardaras dos relojes, en cada tic-tac el reloj de la vida se agota, en cada tic-tac el reloj de la muerte se fortalece. Así, cada segundo te acerca a mí. Pero entiende, por eso estoy aquí, hay relojes jóvenes que pronto detienen su cuenta.
-¿Y eso porque? -Demandó interesado Miguelito y se acurrucó en el regazo de su ángel.
-Bueno... -dijo la muerte abrazando al niño en tanto meditaba su respuesta... -La mayoría de las veces porque algo o alguien sin comprender la fragilidad de la vida nos obliga a usar la guadaña...
-¿Aquella cosa que brilla como filo de luna? -Interrumpió Miguelito, señalando a la pared.
-Sí hijo mío -le respondió sonriente el ángel -Bien dices, pero sucede que...
-A ver tarado, a ver que tanto aprendiste, ¡Cierra esa condenada ventana! ¿Acaso no sientes el frío? ¡Demonios, este cuarto parece un congelador!
Miguelito, ensanchó los ojos y se sobrecogió otra vez, pero no por los gritos de su padre, mas bien porque detrás de aquel, la aterradora figura que vio al principio, se engrandecía como un volcán a punto de verter su lava.
Carlos, sufrió vergüenza por aquella mirada y creyendo que él era el motivo de tal espanto, subyugado, consoló a su hijo:
-Vamos Miguelito, no es para tanto -Y echándole los brazos encima, agregó llorando: -Perdóname hijo, es que siempre ando tan presionado por el exigente trabajo que me heredó tu abuelo.
La muerte dilató su guadaña, el niño abrazó a su padre con la intención de protegerlo de aquel inevitable filo.
La irrebatible mano de la muerte, retiró su tétrica mascara. Detrás, el lúcido rostro del ángel le sonrió al niño y guiñándole un ojo, dijo solo para sus oídos:
-Hasta luego Miguel, ahora debo continuar mi trabajo. Me esperan lejos de aquí.
Y el espanto encapuchado se difuminó por la ventana.
Miguelito soltó una brillante carcajada, cuando alegre reconoció el motivo de la visita del ángel.
Su ranita Esmeralda croaba adherida en la hoja brillante de la hoz.
© Alberto Sibaja Álvarez. San José, Costa Rica
® Con sabor a hoz