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Con sabor a hoz APARTAMENTO 8-16 |
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Subía Vinicio iracundo hasta el octavo piso de aquél popular edificio de apartamentos.
El eco de sus suelas mundanas gritaba maldiciones contra Laura su ex-esposa, quién vivía sola desde hace ya dos años con Marita, hija de ambos, y pese a ello, encantadora criatura que sabía contar sus años mostrando todos los dedos de una mano, pálida, huérfana de sol.
Acechada por un mundo que le bordeaba ultrajante, juzgando aquel, que ella solo se podía interesar en sus muñecas de pelo largo, las que nunca le faltaron, a las que nunca peinó, o en aquéllas tasitas de plástico reciclado con las que alguna vez imaginó ser mamá, atendiendo a un marido ausente, sin embargo, Marita escogía gastar sus luces, mirando por la ventana de aquél alto cajón suburbano, que no conocía de ascensores ni de amigos, ni de parques, ni de humanidad.
Abertura que inflaba en la niña la sospecha de la existencia de un mundo diferente a ese que la viciaba en el hacinamiento.
Allí, desde ese cubo sin raíces, sin jardín, sin brisa, las hermanas de Laura, llamaron a Vinicio, importunándolo en la ocupación cotidiana de su miseria, porque Laura yacía intoxicada de nuevo, ahogando la suya, no era extraño verla drogada, pero esa mañana sus hermanas presintiendo el efluvio de la fatalidad, decidieron llamarlo.
Vinicio salvó los 96 peldaños, y en cada uno de ellos encontró razones para despreciar a Laura.
Alcanzó por fin el octavo piso, animado, no por el recuerdo de mejores tiempos, ni por amor alguno, sino mas bien por la fuerza de un macho reiterante que tendría para la tarde algo que contar a sus camaradas del bar.
Llegó casi sin aliento, con la bilis transformada en bellísimas gotitas que chispeaban en su cara como rocío enfebrecido.
Así, con la boca abierta, reclamando el aire que la nariz ya no atinaba a darle, empujó con el ímpetu del cansancio la puerta que se hallaba entreabierta y se apoyó un rato más, con su brazo izquierdo extendido, manando sudores, recuperándose en el disimulo, mirando con dominancia inventada el interior de aquél trastornado apartamento, desde allí examinó a Laura, quien pacía en el suelo, semidesnuda, con los pezones fríos, el bello impúdico dibujado en la seda, escurriendo agua porque sus hermanas la habían embebido en la ducha álgida, y ahora una le frotaba la toalla y la otra le hacía oler alcohol alcanforado, tratando de reanimarla.
Y por allá entrevió a Marita, quien asustada deambulaba como un duende enfermo por el reducido apartamento, descalza, desgreñada, vestida con una camiseta de su madre, que apenas permitía ver sus infantiles pies, la miró con esa sombra bajo los ojos que todos han venido ignorando.
-¡Descarada drogadicta!, en esto te gastas el dinero que te doy para la alimentación de la niña...
-¡Y ustedes! habrán ya esa ventana, que éste lugar huele a prostíbulo -gritó Vinicio- reivindicando el aliento y salpicando su ira, gritos que lograron mejor efecto en Laura que el chorro helado, y lo miró despreocupada, con una sonrisa, insolente y distante, casi de otro mundo.
Allá, en la arcaica mecedora de la esquina, la anciana cobijada de luto se acunaba en la inadvertencia por debajo de los sentidos y dramas de los adultos presentes -Me voy a llevar a Marita- musitaba la vieja como en letanía, y Marita la miraba a distancia con un deseo creciente de refugiarse en ella.
-¡¿Quieres matarte estúpida?! -escupió Vinicio en la cara de Laura a tiempo que la asía de los húmedos cabellos remeciéndola- ¡Toma, agarra esto infeliz! -y puso entre sus descordinadas manos una pistola cargada- ¡mátate de una vez por todas, imbécil!.. Hoy mismo me llevo a Marita -terminó de gritar Vinicio-, dejando en paz a Laura, quien nunca soltó su sonrisa.
Su hermana mayor le retiró con cautela el arma de aquellas manos desvariadas y respondió: ¡no! tu no te la llevas, ¿con que autoridad llegas a rebuznar? si no eres más que un mísero alcohólico, ¡no! yo me encargaré de Marita.
-Tú tampoco puedes cuidarla -terció la hermana menor y le escamoteó el arma que agitaba descuidada- trabajas de noche y casi todo el día duermes, no, yo me encargaré de Marita.
-¿Que? y vas a dejar el colegio, ni pensarlo, tú no puedes con la niña -replicó la otra-
-Me voy a llevar a Marita, -siguió recitando la anciana sin ser escuchada-
-Ninguna de ustedes se quedará con mi hija -protestó una vez más Vinicio, con un blanquecino amargor que se asomaba espeso por la comisura de su boca y reconquistó como por instinto la pesada 38 de cañón corto-
La discusión crecía cual leche olvidada en el fuego, continuándose circular, sin sentido, espumando reclamos, ofensas e improperios.
En tanto Laura, desgarbada en el piso, junto a la pared de la ventana, con las pupilas tatuadas por el terror, dejó de reír, intentando en su pánico, volver, gritar y rescatarla, pero solo podía ver en la impotencia como sus brazos, caían sin control una y otra vez cual peces en la cubierta de un barco azotado por la tormenta.
Entonces un viento antiguo, inexorable, imprevisto, escapó por en medio de ellos, manchándolos de culpa y luto, desde la vieja mecedora hasta la ventana y sofocando el fuego de la discusión, aunó en el intento a las dos mujeres y a Vinicio, quienes se lanzaron juntos a ella, acabando atorados por las caderas y vano fue el deseo de extender sus seis brazos el largo de ocho pisos, prodigio que si logró aquel grito, desgarrado en tres voces que estrellaran sus ecos en la lejanía, ecos que vuelven una y otra vez a Laura, tronando dilacerados:
¡¡Mariiitaaaaaa!! ¡¡Mariitaaa!! ¡¡Maritaa!!
© Alberto Sibaja Álvarez. San José, Costa Rica
® Con sabor a hoz