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Cuentos breves de filósofos griegos |
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1
Ayer en la tarde, el maestro nos insistió a que nos quedásemos a cenar.
Jantipa, su mujer, de mala gana nos dejó en la mesa unas cuantas hogazas de pan duro y agua. Sócrates empezó a comerse aquello como si eso fuera un jugoso cordero asado y aturugado de pan añejo nos dijo:
-“Quien come con apetito, no necesita de exquisitos platillos y quien bebe con gusto no busca bebidas que no tiene a mano”.
Jantipa, quien siempre dejaba sus orejas detrás de las paredes, al escucharlo le reclamó:
-¡Viejo muerto de hambre! En ves de excusar nuestra miseria deberías ir a buscar trabajo.
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2
Reunidos desde el alba, varios filósofos discutieron hasta el ocaso sin llegar a una respuesta acerca de :
¿”Quién fue primero, la noche o el día”?
Uno de ellos vio la túnica escurridiza de Tales, quien se dirigía a su casa, evitando pasar por el pequeño templo circular y abierto, donde se reunían los filósofos, y fue a traerlo. Entonces todos dijeron:
-¡Dinos Tales tu que eres el más sabio de todo Mileto, ¿quién fue primero, la noche o el día?
Tales, quien conocía lo majaderos que pueden ser los filósofos, les respondió de inmediato:
-La noche... la noche fue un día antes.
Y antes de que los pensadores se dieran cuanta de su trampa, apresuró las sandalias para su casa, donde durmió libre de semejantes razonamientos.
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3
No podría negar que amé a mi novia Cleo, pero al no estar seguro si me convendría casarme o permanecer soltero, le he consultado mi inquietud a un tal Sócrates a quien algunos tienen por sabio y el viejo, un viejo espantoso por cierto, me ha dicho:
-“Te aseguro muchacho que cualquiera de las dos cosas que hagas te arrepentirás”.
Entonces decidí no casarme, pero dos años más tarde regresé arrepentido donde Cleo, quien después de mis muchas súplicas y promesas accedió al matrimonio. Hoy, Cleo y yo, celebramos el tercer aniversario de nuestra unión y estamos perfectamente de acuerdo en que jamás debimos casarnos, pero en nosotros anida la convicción absoluta de que si nos separamos también nos arrepentiremos.
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4
Le había dejado a Sócrates un escrito de Eurípides, para que me diera su sabia opinión. Luego de leerlo me dijo:
-“Lo que he entendido es muy bueno y juzgo que lo será también lo que no he entendido”.
Y como siempre, Jantipa su mujer, gruñó desde el tendedero:
-¡Que va a entender, ese tosco animal, la finura de un Eurípides! Esa bestia lo único que entiende es que no entiende ¡Nada!
Desde entonces, para no contrariar a su esposa, escuchamos al maestro decir: “Sólo sé que no sé nada”
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5
Compadeciendo a mi su maestro Sócrates, por la mala vida que le daba su esposa Jantipa, le pregunté indignado un día :
-¿Por qué no dejas de una buena vez a esa vieja histérica?
-Estoy tan acostumbrado a sus reclamos, como a oír en cada momento lo graznidos de mis gansos– respondió el sabio.
-Pero al menos los gansos te ponen huevos– repliqué.
-También a mi me pare hijos Jantipa. –dijo sonriente Sócrates y agregó:
-No te afanes por mi, amigo, y más bien agradece a ella su torcido carácter. Porque después de sufrir a Jantipa. ¿No nos es mas fácil relacionarnos con todas las demás gentes?.
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6
Antistenes es un hombre, rico y elegante, todos aquí en Atenas conocemos sus grandes posesiones, pero él nos asegura que lo entregaría todo, con tal de ser recibido en las escuelas de filosofía.
Un buen día para demostrar la honestidad de sus palabras, salió a la calle y al primer mendigo que le suplicó limosna, dio en canje su elegante túnica, y así vestido con los harapos del otro, se paseó por las transitadas avenidas.
Pero Sócrates, al verlo le gritó:
-¡Ay Antistenes, por entre los huecos de tus vestidos, resplandece toda tu vanagloria!.
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7
Bajo el inquietante cielo de una noche antigua, Abire, niña de juventud ansiosa, caminó en busca del sabio Tales, reconocido en todo Mileto, por saber interpretar los signos de las estrellas.
La noche estaba ya alta cuando Abire despertó al anciano, para que le interpretara los cielos.
-¿Quién molesta tan de noche? –preguntó medio dormido Tales
-Soy Abire, y si vengo con el sol ya no habrán estrellas para leer
Y Tales, quien nunca supo negar su saber a las gentes, tomó su abrigo y salió al sereno.
Yimbo, su inseparable perro, dormía como siempre en el solar, pegadito al umbral y el viejo Tales sin alcanzar a verlo tropezó con el negro sabueso, cayendo irremediablemente al polvo.
-¡Ay Abire, Abire! ¿porqué vienes a molestar mi sueño? ¿qué pude ser tan urgente? – dijo Tales desde el suelo, sobando sus lastimadas rodillas.
Y escuchándolo quejarse tanto la muchacha le respondió:
-¡Oh Tales! tu que presumes tanto de ver lo que está escrito en los cielos y ni siquiera eres capaz de notar lo que está a tus pies.
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8
LA SECTA DE LOS FILÓSOFOS MOJADOS
-¿De qué te ríes tanto Hector?
-Es que Lisias, quien se reúne a diario en la casa del filósofo Sócrates, para consolarme de mi desgracia, (bien sabes que tengo en mi hogar una fiera por mujer) me contó que ayer en casa del sabio, estando este en pleno discurso moral, dijo algo que irritó a Jantipa su esposa, y entonces esta le soltó una retahíla de improperios, que Lisias, por decente, ya lo conoces, no me quiso repetir, pero que yo bien me imagino, y además no conforme con la gritería, Jantipa le dejó caer un baldazo de agua fría a Sócrates, pero como sus discípulos se le pegan cual moscas cuando el habla, los mojó a todos.
-¿Y que hizo Sócrates?... ¡Mínimo la mató! Porque ese tipo es bestial, o al menos ese aspecto tiene.
-¡Calláte Tano, que eso fue lo mejor! Dice Lisias que el viejo soltó una carcajada y les dijo:
“¿No les dije yo, mis amigos, que cuando Jantipa truena, llueve?”
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9
Renunciando a sus comodidades, una gris madrugada de febrero, Biante se embarcó en el puerto de Priena, hacia la isla de Dragagor con el ánimo de aumentar su sabiduría.
Cuando el velero donde navegaban, se adentró en las aguas prohibidas del mar Jano, se desató una obstinada tormenta.
Los tripulantes elevaron sus brazos al cielo y rogaron en alta voz a los dioses de las aguas, del cielo, de los vientos y la tierra, para que los salvasen.
Escuchando el clamor de los marinos desde su camarote, Biante subió angustiado a cubierta y estando allí les gritó imperioso:
-¡A callar imprudentes! ¡a callar! No sea que los dioses nos vean navegar por estas aguas prohibidas.
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10
Hoy acompañé al maestro al mercado de Ática, por desgracia su mujer, Jantipa, quiso unirse a nosotros, yo desprendidamente me ofrecí pagar por lo que necesitaran, pero habiendo recorrido casi todas las tiendas, Sócrates sólo repetía:
-¡Cuánto hay en estas tiendas!... ¡cuánto hay que yo no necesito!
Y saliendo del gran mercado, él con las manos vacías y yo con mi bolsa intacta, me dijo:
-Rico, mi querido discípulo, no es quien mas tenga, si no quien menos necesite.
Jantipa lo miró con odio y golpeándole la cabeza con su puño repetidas veces, le decía:
-¿Cómo explicas, gran sabiondo, que en una misma casa y en la mismísima cama, duerma ese hombre rico con la mas empobrecida de todas las mujeres? ¡Estúpido! –Le grito por último y se devolvió al mercado, no sin antes arrebatarme el bolso con el dinero.
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11
En Chenea, pueblo Eteo, vivió un sabio de nombre Misón, a quien Apolo llamó el mas entendido de los hombres. Pero Misón aborrecía a los hombres.
Yo no le conocía, hasta que un día, extranjero yo, me encontraba perdido en Chenea, topé en un solitario camino a un loco que reía desternillado, mire a todos lados y como nada encontré que causara tanta risa, le inquirí:
-¿Porqué ríes?
-¡Por eso mismo! –me respondió con la seriedad de un sepulcro.
Viéndole recuperado de su ataque de risa, le pregunté por la taberna de mi amigo Festio, a quien yo buscaba en esas tierras. A lo que el tipo me respondió:
-No se han de buscar las cosas por las palabras, si no las palabras por las cosas, pues no se hacen las cosas por las palabras si no las palabras por las cosas.
Sin entender, ni una palabra, ni una cosa, llegué como pude donde mi amigo Festio, quien al verme tan turbado me dijo:
-¡Ya conociste a Misón!
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12
En la plaza de Mileto, una mañana de marzo, el sabio Tales dijo a las gentes que se amontonaban para escucharlo:
-Entre la vida y la muerte no hay diferencia alguna.
Enardecida la joven Abire, quien ya no creía en él, le gritó:
-¿Entonces por qué no te mueres de una vez? ¡viejo decrépito!
Tales la miró con suavidad y le respondió:
-¡Porque no hay diferencia!
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13
Quienes conocimos a Jantipa, nos pareció por siempre una mujer insufrible, grosera, mal hablada y de un carácter de los cien mil demonios.
Por eso mis colegas y yo estamos convencidos de que nuestro maestro Sócrates prefirió tomarse toda la cicuta de Atenas, antes que regresar con su esposa.
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14
Un inesperado aguacero, sorprendió a Cleóbulo quien se encontraba de paso por la ciudad de Caria. Entonces corrió a la casa de su hija Cleobulina, quien vivía felizmente casada a pocos metros de allí. Dión, esposo de su hija, lo recibió con una sonrisa de complacencia y ropas secas.
Luego en el comedor le sirvió vino y cordero. Cleobulina elogió a su marido diciéndole:
-¡Oh Dión, benditos los dioses que te pusieron a mi lado.
Al escuchar esto Cleóbulo la reprendió diciéndole:
-A marido ni se halaga ni se riñe en presencia de terceros. Porque lo primero indica demencia y lo segundo furor.
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15
Alcibíades, condiscípulo y gran amigo mío, decidió regalarle a nuestro mentor, Sócrates, un área de terreno muy espaciosa para que construyera en ella una casa más digna. Pero el maestro no la aceptó diciéndole a mi amigo:
-“Si yo tuviese necesidad de zapatos, ¿me darías todo el cuero de una vaca para que me los hiciera? Ridículo sería que yo lo aceptara”.
Al escuchar la negativa del maestro, Jantipa le gritó desde la cocina, a su marido:
-¿Ridículo?... ¡Eres un estúpido egoísta Sócrates, tu no necesitas más tierra que la de tus uñas. Acepta el regalo de Alcibíades, o te juro por mis hijos que ahora mismo te abandono.
Hoy la casa del maestro es mucho más espaciosa y Jantipa la recorre furiosa con la escoba, renegando siempre por tener que atender una casa tan grande.
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© Alberto Sibaja Álvarez. San José, Costa Rica
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