(Nota autobiográfica)
Mi interés en la sabiduría amerindia y su legado cultural, nace en las historias que bien sabía contarnos la abuela materna, descendiente directa de los indios Huetares del Intermontano Central. Su dulce voz era contrarrestada muchas veces por el acento zeteante de su marido, un artesano español que se enamoró de su piel cobriza y sus negras trenzas. Crecí pues entre cuentos de magia y selva, de conquista y viajes. Entre el fervor religioso de ella y el ateísmo renegado de él. Debo confesar que al final de la niñez, me interesaron más las historias del viejo masón, como le llamaba mi abuela.
Concluida la secundaria, decepcioné a mi padre, quien tenía
planes universitarios para mí. Tomé mi equipo de montaña, el Zaratustra de
Nietzsche, mis botas de siempre y me fui a recorrer los cerros. Por años dediqué
mi tiempo y energías al montañismo, disciplina que al final forjó mi conducta de
vida. Pero me vi obligado a abandonar mis altas escaladas cuando, poco antes de
cumplir los 40 años, la rencorosa cima del Urán me robó la rótula de mi rodilla
izquierda y dos de mis más entrañables amigos. Para entonces ya había caminado
casi todo el territorio costarricense buscando retos selváticos.
Sin embargo, la baja Talamanca y las llanuras del Diquís aun me reservaron sorpresas.
En mis largas estancias dentro de los bosques tropicales, topé
con los vestigios de civilizaciones que nos antecedieron en la historia, y con
grupos étnicos que aun preservan sus usanzas y hábitos ancestrales.
En todas las tribus con las que pude convivir, encontré gentes sencillas, pacíficas, saludables y sin secretos. Albaceas de una gran sabiduría y tradición. Gentes consubstanciadas con las selvas tropicales de nuestro país, a tal punto que cuando arrasamos los bosques, destruimos también su forma de vida y su cultura.
Entre ellos volví a escuchar las historias de magia y selva, cantadas esta vez por chamanes. Me dejé hechizar por las leyendas del poder de sus ancestros, quienes derritieron la piedra con aguas mágicas para trabajarla cual si fuera barro.
Cuentos de guerreros brujos que reducían las cabezas de sus víctimas de guerra al tamaño de un puño.
Relatos de como el Usekör (supremo chaman) se transforma aun en jaguar para defender a su pueblo.
Poemas de los encantadores de las ranas que desbordan los ríos para espantar a sus enemigos blancos.
Ellos me revelaron como Sibö creó el mundo, de que forma Surá (contraparte de Sibö) fabrica, desde el amanecer del tiempo, las almas en el reino subterráneo, paraíso soterrado donde regresará el indio después de su muerte.
Me hablaron del laberíntico
lenguaje de las piedras (petroglifos), escritura viva que confiesa los misterios
de las selvas, señalando los senderos secretos por donde sólo sabe caminar el
corazón del indio…
Impresionado por sus complejas tradiciones y deseando comprenderlas, cambié mis libros de Hesse, Kafka, Goethe o Kierkegaard, por los estudios amerindios de Bozzoli, Ferrero, Lothrop, Stone, Jara y demás expertos consagrados al estudio de nuestras culturas autóctonas pasadas y presentes.
No soy un erudito, ni mucho menos un profesional de la antropología, soy tan solo un viajero autodidacta, un artesano de las letras, preocupado por el menosprecio y la miopía, que tenemos gran parte de los hombres y mujeres civilizados, hacia nuestras raíces aborígenes.
Convencido además de que no hemos aquilatado la verdadera estatura cultural y tecnológica de nuestras naciones amerindias, decidí escribir dos libros sobre el tema: “Esferas de piedra en Costa Rica” cuya primera edición salió a la luz pública a en el año 2004, y “Raza de Chamanes”, que continua inédito.
El propósito elemental de estas obras es el de impulsar un mejor grado de respeto hacia el antiguo y sabio legado, que hemos recibido de los pobladores originales de estas tierras. Por eso he difundido mis obras, de manera gratuita en el sitio Web: www.sibowak.com
Todos tenemos la responsabilidad de resguardar el patrimonio cultural, que de gracia hemos recibido. Esta invaluable herencia, no está constituida por rarezas museológicas de colección, ni por ruinas, piedras mudas o historias muertas. Su estudio y conservación ya ha ayudado al animal urbano a comprender mejor, (como lo comprendieron los sabios amerindios) la frágil red que interrelaciona a todos los seres vivos del planeta.
El estudio de vestigios arqueológicos y su conservación sostenida, continúa inspirando a muchos arquitectos, ingenieros, biólogos, matemáticos, físicos, astrónomos, etc. a mejorar sus modelos, (paradigmas) para una aplicación más integral en el desarrollo y vida del ciudadano contemporáneo.
Por eso cuando se trata de esferas de piedra, cuya investigación
y comprensión está apenas en curso, me alarma el acelerado deterioro que sufren
estas reliquias monumentales, localizadas en diversos puntos del país, y
considerando que cada pieza es única en su particular creación, mi angustia se
dilata ante la inminente pérdida de valiosa información.
Por fortuna, la ambición ignorante ya no dinamita esferas prehispánicas o las quiebra a golpe de mazo para extraerles los míticos tesoros que las leyendas populares ubicaron en su núcleo. Sin embargo otros males amenazan con extinguir este valioso legado…
La esfera de granito más grande del mundo, concebida por
aborígenes del pasado, se desintegra inexorablemente, sin que nadie haga nada al
respecto. Desde 1976 he visitado este monumento, ubicado en las estribaciones de
la Fila Grisera, Palmar Sur, Finca El Silencio. Lo que vi en mayo del 2007, me
entristeció. De la inmensa esfera solo queda un peñasco amorfo. Varios factores
confabulan en esta penosa decadencia:
La pérdida de su primitiva capa de pulimento, aceleró su vulnerabilidad a los bruscos cambios de temperatura, estos desencadenaron la exfoliación del granito. Invasión de micro organismos. Vandalismo ignaro y despiadado. Inclusive he visto turistas arrancar fragmentos de la esfera para llevarlos como “souvenir”.
En el pequeño parque municipal de San Bito de Coto Brus, se
exhiben dos de las esferas más antiguas registradas. Allí fui testigo de uno de
los tantos latrocinios en contra de nuestro patrimonio, perpetrados más por
ignorancia que por mala voluntad… Luego de pintar de azul los escaños del
parque, los trabajadores decidieron limpiar sus brochas con agresivos solventes…
¡en el lomo de la esfera!
Actos como este, desgraciadamente comunes, me impulsaron a escribir este libro y difundirlo de manera gratuita.

Frente a la casa cural de Villa Nelly hay dos esferas prehispánicas. Cada vez que pintan la residencia del clérigo, los monumentos corren la misma suerte. Sobra mencionar el efecto nocivo de semejante sobredosis de químicos industriales sobre el granito de estas antiguas esculturas.
(fotografía de Rovert Evans)

La Finca Victoria, en Palmar Sur, detenta una impresionante colección de esferas. Actualmente están invadidas por micro organismos. A tal grado que es fácil desprender fragmentos de piedra. En el 2004, me enteré que El Centro de Biología Celular y Molecular, había lanzado el proyecto “Evaluación del biodeterioro de las esferas de piedra del Valle del Diquís”. Pero en mi visita a la zona en 2007, constaté que el deterioro continúa su avance.
(fotografía de Rovert Evans)
Por otro lado, los monumentos esféricos removidos de su contexto original, por empresas privadas o bien particulares, presentan daños graves.


Dentro de las mallas metálicas de AGROMEC, en la Uruca, un tractor desprendió un trozo del monumento, este fue reparado de manera burda con cemento de construcción, además su lomo presenta vandalismo: una inmensa carita feliz, rallada con algún objeto metálico.

La empresa MATRA, en Santa Ana, posee tres esferas monumentales,
en ellas pude observar las profundas cicatrices producidas por los constantes
traslados a que han sido sometidas estas reliquias patrimoniales. Movilizaciones
dadas sin respeto ni cuidado alguno. 
Cuanto agradeceríamos los costarricense que estas compañías privadas permitieran la repatriación de “sus” esferas, al Delta del Diquís.
Que pensaran como don Alonso Jiménez quien por más de 25 años exhibió 6 de estos monumentos en sus jardines. Ante la petición del Museo Nacional, no dudó en devolver 3 de ellas diciendo: “Quienes tenemos esferas precolombinas debemos reconocer que únicamente hemos sido sus cuidadores temporales… Quedan 3 en mi finca… luego de mi muerte es mi voluntad que sean regresadas a Osa” Pocos meses después, don Alonso falleció, sin embargo su familia no respetó el noble deseo del anciano.
Los detentadores privados de nuestras reliquias patrias, tienen
un falso concepto de pertenencia sobre las esferas. Generalmente nos impiden
acercarnos a ellas o tomar fotografías. Nos rechazan como a extraños pidiendo
permiso para usar sus inodoros. ¡No señores… las esferas de piedra en Costa
Rica, según la ley vigente # 6703, son patrimonio nacional de todos sus
ciudadanos! Y tenemos el derecho constitucional de disfrutarlas, de tocarlas,
admirarlas y posar junto a ellas si se nos antoja.
(fotografía de Rovert Evans)
El Museo Nacional de Costa Rica, tiene el deber de velar por la integridad de dicho patrimonio, y la obligación de recibir y tramitar nuestras denuncias de abuso, trasiego o deterioro del mismo. Para tal efecto han puesto en su página oficial: www.museocostarica.go.cr Un simple formulario en la sección “Denuncie” con el siguiente encabezado:
¡Ayude a Conservar el Patrimonio Cultural!
Si usted ha
presenciado una situación en la que se está produciendo destrucción del
Patrimonio Cultural de Costa Rica o de otro país, o se ha enterado de ella,
colabore denunciándolo al Museo Nacional.
Su denuncia puede ser anónima o no serlo.
* Usted puede alertar al museo acerca de situaciones como: Huaquerismo, construcción de obras, actividades agrícolas o desastres naturales que estén alterando el patrimonio arqueológico de Costa Rica.
* El comercio, la exportación y el traslado de objetos precolombinos.
* La importación de bienes arqueológicos de otros países.
No dudemos en salir a la defensa de nuestro patrimonio cultural.
© Alberto Sibaja Álvarez. San José, Costa Rica ® Siböwak
albertosibaja@costarricense.cr