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La “Fila Grisera” forma parte de la Cordillera Costeña, es un espolón montañoso, o dicho en palabras más doctas una sub-unidad de esta cordillera. Su origen es tectónico y erosivo, se orienta de Noroeste a Sureste siguiendo la dirección estratigráfica de las rocas.
Sus pendientes del lado Pacifico son muy pronunciadas y su altitud con respecto al nivel del mar (m.s.n.m), varía desde los 50 a los 400 metros.
La gran esfera del Silencio, (2.57 metros de diámetro) fue emplazada sobre la Fila Grisera, de igual manera fueron trabajadas grandes esferas en el sitio Cansot, a unos 200 metros sobre el nivel de la llanura. Aun se puede admirar en este lugar una esfera de 1.65 metros de diámetro y la tercera parte de otra que por lo menos midió 1.80 metros.
Algunos finqueros hacendados en la “Fila Grisera” han atestiguado piratería de grandes esferas, antiguamente ubicadas cerca de las cimas montañosas, por tanto el actual registro de esferas, en estos cinturones montañosos es escaso, no obstante se conserva en la región un importante legado de arte rupestre.
Don Jesús Centeno,
tiene una finca en San Gabriel de Olla Cero. Ha consagrado sus terrenos a la
siembra del cacao, cultivo que crece y se desarrolla muy bien en estas tierras
amerindias. Entre sus plantíos y guiados por él, pudimos ver más de media docena
de impresionantes petroglifos.
-¡Toda esta mágica fila esta sembrada de mapas y esferas de indios! –aseveró don Jesús.
Este hospitalario campesino nos contó, mientras saboreábamos su humeante chocolate con pan casero, que allá por los años de 1970, fue testigo del saqueo, en las fincas vecinas, de pesadas esferas. También nos relató como movilizaron las grandes piedras grabadas que desenterraron, las palas mecánicas del I.C.E (Instituto Costarricense de Electricidad) cuando empezó la construcción de la subestación eléctrica de Olla Cero, cerca de su propiedad.
Los petroglifos
fueron trasladados al colegio del lugar, donde hoy podemos admirarlos, pero
desarraigados de su contexto original.

Este humilde campesino no sabe nada de arqueología, pero reconoce: “- Mi padre compró estas tierras cuando yo era niño, pero no las adquirió de sus verdaderos dueños. Los Indios.”
La “Fila Grisera” constituyó en tiempos prehispánicos, para los habitantes del Delta, una inigualable zona estratégica. Desde sus cumbres se tiene un absoluto dominio visual, político y militar, sobre toda la llanura aluvial.
Allí nuestros ojos pueden avizorar, la salida al mar de las impetuosas aguas del río Térraba.
Girando y sin esforzar el cuello veremos hacia la extrema izquierda, el ondular apacible del río Sierpe. Al frente la costa Pacífica y a lo lejos la Isla del Caño.
En sus cimas y de espalda a la llanura aluvial se puede divisar todo el Valle de Coto Brus.
El paisaje es arrobador.
Algunos investigadores piensan que sobre estas lomas se asentó la élite de los “Dikís”, o hacedores de esferas.
Esta fue tierra de reinas, princesas y chamanes, de caciques y principales.
Nuevos datos
En el año 2001 el arqueólogo costarricense Felipe Sol Castillo, presentó su informe: “Nuevos datos para la arqueología del Delta del Diquís. Una prospección en la Fila Grisera”
Su trabajo inició
como una rutinaria evaluación de impacto arqueológico, ante la construcción en
las cercanías del poblado Olla Cero, de la Subestación Eléctrica Palmar.
Evaluando minuciosamente en unas 3 hectáreas de terreno, en los puntos de interés científico denominados: Canán, (palabra nativa Boruca que significa Piedra Grande); Salamandra; Cus, (en Boruca, mono tití) y Shupsuá, (pasto especial que utilizan los indios borucas para techar sus viviendas).
Luego de terminado el proyecto eléctrico, se perdieron inevitablemente tres de estos valiosos depósitos arqueológicos. Es el precio del progreso.
Los hallazgos en el lugar motivaron al científico a ampliar el radio de sus exploraciones más allá de su cometido. Presentándonos nueva información sobre 16 sitios arqueológicos en las lomas de la Fila Grisera, donde ubicó 25 petroglifos, 14 de ellos asociados a un solo espacio.
(croquis fila grisera)
Desde el sitio “El silencio”, hasta la altiplanicie de “Brishá-cra”, con gran decepción hubo de reconocer el arqueólogo que sus pasos ya habían sido antecedidos, por saqueadores de tumbas y buscadores de reliquias doradas.
No obstante en el sitio “Buena Vista” logra ubicar 14 petroglifos ubicados en sus posiciones originales.
Felipe Sol Castillo, es el primer investigador científico que nota una similitud de alineación de estos gravados en rocas y las registradas, valle abajo, en esferas de piedra.
En su informe anota:
“…existen interesantes relaciones espaciales en la disposición de los petroglifos. Por ejemplo en el sitio Buena Vista, los petroglifos 8, 7 y 10 se encuentran alineados en un eje este – oeste prácticamente perfecto. Además mientras que los petroglifos 7 y 8 se encuentran a 12.5 m uno de otro, el 7 y el 10 se encuentran separados por 25 m, o sea el doble de la distancia anterior…”
Advirtió que la
mayoría de los petroglifos fueron cincelados en la parte superior de las
piedras, (mirando al cielo). Estos ancestrales grabados fueron dispuestos en
lugares no asociados a rutas de comunicación, a cementerios, ni a núcleos
habitacionales. Observó que los calados rupestres manifestaban diseños
abstractos, (volutas, muchas espirales, líneas, círculos) reflejando conceptos
simbólicos y en ningún caso representaciones realistas: fitomorfas;
antropomorfas; zoomorfas, o algún tipo de diseño utilitario.
El contexto arqueológico de tan mágico sitio, aunado a cielos tan puros, donde el manto de la noche cae impúdico, y sin reserva nos muestra todos sus luceros, induce la siguiente reflexión, de tan esmerado científico: “…quizá su significado se pueda asociar a ritos relacionados con el cosmos celestial”.
Buena Vista fue un sitio sagrado y ceremonial. Para tener una idea de su descripción será más acertado enviar a un poeta.
Felipe Sol, también localizó arquitectura monumental en el pequeño altiplano de Brishá-cra, (árbol de ceibo en lengua Boruca) uno de los más elevados de la región.
Al observar los 7 montículos o basamentos arquitectónicos, detectados en el lugar, le llamó la atención ver idénticas técnicas de construcción a las estudiadas en las llanuras aluviales del Delta del Diquís. Confirmando así, la antigua unidad cultural de todo el amplio circuito de los hacedores de esferas.
Brishá-cra
Toda una ciudad emplazada en este estratégico lugar, mismo que goza de una de las más bellas vistas escénicas de la región. La localidad entera de Brishá-cra, fue en su época una verdadera e inexpugnable fortaleza. Los invasores europeos jamás llegaron hasta ella.
En este altiplano hay muros de cantos rodados de hasta 4.20 metros de altura, basamentos circulares de casi 25 metros de diámetro, calzadas, una zona funeraria con diámetro de 130 metros, terrazas de cultivo, cerámicas, esculturas, morteros, metates, herramientas de piedra, vestigios de acueductos y por supuesto esferas monumentales.
No se requiere ser un vidente para asegurar que en Brishá-cra habitó un numeroso y selecto grupo amerindio. La arquitectura monumental del lugar nos habla del poder de sus regentes para organizar la fuerza de trabajo necesaria para erigir esta encumbrada urbe.
¿Pero si los invasores españoles no llegaron a la fortaleza de Brishá-cra, qué provocó su ruina y abandono? ¿Cuánto tiempo después de la conquista y colonización, se mantuvo en pie? ¿Hacia donde migraron sus habitantes? ¿Qué nos cuentan los restos humanos sepultados en su gran cementerio? ¿Qué historia yace retenida en esta “Massada” amerindia?
Es casi inconcebible, (y digo “casi” porque conozco las limitaciones materiales de la arqueología costarricense) que semejante sitio histórico no goce de estudios científicos del nivel y dedicación que se merece.
La prospección
arqueológica (estudio preeliminar) realizada por el acreditado profesional:
Felipe Sol Castillo, en 2001, en las cumbres de la Fila Grisera, debió encender
las luces de emergencia.
Esa fue mi esperanza en los inicios de este milenio, no obstante mi calendario marca hoy 15 de febrero del 2008, y Brishá-cra continua siendo territorio de huaqueros y no de un entusiasta contingente de científicos internacionales, como ingenuamente lo imaginé aquel marzo, lejano y luminoso, cuando mis viejas botas de montañista hoyaron tan ancestrales senderos.
Posiblemente casos similares al de Brishá-cra, en el resto del territorio nacional sean del todo imposibles de recuperar. Pero la historia de esta fortaleza aborigen es aun rescatable. ¡Si tan solo se lograra contener el indiscriminado saqueo!
Es doloroso constatar como día a día, la ambición ignorante de los modernos “tomb raider” nos arrancan páginas tras páginas de una historia que merecemos conocer, un legado que necesitamos asimilar, para bien de nuestra moderna civilización.
© Alberto Sibaja Álvarez. San José, Costa Rica ® Siböwak
albertosibaja@costarricense.cr