Con este nombre se designa a los caracteres prehistóricos grabados en rocas. La palabra proviene de los términos griegos “petros” (piedra) y “glyphein” (tallar)
Estas grafías son consideradas como símbolos previos a la escritura y su uso en la comunicación data de más de 12.000 años.
Para algunos expertos, los petroglifos son la representación de una simbología fonética, por tanto formaron parte de la estructura lingüística del grupo aborigen a quienes se les atribuye. Las inscripciones en ellos, se disponen en función del sistema ideológico de una cultura dada.
Generalmente, quienes estudian estas piedras grabadas, recurren al práctico sistema de analogías y correspondencias, para descifrar los engañosamente caóticos trazos de los petroglifos. Este método ha demostrado ser eficaz y relativamente simple, cuando se trata de representaciones del mundo concreto. Donde con facilidad se puede interpretar la figura de un hombre, un jaguar, un rostro, un lagarto, una planta de maíz etc., aunque las formas caladas estén escasa, o por el contrario, artísticamente delineadas.
Pero cuando hablamos de petroglifos abstractos, la dificultad de su interpretación es directamente proporcional al grado de exterminio de la cultura que los plasmó.
Aquí el procedimiento analógico se torna exigente y requiere de gran intuición y disciplina por parte del investigador.
Tal es el caso de los tres ejemplos que les narraré a continuación:
Un muy probable mapa estelar

Allá por 1970 un joven fotógrafo y aficionado a la astronomía, llamado Michael
O’Reilly F. se instala en un apartamento de dos plantas en el pequeño poblado de
Moravia, ubicado a unos 7 kilómetros al noreste de San José. La ubicación de la
vivienda le permite observar, con ayuda de un telescopio, los cielos
meridionales, Dicha contemplación apasiona sus noches, pues el muchacho proviene
de latitudes septentrionales, y aquello era para él “cielos nuevos” 
Cinco
años más tarde, visita en la provincia de Cartago el Monumento Nacional de
Guayabo, (sitio arqueológico de acceso público) Este místico lugar descansa en
las faltas del volcán Turrialba, envuelto por un paradisíaco bosque pluvial
premontano. Fue ocupado desde el año 1000 antes de Cristo, hasta el 1400 después
de Cristo. Allí se protegen los vestigios de una arcaica ciudad, atribuida a los
aborígenes Huetares. Calzadas; puentes; tumbas; grandes basamentos de piedra de
hasta 4.5 metros de altura y 30 metros de diámetro; tanques de captación y
acueductos; esculturas impresionantes y petroglifos misteriosos, demuestran el
excelso desarrollo de aquella civilización olvidada, poseedora de una ingeniería
civil, una arquitectura y un desarrollo urbanístico que se extiende a lo largo
de mas de una veintena de hectáreas, aunque solo una pequeña parte ha sido
excavada. 
Caminaba Michael muy de mañana por el adoquinado que bordea un amplio
montículo, (vetusto basamento donde se erigiera en el pasado un descomunal
rancho), cuando sus desarregladas tenis tropezaron con una laja del empedrado
camino, aprovecha el momento para amarrar los cordones de sus zapatos y observa
que la piedra de su tropiezo está ligeramente inclinada y posee un singular
petroglifo, mismo que le evocó la representación primitiva de una araña. Apuntó
su lente fotográfico a la piedra, pero como su intención era documentar la
estructura de un antiguo acueducto, que milagrosamente aun funciona, decidió
economizarse el cuadro y continuó su caminata por los senderos de Guayabo. Sin
embargo la imagen primitiva de aquel gravado le venía insistente a la memoria.

Empezaba a caer la tarde, cuando una traviesa analogía irrumpió en su pensamiento, “Ese petroglifo parece una carta estelar” Entonces corrió hacia el lugar de su hallazgo, con la intención de ganarle la caída al sol y salvar la indispensable luz para sus disparos fotográficos. Sudoroso y sin aliento, logro capturar la imagen de la piedra utilizando los últimos cuadros del royo.
Invadido por la ansiedad, el joven fotógrafo se encerró en su cuarto oscuro y procedió sin dilación a revelar las imágenes. De inmediato advierte que el petroglifo esta dividido en 24 sectores, misma técnica usada en las actuales cartas siderales.
La madrugada lo sorprendió hurgando entre su amplia colección de mapas estelares. Pero ninguno concordaba con los primitivos trazos de la piedra.
El aire estaba impregnado ya con el aroma del café recién chorreado. Michael, en su desvelo, estaba a punto de desechar su descontextualizada idea, pero su testarudez le obligó a desplegar un plano más. Este mostraba los cuerpos celestes ubicados bajo el cielo meridional. El mapa contenía los puntos astrales, visibles desde un rango de latitud sur de -90 ° y los -60°. Michael quedó perplejo al corroborar como el moderno mapa estelar encajaba a la perfección con el petroglifo de Guayabo.
Veamos sus
imágenes:

Michael O'Reilly reconoce en su artículo no ser científico, pero tiene la esperanza que arqueólogos y astrónomos profesionales, conforme el rigor de sus disciplinas, tomen en cuenta sus observaciones de la piedra mapa de Guayabo y de esta manera se llegue a considerar o descartar su hipótesis.
Una Posible Constelación Precolombina
Son
en verdad escasas las esferas de piedra encontradas con petroglifos calados en
ellas. En los pasillos exteriores del Museo Nacional de Costa Rica,
se puede observar un buen ejemplo de estas esferas adornadas con calados.
La muestra está seccionada por la mitad, pero en uno de sus hemisferios se puede observar un intrigante entallado, cuyas complejas formas fueron cinceladas con firmeza en la superficie de la piedra.
El estilo
particular de este complejo petroglifo no es raro verlo a lo largo de todo el
territorio nacional, sin embargo el hecho de estar inscrito en una esfera, ha
llamado la atención de algunos investigadores.
Inscripciones precolombinas similares a esta, han sido consideradas como indicadores geográficos, signos rituales, emblemas de clanes, sitios ceremoniales de poder, etc.
Navegando por
Internet atraqué en un interesante sitio, edificado por el costarricense Edwin
Quesada. Titulado “Una posible constelación precolombina” 
Este imaginativo profesional de la informática y amante de los cielos nocturnos, luego de observar con detenimiento la mencionada pieza, se sintió cautivado por la espiral que se encuentra en la parte inferior del diseño. Dicho remolino dentro del conjunto del gravado, le evocaron las constelaciones de Pegaso y Andrómeda en cuyas inmediaciones se encuentra la inconfundible espiral de la galaxia M31.
Desde entonces las neuronas de Edwin no lo dejaron en paz hasta lograr una interpretación astronómica coherente del gravado.
Partiendo de la sospechosa espiral, nuestro investigador se enfocó en realizar un estudio comparativo de las constelaciones de Pegaso, Andrómeda y de algunos agrupamientos estelares vecinos.
Edwin advierte que
el perfil de una constelación se delinea conforme a las diversas
interpretaciones culturales que un grupo étnico en particular, puede dar a un
conjunto de estrellas en el firmamento. 
Las formas constelares de Pegaso y Andrómeda, tal como hoy las conocemos, fueron dibujadas bajo la concepción de los pueblos mediterráneos. Por tanto una constelación precolombina en la misma zona estelar, reunirá un conjunto muy diferente de estrellas.
Este racimo de luceros
jamás delineara un caballo, cosa que no conocían nuestros aborígenes
prehispánicos, mucho menos con alas (Pegaso). Ni la estilización de una princesa
de contexto griego (Andrómeda) 
Renunciando al paradigma europeo, Edwin comparó las líneas del petroglifo en la esfera de piedra, con las agrupaciones estelares de la específica región cósmica, logrando sin mucha dificultad una constelación de 22 estrellas y sus grupos principales en concordancia con los objetos estelares más sobresalientes.
Concluye que el petroglifo en la esfera, representa no solo una carta celestial, sino además un practico planetario, aunque rudimentario funcional.
Para admirar los originales detalles de este estudio comparativo pueden visitar la página de Edwin Quesada en: www.geocities.com/paris/9111/index.html

Un primitivo sistema de información geográfico

Mas o menos en el año 2004, el oceanógrafo Costarricense Guillermo Quirós Álvarez, presentó su revelador análisis de 23 petroglifos, todos ellos ubicados en 7 sitios arqueológicos, descubiertos sobre la Fila Grisera, en el Delta del Diquís.
Sus estudios comparativos le permitieron evaluar que aquellos amerindios de neolítico, habían observado cuidadosamente su entorno y los fenómenos físicos relevantes, bajo el desarrollado ambiente de una organizada cultura, cuyo elemento central giró en torno del agua y su dinámica. Deduce la utilización del ángulo y la escala geométrica, instrumentos necesarios para realizar aquel primitivo: “Sistema de Información Geográfica” (SIG) El cual es una representación, mediante símbolos, de la distribución espacial, de las características de infraestructura, naturales o sociales de una región, con el cual lograron identificar, situar y referir apropiadamente: Cerros, aldeas, nacientes, golfos, bahías, desembocaduras e islas.
Para este exigente científico, la descripción de fenómenos por medio de una representación simbólica, debe de ser: coherente; universal y lógica. Estos tres componentes los encontró de manera palpable en los petroglifos del Diquís, donde sus trazos guardan relaciones de simetría. Su interpretación es válida para la generalidad de los casos. Y existe una clara correspondencia entre las características de la simbología y el fenómeno que representa.
La incuestionable disposición geométrica de estos petroglifos, le permitió establecer una interpretación geográfica de conjunto.

Al referirse a su descubrimiento nos dice:
“Los petroglifos emergen como un testimonio escrito que trasciende el tiempo y permite ayudar a comprender la verdadera estatura intelectual y el conocimiento adquirido por aquella cultura”
En páginas anteriores comentamos que las esferas de piedra del Delta del Diquís, presentan una ruptura, a nivel de estilo, con respecto a las formas típicas de la estatuaria amerindia, cuyas manifestaciones culturales giraron en torno al mundo de la percepción sensorial, con modelos animales, vegetales o humanos. Los petroglifos del Diquís quebrantan también aquellos prototipos tradicionales. El cincel primitivo de estos singulares aborígenes de la baja Centroamérica, desvió su calado de las acostumbradas líneas antropomorfas, y de las representaciones clásicas del zoomorfismo, etc. Para concentrarlo a motivos de elaborada abstracción. Sus laberínticos surcos en la roca, según los estudios mencionados, expresan de forma sistemática, los conocimientos geomorfológicos de aquella enigmática cultura.
“Esta deducción y conocimiento solo se consigue por una cultura después de muchos años de observación metódica y cuidadosa. Ello indica la comprensión adecuada de al menos un principio universal naturalista por la clase intelectual de aquella sociedad.” Enfatiza el científico.
El por demás profesional trabajo de don Guillermo Eladio Quirós Álvarez. Titulado: “Los petroglifos del Diquís, Costa Rica: un SIG primitivo” Disponible en: http://rupestreweb.tripod.com/diquis.html Sorprenderá a doctos y laicos. En él podrán admirar los diagramas de 23 petroglifos milenarios, y sus correspondencias análogas con nuestros modernos sistemas de información geográfica. Mismos que gracias a las computadoras han sido posibles en los últimos 20 años.
El por demás profesional trabajo de don Guillermo Eladio Quirós Álvarez. Titulado: “Los petroglifos del Diquís, Costa Rica: un SIG primitivo” Disponible en: www.sibowak.com /reportajes. Sorprenderá a doctos y laicos. En él podrán admirar los diagramas de 23 petroglifos milenarios, y sus correspondencias análogas con nuestros modernos sistemas de información geográfica. Mismos que gracias a las computadoras han sido posibles en los últimos 20 años.
Extraemos del mencionado estudio la siguiente nota:
Correspondencia entre petroglifos y esferas de piedra
“La simetría en los arreglos de los petroglifos y el uso consistente de las escalas geométricas, nos impulsó a comparar la disposición de esferas reportado por Lothrop (1963:21), hallado en el Sitio Finca 4 ubicado en la planicie de inundación al nivel del mar; con el reciente hallazgo de Sol-Castillo (2001), en el Sitio Buena Vista ubicado 10km al norte de las esferas y a 300m de altura.
El
resultado es una analogía sorprendente. La Fig.3 compara ambas disposiciones.
*Al carecer aquella cultura del compás magnético, fijaban la línea imaginaria este-oeste y no el norte como referencia geográfica, debido a lo fácil que resulta medir la dirección de la sombra proyectada por el Sol. Tal estimación tiene una desviación natural importante a lo largo de un año (~ 22°), lo cual puede resultar en la ubicación desalineada de los glifos respecto de las esferas. A lo anterior hay que agregar el error de campo y el desplazamiento geológico en los últimos 1000 años.
De la comparación geométrica resulta:
Los arreglos geométricos constan de 6 esferas y de 6 petroglifos, lo cual establece una relación biunívoca numérica.
La
orientación predominante del eje principal de ambos arreglos es este-oeste.

La escala básica denominada l y L; corresponde al lado del triángulo equilátero (inferior). En un caso es de 3 metros de largo, en el otro es 10 veces mayor; o sea 30 metros.
Ambos arreglos consisten en dos triángulo semejantes separados entre sí convenientemente, de tal forma que resulta sencillo visualizar los dos grupos de elementos del conjunto y entender que entre ambos se pueden establecer relaciones de semejanza matemática.
Cada arreglo tiene una escala diferente, pero lo sorprendente es que a su propia escala ¡la distancia entre los dos triángulo es la misma en ambas figuras: 9m en las esferas y 90m en los petroglifos !. O en su propia escala 3 veces la escala básica (3l, 3L).
El triángulo superior es isósceles. La relación de sus lados es similar: el cociente 2L/1.5L es congruente con el cociente 2.3l/2l.
Los ángulos de estos triángulos son los mismos.
Dentro de este marco lógico-matemático estas figuras se refieren a un mismo concepto expresado mediante dos formas geométricas congruentes: la distribución geográfica de los principales accidentes hidrológicos, fundamentales para la vida en aquella sociedad.”
*
No conozco otro estudio documentado sobre un Sistema de Información Geográfica (SIG), utilizado por otras culturas de la América prehispánica, pero no tengo la menor duda de que en el continente, donde se desarrolló el concepto matemático del cero, la absoluta abstracción de la esfera, los tan exactos calendarios astronómicos, las más descabelladas construcciones ciclópeas… fueron utilizados diversos métodos para la orientación geográfica en las tierras amerindias.
Es interesante señalar que dentro de la extensa llanura aluvial conformada por el Delta del Diquís, no se han registrado importantes grupos de petroglifos, asociados directamente a los emplazamientos de esferas. Estas colocaciones intencionadas o alineamientos se dieron en la llanura a intervalos espaciales menores a un kilómetro de distancia entre los distintos conjuntos o racimos de esferas.
Dentro de estos contextos se han descubierto estructuras arquitectónicas, estatuaria, cerámicas y evidencias de un notable desarrollo urbano, pero no petroglifos.
No obstante en la “Fila Grisera” que constituye el límite natural hacia el noreste del Delta, sí se han visto innumerables petroglifos asociados a sitios con esferas. Esta misma situación se a registrado en el “Sitio Java” ubicado en el Valle de Coto Brus y en Brisha-Crá, en las riveras del río Diquís o Grande de Térraba.
El análisis de los petroglifos hecho por el doctor Quirós, nos indican que los antiguos hacedores de esferas, ubicaron sus observatorios geográficos, sobre estas cumbres, por otro lado los grupos de esferas alineadas en el valle, conformaron sus observatorios astronómicos.
© Alberto Sibaja Álvarez. San José, Costa Rica ® Siböwak
albertosibaja@costarricense.cr