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OKÖM

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El chamán de la muerte

 En los ritos de muerte los chamanes de la muerte aparecían manejando sus hachas ceremoniales, porque según los Bribrís las personas son como árboles de cacao, y la muerte: un tajo de hacha que los derriba.

Los Oköm debían de ser personas fuertes, pues les correspondía cortar la madera con las que se elabora la cama mortuoria con la que trasladaban los cuerpos a la montaña. En cada ritual fúnebre ofician por lo menos cuatro Oköm principales.  

Los Oköm trabajaban semi desnudos para mostrar los diseños tribales pintados de rojo en sus cuerpos intocables.  

            Esta importante categoría chamanica no requería provenir de ningún clan específico. Inclusive individuos de madre indígena pero de padre de otra etnia, podían competir para el cargo.  

Si el difunto era un personaje importante funcionaba otro chaman fúnebre llamado Kuka Oköm este hacia una frenética danza adornado con plumas de lapa. Su ceremonia terminaba con el sacrificio de la colorida lapa, luego el animal se enterraba junto al difunto.           

            Según la filosofía de los amerindios de Talamanca (Siwa), cada ser humano posee dos almas. Estas se liberan al momento de la expiración. La misión del chaman de la muerte es contener a wimbru el alma traviesa del difunto que radica en el ojo izquierdo, esta se convierte en un fantasma nocivo que debe de ser recluido en el cuerpo y los huesos para que no cause daño a la comunidad. A su vez el Oköm debe de liberar a wikor el alma espiritual radicada en el ojo derecho, esta debe de ser guiada al paraíso subterráneo, a la última morada. El reino de Surá.           

Las celebraciones funerarias de los aborígenes de Talamanca son muy complejas y extensas. Se dividen en tres partes principales:

a)     el embalsamiento y primer entierro del cuerpo

b)     la extensa recitación de la vida y obra del difunto

c)      el entierro de los huesos, un año después de la primera fiesta  

Dependiendo del rango del difunto cada festín podía durar, sin interrupción, hasta diez días. sin faltar nunca comida, chicha, chocolate. Ni la música de los tambores, las flautas y las maracas. Ni los cantos, ni las danzas.    Aquello ciertamente fueron verdaderos bacanales. Como bien lo describen los escandalizados misioneros españoles.

Estas recepciones fueron las fiestas mayores de la comunidad aborigen, en donde lejos de llorar a sus muertos, celebraron su merecido ingreso al reino subterráneo de Surá.  

El oficio especializado de los Oköm se hizo indispensable en una sociedad donde la muerte y las ceremonias fúnebres constituyen la fase más importante del ciclo vital de la tribu.  

Las fiestas fúnebres se constituyeron como verdaderos concilios de toda la jerarquía chamanica.

Estando obligados estos sabios a asistir a ellas, aprovechaban la presencia de sus colegas para actualizar sus conocimientos, tomar discípulos, transferir información, o discutir sobre los problemas y el bienestar de la tribu. Reyes, principales y guerreros no faltaban a los grandes entierros.  

Además en estas ceremonias participaban siempre los Tsokör (jefes de chamanes) oficiando como cantores fúnebres, los Bikakras (Maestros de ceremonia) no podían faltar, pues ellos organizaban los ritos. Las Tamipa tenían oficios indispensables en los entierros.

Solo el Usekör (chaman Supremo) no estaba obligado a asistir. Su presencia en un funeral era considerada como el más alto honor hacia el difunto y su familia. 

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 © Alberto Sibaja Álvarez. San José, Costa Rica

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albertosibaja@costarricense.cr